AGENCIAS
Pese a las múltiples advertencias de Juan Carlos Pastor, el equipo español no fue capaz de dar al juego al juego de ataque la continuidad necesaria para generar que el pivote Rolando Uríos, hoy por hoy el principal activo del equipo español, pudiese atacar la portería germana.
Los internacionales españoles carecieron de la paciencia para llevar de lado a lado el balón, lo que permitió a Alemania cerrar cada vez más y más la defensa sobre Uríos, obligando a la selección a recurrir al lanzamiento exterior.
Faceta en la que España tiene uno de sus puntos débiles, tal y como quedó demostrado en el arranque del encuentro con los fallidos intentos de Belaustegui o Romero, muy nervioso, que tan sólo sirvieron para que los germanos pudiesen sacar a relucir su veloz juego de contragolpe.
Contraataques que permitieron a Alemania adquirir una cómoda ventaja, en torno a los tres goles (3-6);, que parecía poner las cosas muy cuesta arriba para la selección, ante un cada vez más enfervorecido Kolnarena.
Euforia que el equipo español consiguió rebajar por momentos, con la aparición en escena de la conexión Alberto Entrerríos-Rolando Uríos, autor de cuatro goles, que llegaron a situar a España a tan sólo un tanto 9-10 a los veintidós minutos de juego.
Pero, incomprensiblemente, la precipitación volvió a apoderarse del conjunto nacional, con nuevos tiros fallidos desde los nueve metros, que permitieron volver a tomar aire al conjunto alemán, que encontró un inesperado líder en el lateral derecho Holger Glandorf, que con tres goles finales dejó el marcador al descanso en un más que preocupante 12-15 para los germanos.
España necesitaba urgentemente una reacción y para ello no dudó en buscar una y otra vez a Uríos, que con sus cuatro goles en el arranque de la segunda mitad llegó a situar a los de Juan Carlos Pastor a sólo dos goles (16-18); de los alemanes.
Sin embargo, a la selección española le faltaba todavía subir un punto más su intensidad para acabar de engancharse a un encuentro, apretar las clavijas en defensa al cuadro teutón, que parecía empezar a sentir la presión de no poder defraudar a los 18.500 espectadores que abarrotaban el Kolnarena.