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CRÍTICA dE ARTE

El siglo de Picasso

 
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GUILLERMINA PERALES C
oinciden en Madrid dos magníficas exposiciones: en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS);, "Picasso. La colección del Museo Nacional Picasso de París" y, en el Thyssen Bornemisza, "Modigliani y su tiempo", una estupenda colectiva que muestra cómo el artista italiano hizo suya la vanguardia, definiéndose entre las lecciones de Picasso, Dérain, Braque, Matisse, Cezanne, Brancussi, pero también Juan Gris, Lipchitz, Chagall, FoujitaÉ También Picasso era considerado una esponja que absorbía todo aquello que le interesaba de los demás, incluso cuando estos mismos eran ignorantes de sus logros. Picasso y Modigliani son dos grandes personalidades, en ellos vida y obra se confundían irremediablemente, sus obras registraban las imágenes de una autobiografía en ese proceso de comprensión y construcción de la modernidad a partir de una pesada tradición, que ambos tuvieron que reinventar. La atracción de la leyenda, entre las leyendas surgidas en las vanguardias, supuso, en muchos momentos de la recepción del trabajo artístico de estos dos grandes autores, la desviación de lo que realmente es importante, la aportación fundamental para el siglo XX y para la historia del arte que tiene que venir. En los últimos momentos de su muerte, los biógrafos registran que Picasso recordó a Modigliani. Muchas cosas los separaban y los unían, pero sobre todo amaron profundamente y se apasionaron en el lenguaje de la pintura y de la escultura, en el descubrimiento del secreto íntimo de la figuración y de las formas. Modigliani llegó al París de Picasso y de la modernidad en 1906. París era un hervidero de propuestas y ensayos. El cubismo, la construcción formal de Cézanne, la abstracción de Brancusi, la fuerza expresiva de las máscaras negras y la línea de Toulouse-Lautrec, que también fascinara al primer Picasso, crearon ese lenguaje personal, esquemático y elegante, con el que descubre su propia tradición, siempre el disegno italiano, la belleza y verdad de los frescos y la pintura renacentista de su Toscana. Modigliani, un príncipe italiano, alto, elegante, culto y seductor, que recitaba de memoria la Divina Comedia de Dante, apasionado bohemio, enfermizo y atormentado, dependiendo de amigos y mujeres, nunca supo administrar el dinero que su familia le enviaba, nunca poseyó un estudio propio, a los treinta y seis años en los que una enfermedad que arrastraba desde niño acabó con su vida, en 1920. Picasso, español, bajito y peleón, también gran seductor y profundamente vinculado con su tradición, que, aunque también mediterránea, era la del análisis y estudio del espacio de Velázquez y, sobre todo, la destrucción de la convención y la expresión del espíritu contemporáneo, la tragedia del individuo que iniciara Goya. Sin apenas medios para subsistir, aguantó el hambre y la incomprensión. Alentó su propia leyenda sin aferrarse al estereotipo por mucho que le facilitara la vida. Madrid con la coincidencia de estas dos grandes exposiciones revisa nuestra historia y nos sitúa en el presente de la pintura europea, entre la figuración y los nuevos lenguajes de representación. Después de casi treinta años de la muerte de Picasso podemos ver una gran retrospectiva del mayor genio del siglo XX. Una exposición que un gran museo como el Reina Sofía debía realizar para considerarse un gran museo, a la altura de las organizadas por el Guggenheim, ya en 1984, o el MOMA, Museum of Modern Art de Nueva York, en 1980. Imprescindibles retrospectivas de Picasso, para poder situarse en la realidad del arte contemporáneo, que se suceden hasta la actualidad. La de Madrid es especialmente interesante pues reúne 400 obras, entre esculturas, pinturas y obra gráfica, del conjunto que el pintor nunca quiso separarse. Obras por las que podemos recorrer la larga trayectoria de este artista, y conocer la diversidad de caminos y la complejidad de su trabajo. También volveremos a enfrentarnos a aquellas interpretaciones que han condicionado la recepción crítica de, sobre todo, la última obra de Picasso. Cuando el trazo directo y despreocupado de los principios vanguardistas hizo suponer que la decadencia física en la vejez del artista era la causa de una obra tan aparentemente excéntrica.

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