GUILLERMINA PERALES
Ya empiezan a escucharse las primeras voces críticas, como la de «
Sorolla
, costumbrista» de
Francesc Fontbona
, de la Biblioteca de Cataluña, un acreditado especialista en el arte del cambio de siglo, que ha dirigido el Museo de Arte Moderno de Barcelona. La verdad es que me sentía confusa en este fastuoso relanzamiento que supone el apoyo institucional a la obra de este artista. Estaba confundida al no ver reflejada una realidad, para mí, incuestionable: la de la importancia relativa de la obra de Sorolla. Sin dejar de admitir su calidad como pintor ejecutor, no tanto como artista fundamental, como se ha dicho, para entender una determinada visión del arte. Pues no, Sorolla es lo que es y, aunque queramos darle y ponerle todos los adjetivos posibles, está en la Historia del Arte donde debe estar, en la de los pintores costumbristas, naturalistas, que jamás tuvo un compromiso profundo con la pintura, «nunca se relacionó con el modernismo, como hicieron otros,
Rusiñol
,
Regoyos
,
Nonell
É Era un pintor que dominaba su oficio al máximo pero conceptualmente en esta realización concibe un conjunto más bien tópico». El pintor valenciano no revela una visión de España, recrea una imagen folclórica, fuera de época, en esta obra de encargo para la Hispanic Society de Nueva York, donde se pliega a la concepción de la España de charanga y pandereta del hispanista americano,
A. M. Huntington
. Sorolla condiciona su concepción pictórica a una visión estereotipada y caduca, ajeno a la realidad artística y social de la España de aquellos años. Otros autores, anteriores y posteriores a Sorolla, han condicionado su obra a la denuncia social. Esta postura más militante en la pintura, que refleja un compromiso vital del artista con su momento histórico, la podemos ver en las obras de los muralistas mexicanos, como
David Alfaro Siqueiros
, que se sintieron responsables en la construcción de su historia como pueblo, en los momentos convulsos de una sociedad. En su pintura, este mensaje político de denuncia es lo más importante. Siqueiros, en un famoso cuadro, denunció la postura del artista en su torre de marfil, pintando florecitas, ajeno al drama del mundo. En contraposición, descondicionada de cualquier mirada extrapictorica, surge la obra de artistas como el suizo
Paul Klee
, ajena a cualquier atisbo de denuncia política o afinidad con el estereotipo, una pintura que se podría calificar de ensimismada, racional, pero que sin embargo ha tenido y tiene una mayor trascendencia en el desarrollo del conocimiento y del arte contemporáneo. Paul Klee habla un lenguaje universal, nos introduce en su pensamiento, que impuso por encima de luchas y batallas políticas. Por encima de todo está la inteligencia y el conocimiento del alma humana. Admiramos, más que un mensaje político o social, a los artistas que tienen un conocimiento de la realidad mediante su propia investigación. Nosotros tenemos nuestro propio referente de estas dos visiones en
Goya
. El Goya de los tapices y los majos, una mirada también folclórica, y el Goya comprometido y dramático de «Los fusilamientos», «La carga de los mamelucos» y «Las pinturas negras» o los grabados y dibujos de «Los desastres de la guerra». Pero lo importante es que Goya siempre se mantuvo en un compromiso fundamental con la pintura, por eso es un artista de influencia universal.
El virtuosismo de Sorolla sobrepasa otro interés más profundo de conocimiento. Su único fin es ser cada vez más habilidoso, con lo que su búsqueda se reduce a concretar una obra ampulosa y grandilocuente. Fin que nunca ha sido el de la pintura. Si tienen ocasión, en el Museo del Louvre, París, hay un ejemplo similar a estos murales de Sorolla, los doce cuadros que
Rubens
pintó para «mayor gloria» de
Luis XIV
. Una muestra de grandilocuencia donde la obra de Rubens queda seriamente en entredicho, aunque en este caso su otra obra, no condicionada a alabar al poder, avala al artista.