EFE
El Teatro Lope de Vega de Madrid, acostumbrando a hospedar en su escenario a los musicales más exitoso de la ciudad, se convirtió en una plaza colonial mexicana en la que, entre tapices, chaflanes, iconografía local y siete músicos, destacó una figura pequeña, la de Lila Downs -ganadora de un Grammy Latino-, que condensaba, sin embargo, un inmenso talento.
Mientras sus músicos iban apareciendo poco a poco sobre las tablas, Lila estiraba sus músculos, acicalaba sus dos larguísimas trenzas y se preparaba para su entrada desde la platea, con la que dio comienzo a una hora y media de frenética y ecléctica demostración artística.
Y es que, a pesar del cuidado montaje y la sincronización de todos los aspectos técnicos -el espectáculo de anoche será editado en DVD en los próximos meses- la gran protagonista era la voz de Downs que, sumando una insólita elasticidad y una poderosa sensibilidad, paseó a los asistentes desde el jolgorio hedonista de "La iguana" a la pasión descorazonadora de "La cama de piedra".
Enseguida se centró en su quinto y más reciente álbum, "La cantina (entre copa y copa...);", en el que recopila rancheras clásicas y crea otras nuevas, de manera que consigue flexibilizar el género componiendo una propuesta que se resumió en el segundo tema del concierto, "Entre copa y copa", en el que recita: "traigo penas en el alma que no las mata el licor".
Para ahogarlas, no alcohol sino "Agua de rosas" recibió de unas mujeres en el sur de Oaxaca (México); -de donde procede- y de ahí toma su nombre uno de sus más populares temas, que compartió además con la cantante andaluza Gala Évora.
Otra gran amiga, e introductora de la artista en España, la tonadillera Martirio, protagonizó uno de los momentos más emotivos de la noche con la interpretación a dúo de "La Martiniana", en la que copla y son encontraron su punto de unión, añadiendo un ingrediente más a un recital que abogó en todo momento por el mestizaje.
Así, la cantante de 39 años -cuyo padre es un cineasta norteamericano de ascendencia escocesa- se atrevió con una versión sui generis del bolero con "Quizás, quizás, quizás", en la que mezcló inglés y español, y, de paso, recordó: "Andamos muchos afuera de nuestro país, rodando como piedritas, con nostalgia en nuestras almas".
Pero sin distinción de nacionalidades, el público se dejó emocionar por cada nota de "Paloma Negra", con la que Lila Downs, guitarra en mano, se confirmó como una gran diva de la canción latinoamericana, combinando la profundidad en la voz de una Mercedes Sosa con los matices y el desgarro de una Chavela Vargas.
Y así, tras demostrar todavía más facetas, como la de imprimir sensualidad en una simple receta gracias a "La cumbia del mole" o la de aportar puro teatro a su versión de "La llorona", a nadie extrañó que el público reclamara con énfasis su vuelta al escenario.
Por ello, y dividido en dos bises, el colofón final del concierto ofreció temas como su primerizo "La sandunga", de 1999, y, para terminar, otra mezcla explosiva: la del hip hop aplicado a la canción protesta mexicana "La cucaracha".