MARC LLORENTE
Uno de los autores de la prestigiosa «Trilogía de la juventud», el madrileño José Ramón Fernández, ha querido escribir en «La tierra» una historia acerca de la culpa de los que callan. El silencio cómplice ante la brutalidad o la muerte y la vergüenza por cualquier crimen. Con este atractivo arranque hemos visto esta obra dentro de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos. Es de agradecer que, como nos expresa el autor, una producción así, «casi un acto de locura en el mercado actual», haya visto la luz en el escenario a pesar de las dificultades que entrañaba el proyecto. Los valientes han sido el director Emilio del Valle y el resto del amplio equipo de la compañía (In);Constantes Teatro. Un desarrollo formal en el que uno de los personajes se dirige a los espectadores y cuenta de modo narrativo. Nacen las escenas en los diferentes espacios que están incluidos en la misma escenografía donde acontece esta tragedia. El antes y el ahora o el hoy y el ayer fluyen a través del narrador y de los demás sujetos que participan en los pasajes de «La tierra». La ilusión de realidad del teatro realista se sustituye por la técnica del distanciamiento y la tipificación de los individuos que intervienen en la pieza de José Ramón Fernández. Un cierto clasicismo, la emoción estética y los valores de la teatralidad que no sólo no la ocultan sino que hacen hincapié en ella para ofrecernos un espectáculo que no engaña con respecto a la naturaleza de la representación. Un procedimiento artístico claramente mostrado como tal y mediante el que actúan los actores Miriam Montilla, Jorge Muñoz, Ángel Jodra, Chema de Miguel o, entre otros, el propio Emilio del Valle, cuya dirección realiza una cuidada y rigurosa puesta en pie del texto que asumen los intérpretes. El compromiso con el teatro como arte y medio de comunicación social nos empuja al elogio. Aunque también es cierto que es necesario conectar más con el respetable y que, en este sentido, «La tierra» invita a la huída de algunos o al sopor de otros. La fobia al diferente o al inocente es un asunto de interés, pero no se puede aburrir al personal.