S. ILLESCAS
Como pez en el agua se encontraba ayer el director estadounidense Francis Ford Coppola tomando cañas en la Taberna del Gourmet de Alicante. Aunque se hallaba en una ciudad desconocida, totalmente diferente a su país, y en vez de compartir plato y mantel con George Lucas y Steven Spielberg (dos de sus fieles compañeros de devaneos gastronómicos); lo hacía con el resto de alicantinos que llenaban el local, el cineasta hizo gala de su amor por el buen comer, y no dejó de saborear y degustar todos los manjares, «made in Spain», que le iban sirviendo en esta taberna. Queso, croquetas, jamón, cerveza... El maestro de Hollywood casi no medió palabra durante su fugaz visita a este selecto establecimiento alicantino, y se ciñó a disfrutar de todo lo que le ponían sobre la barra los camareros. «Bueno, bueno, bueno...», se atrevía a decir el cineasta en castellano tras el atracón. Cabe destacar que entró como cualquier otro cliente, y se acomodó con parte de su familia y algunos amigos en la barra, empapándose de la tradición de «ir de cañas» tan afianzada en España. Quizá ahogó las penas con la comida y la cebada, ya que los que le acompañaban aseguraban que estaba bastante cabreado con la prensa tras la polémica suscitada por una supuesta declaración a la revista «GQ», en la que criticaba a Al Pacino, Robert De Niro y Jack Nicholson, a quienes acusa de haberse vuelto «apáticos» en su trabajo. «También está con el jet lag, en una ciudad que no conoce y se acaba de despertar», comentaban las mismas fuentes en dicho establecimiento, que a los cinco minutos cambió por el restaurante Monastrell. Coppola salió del Hotel Amérigo junto a un grupo de personas, entre los que destacaba su mujer, Eleanor Coppola, y su hijo, Roman Coppola, que ha intervenido en varios trabajos de su padre y cuenta en su currículum con la realización de videoclips importantes junto a grupos como Green Day.
Todos ellos, como si de «El Padrino» se tratara, le rodeaban para que no se le molestara en el corto camino que une el hotel con la taberna, comentando que «está muy cansado y no quiere contestar más preguntas». Sin embargo, tampoco se mostraban fríos ni distantes, ni mucho menos. Más bien buscaban un momento familiar, entrañable, e incluso sonreían cuando veían que no se les hacía mucho caso, tomándose ya a broma este tira y afloja con la prensa. El director seguía conservando ese aura bohemia, esa pinta de artista que decoraba con una divertida bufanda a cuadros de colores.