T
odo comenzó en el 77 (hace de esto 30 años);. Me hallaba en plena huida de esa adolescencia de la que, mejor o peor parado, se sale alguna vez: diecisiete años hirviéndome en la sangre, discos de
Llach
,
Paco Ibáñez
,
Quilapayún
y aquél de
Víctor Jara
comprado en el mismo Londres durante un viaje escolar, con ellos y los otros, el
Alberti
que entonces retornaba de lo vivo lejano,
Camús
,
Sartre
y
Sastre
-
Alfonso
, por supuesto-,
Miguel Hernández
vía Buenos Aires,
Losada
,
Neruda
,
Vallejo
..., ejemplares de «El País», «Triunfo», «La Calle» junto al póster del
Che
,
Marilyn
Norma Jean
abriéndose de labios, la nariz empolvada, nombrando lo imposible -«Something's got tu give»-, o el «Guernica» en blanco y negro al lado de
Jacques Brel
, en la pared cuatribarrada, «Novecento», carteles de
Visconti
,
Bertolucci
,
La Raulito
, ella a veces,
Antonelli
arrancada de un Penthouse... Todo así. El feudo adolescente, tan íntimo de entonces, varado en la memoria. Y afuera lo demás, el mundo en su conjunto, las clases del
Figueras
, los amigos, la penumbra cómplice del
Roxi
, el
Novedades
o el
Chapí
, las tardes en el aula, el mito en carne viva venido del exilio, en Gadea a las ocho,
Francisco Ayala
, Nieva, Andújar y tantos que llegaron tras el regreso lento.
Yo despertaba entonces a aquella claridad: bandadas de palomas tanto tiempo extraviadas, enlodadas de olvido, volvían de la ausencia, la libertad, la vida detenida. Y fue en el Aula de Cultura donde aprendí la lengua verdadera, la historia no escuchada. Allí supe que hubo sueños y paisajes, que una guerra borró la sonrisa de España, que era el tiempo de abolir las soledades, los silencios, la mansedumbre toda. Y en el Aula, en el núcleo de ese espacio feliz, edificando nombres, figuras con dimensión humana, estaban siempre ellos, desbaratando sombras,
Carlos
y
Vicente
, en ese foro de cultura que traía a mis héroes literarios y los ponía al alcance de mi curiosidad, de mi deseo de abrazar y de saber. Esa sería -no se ha borrado ni un ápice- la imagen primera de Carlos Mateo y de Vicente Sala, admirados y envidiados por regentar aquel lugar, por moverse entre ellos, por traer hasta allí a mis escritores soñados y disfrutarlos a solas entre bastidores, cuando todos nos íbamos con la última frase del maestro reverberando aún, paladeándola en el camino hacia casa.
Mis años universitarios en tierras de Castilla me devolvieron también en el 84. Regresé a Alicante y Carlos y Vicente me recibieron como hicieron con ellos. El Aula fue el espacio donde presenté mi primer libro, el del Premio Adonais, y otros que llegaron en la década de los 80. También mi primer trabajo salió del Aula, con Vicente Sala Recio y con Carlos Mateo proponiéndome peregrinar por la provincia para hablar de poesía -la lírica de posguerra y esas cosas- embarcándome en aquellos geniales cursos de Extensión Universitaria que me ocuparon unos años. Y hasta hoy, hasta ahora en que mi vida es resultado de todo lo vivido, de cuanto sé de ellos y de mí, de los sueños que mis entrañables amigos dejaron que penetraran en el sagrado espacio del Aula de Cultura, que tomaran asiento en medio de la tarde y nos hablaran de ellos, pero también de nosotros, de los que éramos entonces, devotos de aquel firme deseo de libertad, de insurrección, de vieja sabiduría.
Hace apenas tres años, Carlos se despidió de su vieja militancia en el Aula, se jubiló oficialmente de la Obra Social de la CAM, y allí estuvimos para hacerle el homenaje que, sin duda, se merecía. Ahora, tres años después, le ha llegado el turno a Vicente Sala Recio, un hombre rutilante y generoso que el pasado viernes celebró, entre varios centenares de amigos, 65 espléndidos años. Y cuando esto ocurre, cuando sucede que el tiempo se pone idiota e intratable, uno repara más que nunca en la amistad. Ya decía
Baltasar Gracián
que «No existe mayor desierto que vivir sin amigos, que la amistad multiplica los bienes y alivia los males, que es remedio único contra la adversa fortuna y un desahogo del alma». Sin amigos, el hombre se reduce poco menos que a un primate sombrío. En tiempos como éste, lastrados por la ambición, por la competencia sin freno y las luchas implacables, cultivar la amistad es como salvaguardar un patrimonio sin precio, un territorio blindado contra la especulación y el interés a corto o largo plazo. La amistad es, a fin de cuentas, el árbol que, milagrosamente, sobrevive a cualquier devastación porque es capaz de brotar entre el carbón y el miedo; la negación, en suma, de todas las soledades.
Recordar en estas líneas a Carlos y a Vicente, evocar el espíritu de aquel Aula de Cultura que nos rescató de la ingenuidad, de los años oscuros, tiene mucho de melancolía; pero no de esa vaga melancolía de nubecilla gris, compasiva de uno mismo, sino de esa otra melancolía que te humedece por dentro, que te enciende en el alma una candelita feliz, íntima, de objeto recobrado, puro, casi limpio de añoranza. Una melancolía que me recuerda ahora lo mucho que he vivido.