GUILLERMO GARCÍA-ALCALDE
«¡Esto no es un tenor. Es un sindicato de tenores!», exclamaba Pedro Lavirgen para describir el poder espectacular de Stephen Gould, norteamericano de Virginia que interpreta aquí el rol titular de Sigfrido, segunda jornada de «El anillo del nibelungo». Después de la función, un grupo de españoles celebramos con Lavirgen sus increíbles 77 años. En el restoran italiano de la colina se respiraba la alegría de las noches de plenitud. «Si después de esto llego a ver a mis nietas casadas, podré decir que he tenido una bella vida», comentaba nuestro tenor, que es persona entrañable y simpatiquísima. Como intérprete, su repertorio wagneriano se limita a un Lohengrin cantado en italiano. «Pero esto es otra cosa. Si lo hubiera vivido en mis comienzos, quién sabe por dónde habría ido mi carrera».
Pues sí: habemus heldentenor para el más duro de los roles masculinos de la tetralogía. Y los genuinos vienen de América, tras agotarse los europeos de los últimos lustros. Gould debutó en Bayreuth hace tres años cantando Tannhauser, que también se las trae. La voz, sana y entera como un cañón, ha madurado en el timbre y conseguido la impostación idónea de cada registro. Aún delgada en el grave y atractivamente natural en el centro, proyecta sin esfuerzo un glorioso agudo spinto que eriza la piel. No necesita tantear ni apoyar: el chorro brota en la altura exacta con belleza y vigor nada comunes. Y no hay tan solo sonido, sino una inteligencia del canto (jubiloso, exclamativo, ligado, melódico, etc.); que hace de este Sigfrido un hito bayreuthiano. Las grandes carencias de los últimos (Manfred Jung, Wolfgang Schmidt, Christian Frantz...); convirtieron el título en inevitable fiasco tenoril. Desde ahora, el joven Gould está en condiciones para tomar el testigo de otro asombroso compatriota, John F.West
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aún en plenitud
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y mantener en el trono de los tenores heróicos wagnerianos los colores de las barras y las estrellas.
Porque el color de la orquesta es abrumadoramente alemán. Christian Thielemann, incuestionable príncipe heredero de los inmensos directores que reinaron en este foso, desmiente a quienes piensan que Sigfrido es la más narrativa y menos dramática de las jornadas nibelungas. Poco favor le hizo Thomas Mann magnificando su propio gusto por el Wagner narrativo, porque esa evidencia del texto cae como un sambenito sobre la partitura, que es genialmente totalizadora. Los tempi de esta versión la hacen, además, contrastada, apasionante. La batuta no deja respiro a la escucha ni permite divagar o distraerse: cada escena, cada celaje psicológico, cada descripción y cada introspección en la compleja ola leitmotívica imponen su función con la soberanía de lo uno en la diversidad de lo múltiple. El detalle es la clave, pero el todo es territorio de pensamiento y emoción. Pasajes sinfónicos como los preludios de los actos primero y tercero, los «rumores del bosque en el segundo y la transicion entre los ultimas cuadros del tercero sobrevienen sin acento especial de lucimiento sino como tracto natural en un proceso creativo de arrolladora fuerza suasoria y de memorable belleza. Cuado Thielemann sale a saludar, le llaman de todo. Aún no hemos oido «¡torero!» porque los españoles somos exigua minoría. Pero llegará...
El Wotan-Wanderer de Albert Dohmen culmina las apariciones del destronado dios de dioses con la noble cantabilidad de las dos anteriores y un cuerpo vocal bien asentado y ligeramente más ancho. Es un magnífico intérprete de transición hasta que aparezcan verdaderos bajos-barítonos heróicos. En cualquier caso, muy artista y muy celebrado.
Tras el tenor se llevó las mayores ovaciones la Brunilda de Linda Watson, espléndida de sonoridad en la gran escena final de la obra: su despertar entre el fuego mágico y el tremendo dúo de amor con Sigfrido. Tan solo media hora larga de canto, pero de las más duras del catálogo, como afirman sus intérpretes. La línea de la Watson no parece exquisita, pero tal vez sea mucho pedirla en una partitura tan expansiva. La última nota, cayendo el telón, fue un do natural agudo absolutamente radiante. El tenor, prudentemente, optó por un intervalo inferior, que es lo escrito, en lugar de la puntatura aguda que tantas voces rompe la voz tras el esfuerzo brutal de toda la obra.
También el fundamental Mime de Geerhard Siegel se ganó una apoteosis. Para estos personajes importantísimos pero «de carácter» no quiere Bayreuth tenores rajados, sino cantantes en plenitud que saben «actuar» y representan con la voz tanto como con el cuerpo y la récita del texto. Más breve que en el prólogo, el trabajo de Andrew Shore como Alberich repitió sobresaliente. No tanto, pero bien, Mihoko Fujimura, Robin Johannsen y Hans-Peter König.
Escénicamente, la creación de Tankred Dorst sigue en el limbo. A saber por qué ha cambiado la fragua de Mime por una escuela cutre (¿sarcasmo sobre la educación del salvaje Sigfrido ); y por qué sigue enfatizando la hiperrealidad del asunto con una realista carretera que pasa sobre el bosque del segundo acto...
En el anfiteatro de inspiración greco-latina diseñado por Wagner, la más alta temperatura emocional. En el exterior, caida por debajo de los 10 grados. Hemos pasado del sofoco al miedo al catarro. Así es el verano de la Franconia.