04 de octubre de 2017
04.10.2017

Victorino, ganadero de leyenda

?El propietario del hierro más influyente de la historia del toreo fallece a los 88 años tras un ictus

03.10.2017 | 20:44
Victorino, ganadero de leyenda

Mito, leyenda e icono del imaginario español. En todo eso se convirtieron con el paso de los años los toros de Victorino Martín Andrés, ese «paleto» que hace más de medio siglo comenzó, casi de la nada, a dar forma a la que es una de las más famosas ganaderías de bravo de la historia: los «victorinos», y que ayer falleció a los 88 años tras no superar un ictus cerebral que sufrió el domingo en su finca Monteviejo, en Moraleja (Cáceres). Desde su natal Galapagar, este astuto carnicero y hombre de campo, superviviente y huérfano de los años duros de la posguerra, llegó a obsesionarse por satisfacer, con tantos sacrificios como osadía, la gran pasión de su vida: la crianza de toros de casta.

Con paciencia de tratante fue como, a principios de los sesenta, encontró por fin su gran oportunidad al adquirir, en sucesivas compras, la vacada que los varios herederos de Juliana Escudero estaban dejando caer en el abandono, pese a su excelente pedigrí.

Así que, buscando el dinero bajo las piedras e implicando a toda su familia, comenzó a cumplir un sueño que le iba a llevar hasta lo más alto de la crianza del bravo, no sin aplicar una hábil estrategia de lo que ahora se llama márketing y que antes solo se conocía como «sabiduría popular».

Para lograrlo contó el nuevo ganadero con la inmejorable base genética de una ganadería entroncada en la más pura línea de la refinada sangre «albaserrada», a la que sólo faltaba volver a poner en orden y cuidado, como él se ocupó de hacer.

Usando Las Ventas como base de lanzamiento, y como idóneos publicistas y aliados a los críticos regeneracionistas que denunciaban los abusos taurinos de la década de los sesenta, el inteligente «paleto» fue obteniendo los sucesivos éxitos que avalaban sus revuelos mediáticos y, en consecuencia, su paulatina entronización como ganadero singular.

Sin pelos en la lengua, con la ruda pero contundente sinceridad que le proporcionaba la confianza total en el juego de sus toros, Martín acabó definiéndose como un personaje de gran popularidad en los años de la transición política, y no sólo entre los aficionados. Tanto es así que su fama y la de sus toros ha llegado a trascender hasta el habla popular de los españoles, pues las expresiones y comparaciones con referencia a «victorinos» son ya tantas o más que las referentes a los «miuras», la otra gran y antigua leyenda.

El diente de oro de Victorino Martín Andrés, que, como el de Pedro Navaja, brillaba al extender su socarrona sonrisa, y ese aparatoso sello con los colores de su divisa que mostraba al sujetar entre los dedos sus perennes habanos fueron las inequívocas señas de identidad de un hombre que el pueblo llano identificó enseguida como uno de los suyos.

Y, alejado radicalmente del concepto típico del ganadero, visto casi como un señor feudal, «el sabio de Galapagar» conjugó perfectamente esa actitud populista con los cada vez más espectaculares resultados de unos toros que, cumpliendo el tópico taurino, se parecían a quien los criaba: bravos y encastados, para bien o para mal.

De todo había, y sigue habiendo, entre los cárdenos cuatreños y cinqueños marcados con la A coronda del viejo hierro del marqués de Albaserrada, desde los astados de entregadas, templadas e intensas embestidas hasta los de avieso comportamiento, esos que Ruiz Miguel, uno de los aguerridos matadores que se especializó en lidiar victorinos, llegó a calificar ya para siempre como «alimañas». Sobre esa ambivalencia, el gran juego de unos -memorable el de los cientos de ejemplares que propiciaron corridas históricas en las principales plazas- y el peligro evidente de los otros, su propietario consolidó el mito de una ganadería de tan acusada personalidad que ha servido lo mismo para consagrar como para defenestrar a toreros de varias generaciones. El sólido legado del «paleto», su herencia incalculable de prestigio y bravura, está ahora en manos de su hijo, del mismo nombre, que ha mejorado la imagen de marca, y también ahora las de su nieta Pilar, tercera ganadera de la familia que garantiza la continuidad de este icono español, al menos, hasta mediados del siglo XXI.

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