El impresionismo de Sorolla ilumina Europa

La Casa Museo de Joaquín Sorolla en pleno centro madrileño guarda los recuerdos del pintor valenciano junto con su colección de fotografías, cerámicas, imaginería y un sinfín de cartas de un hombre enamorado de la naturaleza

09.08.2016 | 01:32
El impresionismo de Sorolla ilumina Europa

La muestra ya ha conquistado a alemanes y franceses.

En vísperas de su llegada después del verano al Museo Sorolla de Madrid, la pinacoteca de los Impresionistas de Giverny, en Normandía, exhibe estos días la exposición Sorolla, un pintor español en París, la capital europea elegida por el valenciano para iniciar su proyección internacional, comisariada por Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del artista y autora del catálogo razonado de su obra. Será el 16 de noviembre cuando llegue la primera gran exposición internacional del prolífico pintor a su Casa Museo de Madrid con obras maestras de la etapa anterior a su entrada triunfal en Estados Unidos. Son los mismos cuadros plenos de luminosidad impresionista que ya cautivaron entre marzo y julio a muchos alemanes en el Museo Khunstalle de Múnich.

La Casa Museo de Joaquín Sorolla en pleno centro madrileño guarda los recuerdos del pintor valenciano junto con su colección de fotografías, cerámicas, imaginería y un sinfín de cartas que revelan la personalidad apasionada de un hombre enamorado de la naturaleza, la luz y el color, que amaba sobre todas las cosas a su mujer Clotilde García del Castillo, su musa e inspiradora del jardín que da la bienvenida al refugio artístico en el barrio de Chamberí de un maestro del pincel que escribía siempre a su amada desde la distancia y no se olvidaba jamás de enviarle cada día un ramo de flores cuando estaba de viaje.

La hermosa y elegante Clotilde se empezó a marchitar, como las plantas que con tanto cariño cuidaba, en 1923 cuando murió su esposo y falleció seis años después no sin antes donar la casa familiar al Estado español para convertirla en la coqueta pinacoteca madrileña que ahora se proyecta como uno de los rincones culturales de más éxito de Madrid.

La obra del pintor valenciano, un artista que disfrutó de la gloria en vida, recuperó un nuevo aliento para el público en 2009 cuando el Museo del Prado con el que tantas veces había soñado para exhibir sus cuadros le dedicó una exposición antológica. «Cuando retocó el retrato de Lucrecia que había pintado en 1896 fantaseó con la idea de que esa obra estuviese en la pinacoteca nacional que tanto admiraba y a la que acudía con asiduidad para visitar a sus amigos Velázquez y Goya», revela su bisnieta Blanca Pons-Sorolla, artífice del éxito de un museo que visitan cada año más de 160.000 personas.

Pons-Sorolla, nieta de María Sorolla y del pintor Francisco Pons Arnau y bisnieta de Joaquín Sorolla, recuerda emocionada las historias que le contaba su abuela antes de dormir para llevarla en volandas a esos juegos en la playa que tantas veces pintó su bisabuelo, nacido en Valencia en 1836. «Siempre nos hacía rezar una oración por él», añade Blanca, hija de Francisco Pons-Sorolla y Arnau, arquitecto y urbanista con el que se sumergió en la lectura pausada de las cartas de Joaquín Sorolla para descubrir su entrega sin cuartel a la familia, su reveladora relación con otros artistas y su amistad más que sincera con el diseñador Louis Comfort Tyfanni, impulsor del Art Nouveau, al que conoció en la exposición de 1909 de Nueva York. Dos años después, Sorolla regresó a Estados Unidos y Tyfanni, que había comprado varios cuadros del valenciano, fue uno de los personajes de la sociedad norteamericana a los que retrató. La imagen del ricachón neoyorquino en uno de los jardines de su mansión con la bahía de Cold Spring Harbor al fondo, rodeado de hortensias y con uno de sus perritos al lado, cuelga hoy de las paredes de la Hispanic Society of America de Nueva York. Sorolla es el artista español con más obra en las instituciones norteamericanas a pesar de que siempre fue reacio a vender sus lienzos.

En sus misivas, Sorolla descargaba su tristeza y malhumor por estar apartado de Clotilde y de sus tres hijos, pero también describía con todo lujo de detalles sus opíparos almuerzos aunque aseguraba echar de menos las riquísimas sopas de ajo que le hacía su esposa. «En casa, mis bisabuelos comían paellas, mucho pescado y verduras variadísimas», relata Blanca Pons-Sorolla, quien ha logrado reunir en el museo 1.300 óleos de los más de 4.000 que firmó y 500 dibujos de los 9.000 existentes del genial pintor, uno de los más falsificados por las mafias, que solo paraba de trabajar cuando comía.

«Pocas veces dormía la siesta porque le gustaba aprovechar la luz de esas horas de la tarde para pintar», porque Sorolla era un trabajador infatigable, fumador empedernido, pero al mismo tiempo ordenado y poco dado a las jaranas.

Solo paró su frenética actividad en 1920, cuando un derrame cerebral le dejó hemipléjico mientras pintaba un retrato de la mujer de su amigo el escritor Ramón Pérez de Ayala. El óleo inacabado se conserva en el taller de pintura del valenciano en su casa de Madrid. En aquellos días, el incansable artista estaba inmerso también en encargos de la Hispanic Society of America. Se encontraba agotado y tremendamente estresado, lo que aceleró su camino hacia la muerte que le sobrevino con tan solo 60 años. En los trabajos de catalogación, investigación, restauración y conservación de sus óleos se ha descubierto que utilizaba pigmentos en su paleta tremendamente tóxicos, soluciones venenosas hoy prohibidas en pintura que seguramente enfermaron aún más al extenuado artista. Sorolla no pudo cumplir los ingentes encargos hechos por la institución norteamericana que tanto le reconocía al fallecer en agosto de 1923.

«Mi padre había nacido en 1917 así que todo lo que recordaba de su abuelo estaba condicionado por su enfermedad», añade Blanca Pons-Sorolla. Años después fue ella la que tuvo que lidiar con suma entereza con una invalidez similar de su padre. Los dos decidieron entonces revisar y ordenar las cartas del artista hasta descubrir la verdadera talla de un hombre moderno que empezó a dibujar cuando aún era un crío.

«Su vida era pintar, su mujer y sus hijos», sentencia Blanca Pons-Sorolla. A la primera exposición en Estados Unidos, en 1909, organizada por la Hispanic Society of America de Nueva York, acudió con 350 cuadros. Vendió 200 entre las más de 200.000 personas que acudieron a la muestra en el Bronx. «Habría podido vender más pero no quiso», revela su bisnieta. En 1910, cuando volvió a cruzar el Atlántico, tan solo se deshizo de dos retratos de su familia «y eso para mostrar sus habilidades como retratista» ante un público que ya le había encumbrado. En 1904, el Metropolitan de Nueva York y el Museo de Filadelfia se peleaban ya por sus lienzos.

Sorolla vivía en una España reacia a celebrar el triunfo de los suyos. «En algunas ocasiones aparecen en sus cartas el malhumor y la tristeza», reconoce Blanca Pons-Sorolla, «pero es una desazón por estar lejos de los suyos, no por las críticas que pudiera recibir», argumenta la bisnieta tras explicar que el artista pintaba en la playa, protegido del sol con un sombrero y muchas veces bajo un toldo para provocar contraluces y penumbras como en las pinturas de los chicos de la playa de Zarauz. Y es que la elegancia del norte siempre llamó la atención de Sorolla, quien no dudó en vestir a su mujer y a su hija mayor con las ropas típicas de la costa donostiarra para retratarlas en la playa valenciana de la Malvarrosa. «Así conjugó mi bisabuelo la elegancia y la luz» en Paseo a orillas del mar de 1909, celebra la bisnieta del artista que prepara ya la casa museo en la que creció para que en noviembre pueda verse en Madrid la huella que París dejó en un jovencísimo Sorolla que mantuvo hasta el final de sus días un idilio sin desmayo con la luz, la naturaleza y, claro, con Clotilde García del Castillo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine