Del ministerio al huerto provincial

La vocación rural de Gabriel Miró

Hoy hace 86 años que el escritor alicantino falleció - Su obra es conocida, pero el propio autor, no tanto

28.05.2016 | 00:50

Gabriel Miró, del que hoy se cumplen 86 años de su muerte, es popularmente conocido por su notoriedad como escritor e ilustre alicantino, se recuerdan algunos títulos de obras suyas como Las Cerezas del Cementerio, El Obispo Leproso o Años y Leguas, y se sabe que una recoleta plaza de Alicante lleva su nombre, pero ¿cómo era Gabriel Miró? ¿cómo era su voz? ¿cuáles sus anhelos?

En 1928 la joven poetisa Ernestina de Champourcin escribe a Carmen Conde: «Creo que no te hablé nunca de Gabriel Miró. Es como él, como Sigüenza. No sé si escribe como habla o si habla como escribe. Tiene unos ojos francos, leales, y un cariño tierno para todos los suyos. Él y Juan Ramón ¡qué dos amistades más hermosas!». Y cuatro años después de la muerte de Miró es el escritor Juan Chavas quien dice: «Era una voz tostada, espesa y limpia juntamente, como el aire que en las tardes de agosto se para y se duerme en los valles de la tierra nuestra. [..] La voz de Gabriel Miró –que luego de escucharla se nos quedaba en el oído como un eco de aire de mar y sol en la copa redonda y antigua de una higuera alicantina– era igual a su alma».

Miró sintió predilección por La Marina y por los pueblos de Aitana. Descubrió Polop por recomendación de Óscar Esplá y de 1921 a 1928 habitó en Les Fons, la misma casa en la que en años anteriores había veraneado el compositor amigo. El sueño de Gabriel Miró era poseer una casa con pequeña hacienda rural en Polop de la Marina o en otro pueblo de la montaña alicantina y pasar en ella los años cuidándola y escribiendo. Siempre regresaba a Madrid con nostalgia de tierra propia.

En Polop, Sigüenza convive con su paisaje y sus gentes, lejos del mundanal ruido deseando permanecer en el sosiego de una masía y caminar envuelto por aromas silvestres. En el legado literario de Clemencia Miró, hija del escritor, hay unos deliciosos textos inéditos de 1931-1934 en los que nos habla de sensaciones y de personas que habitaron allí con Sigüenza: el olor a tierra fresca, el del polvo que levantan al paso las pezuñas de las cabras, el tío Quico el casero con el chaleco al hombro, Baltasar en la puerta de su posada, Manihuela limpiando sus pucheros, Patro, fresca, con un pomo de jazmines en el pecho haciendo ganchillo, el masero de Pallmosa y las de Altea hablando con las gallinas y haciendo ramos de rosas y pasionarias para el Altar Mayor? Recuerda Clemencia: «Era de noche, húmeda de olor a hierbas y de gotas de estrellas cuando regresábamos de nuestros paseos en Polop. El tío Quico se llevaba al burro a beber en la acequia. El agua corría en silencio, sin parar. Más ha corrido el tiempo. No hay esclusa posible para detenerlo».

En 1928, desde Polop escribió Miró: «Pronto regresaremos a Madrid. El único que llegará gordo y colorado seré yo: salud de hacendado sin hacienda. Pero con ese regusto del empaque hemos decidido tenerla, y yo me retiraría aquí para gobernarla. Ya estamos en tratos de compra de una peña, solar de la casona, desde la que se ve el mar, dos valles, cuatro pueblos; y todo sería de nuestros ojos. Y por añadidura nos tienta la codicia de un bancal de almendros, olivos y algarrobos». En el mismo estío también hay contrariedades y anécdotas: «...Y sin fruta, sin pescado. Año ruin en esta comarca. Mi único gozo es llevarme a mi nieto bajo los algarrobos centenarios... Además: la cocinera vallisoletana que hemos traído no sabe guisar. Paisana del Ministro de Instrucción había de ser!».

Atrapado por un trabajo
Miró es secretario de los Concursos Nacionales en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y por ello responsable de tan importante gestión cultural pero se siente atrapado por un trabajo que le impide escribir. Tiene la compleja tarea de organización, tramitación, relaciones, bases, jurados, música, literatura, exposiciones? de todo ha de ocuparse el escritor. El cargo también limita su proyección en el extranjero. En 1925 fue invitado por el Pen Club de Londres, con todos los gastos pagados, para ser miembro de honor en un acto en el que había de pronunciar un discurso en su lengua original. Entre otros fueron Romain Rolland, Duhamel y Jules Romains. Gabriel Miró, sin la autorización del ministro, quedó atrapado en las tareas burocráticas y no pudo ir.

En junio de 1928 comunica a Juan Guerrero Ruiz: «Ayer me riñeron oficialmente porque en Estampa ha salido mi nombre, atribuyéndome la organización de los Concursos. El Ministro me ha advertido –por conducto del Director– que no debo aprovecharme de mi cargo para mi gloria». En Julio escribe a Adelardo Parrilla: «Todavía en mi jaulón, con la soga tirante. Espero romperla en los primeros días de agosto?. Te escribiré desde mi albergue rural. Pídele al Señor que sea pronto». Y en agosto del mismo año, escribe desde el Ministerio: «Seguimos aquí, en esta ciudad harapienta en verano? ¡Cómo me metería en un pinar, en lo más hondo, sin ver a nadie, durante dos años!». A la par que muchos intelectuales, entre ellos los de la Generación del 27, le rinden tributo de admiración, Miró sufre desatención y menosprecio del ministro que no hace caso a sus propuestas y no le dota de los medios necesarios para el desempeño de su gestión, lo que intensifica su deseo de retiro a un lugar provinciano donde libre de ataduras se entregue a su soledad, hermana de tierras y paisajes levantinos, y a su obra de creación literaria.

Un pinar con casa y huerto
Gabriel Miró ejerció durante nueve años el cargo de jefe de servicio. El Conde de las Infantas reconociendo la importancia y responsabilidad de la gestión de Miró propuso su incorporación al escalafón del Ministerio regularizando su situación burocrática pero el Ministro desestimó repetidamente la propuesta que creyó menos merecida desde que Miró publicó El Obispo Leproso.

Las cartas del verano de 1928 evidencian el abatimiento de Miró. A José Ruiz Castillo: «En octubre dejaré el destino del Ministerio. Le dejé la dimisión al director [..] Ya le contaré ruindades. Reconozco que los canallas saben serlo. Eso de la altivez, del menosprecio, etc. son actitudes de incapacidad para la agresión. Palabras consoladoras de nuestra ineptitud para la defensa dura. Hay virtudes que no son más que un pobre refugio de los Sigüenza.[..] En estos momentos no codicio más que mejor salud en mi mujer y la calma de un pinar con casa y huerto...»; Y a Carmen Conde: «A estas horas no sé si soy, todavía, secretario de los Concursos Nacionales... Los ruines no me dejan. Lo peor es que no me revuelva por virtud sino por mi desgana. Lo peor o lo mejor. Cada día más lejos del oficio. Acabaré por internarme definitivamente en estos campos. Así sea; y así será».

Polop fue para Gabriel Miró refugio de quietud y vida durante años y caminos recorridos. En 1929 no pudo regresar a Les Fonts por que la casa había sido vendida. La familia halló hogar estival junto a la carretera de Villafranqueza, en la finca Benisaudet de sus tíos Enrique Falcó y Juana Maignón, que anteriormente había pertenecido a su esposa, Clemencia Maignon.

Ilusinado con su próximo verano en marzo de 1929 escribe a Enrique Falcó con excelente humor y palabras con seseos de habla alicantina: «¿Ya está Benisaudet? Cocina, baño, agua, luz, todo. No falta más que campo! Qué hermosura. Parrales de hierro del rastro traído por Tonico Viñes.[..] Posso salobre; balsa seca, serámicas parque de Rafael; girasoles y chumberas de Capelo; gallineros y vacas artificiales del Soldat. Eso a la redonda. Tahulais y caracoles de hieso en los bancales de horno; y para escursiones de la tarde, la carretera de pulgas, de andrajos, de latas de conserva. Y a descansar en Villafranquessa la republicana, con ovillos de moños de liendres que la dulce brisa te lleva a la boca, con portales regados de aguas de barberías y de orinal, con papelones de tripas de sardina y de melva en cada cantonada, y gatos que miran como si llevasen gafas de Domingo Carratalá. No pasa ni un día sin pensar en el Paraíso de Benisaudet. Si el Señor hubiese colocado allí a los pobres Adán y Eva, permanecería la poma intacta».

En Junio Miró comunica a Enrque Falcó su deseo de ir a la finca: «...Quisiera inaugurar la finca. Ir todos los días a Alicante contigo. [..] Volaríamos juntos la milocha. [..] Enrique, tráeme toda la temporada a Núñez de Sela (Aleluya) y Rafaelito García o Martínez, el casado con la de Vidal... En Benisaudet, julio, agosto, septiembre, tomando el fresco en la balsa, con ellos y un cacherulo. Hermoso verano. Acabo de imaginarlo. Y no puedo contenerme».

Pero Benisaudet no fue el lugar hallado ni el verano resultó el esperado. Su ciudad está cerca pero ya no es su ciudad. El llano no alienta como las cumbres o sus estribaciones bajas con almendros, olivos y peñas encendidas, el agua limpia de los manantiales no fluye aquí ni están los pájaros, las hierbas silvestres los pinos y los aires de Aitana. Invadido por el tedio y la rutina doméstica escribe el 20 julio a Eufrasio Ruiz: «...no me sirvió de nada el silencio, la única virtud de este paraje de greda. Las primeras semanas salimos a visita diaria, y frecuentemente coincidían muchos visitantes. Ya pasó todo. Pero no hago nada. Todos hemos de prestarnos servicios domésticos. María la monja se nos fugó, y con una muchacha, y el trajín de tantos y la inquietud, desde su sillón rodado, de la abuelita, no es posible cuidarse más que de la vida familiar».

Los Ángeles, Alicante 26 julio 1929. Está próxima la fecha en que Miró cumplirá cincuenta años y le asalta la inquietud por el inicio de la vejez: «Pronto ingresaré en los 50! Miro la cifra, y es tremenda la contradicción entre mi ansiedad, mi infancia tan inmediata desde aquí, y las secas realidades que avanzan encima de ese cinco anguloso y huesudo! Me voy a regar unos pinos recién plantados que yo no veré grandes». Con la misma zozobra comunica el 19 de agosto su medio siglo a José Ruiz Castillo: «¡Ese 5, esos 50 que acaban de aparecer culminando y midiendo mi vida! 50 años, Castillo! He de principiar a ser viejo [..]. Todo en mí, todo yermo, desasimiento. [..] Llevo cincuenta y dos días regando, escardando, trabajando como un jornalero. Y para que así resulte, hasta la tierra es ajena. ¡Como nunca he deseado el campo mío, la huerta, el pinar, las soledades agrestes –no estas de afueras de la ciudad- [..] Clima de lugar de fondo, blando, caliente. Agua de cisterna que sale tibia. {..} Y la única anécdota del verano ha sido la fuga de una de las fámulas que trajimos de Madrid. Procedía de un convento de monjas. Era la más antigua, la de más confianza. Hasta las hembras de la Iglesia han de darnos algún apuro! [?] Entonces, ¿es que deseo ir a Madrid? No, eso no; pero me marcharía de donde estoy!».

Desaliento y hastío
En Miró hay desaliento, hastío de trabajo burocrático, abatimiento por los valores absurdamente negados para su ingreso en le Academia de la Lengua que él explica en una entrevista en Heraldo de Madrid: «Acababa de publicarse El Obispo leproso, y la torpe indignación de los que hacen propaganda clerical a domicilio había volcado verdadera basura sobre mi libro y mi nombre». Miró ha recorrido durante años muchas leguas de caminos que ama y ya no tiene. En el final de Años y leguas, su última obra, escribe de forma premonitoria «...Y aquí dejaré a Sigüenza para siempre. Conviene dejarlo antes de que se quede sin juventud. Porque sin un poco de juventud no es posible Sigüenza...».

Falleció el 27 de mayo de 1930. La tierra que no pudo comprar fue toda suya en sus libros.

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