Josep Torrent

Noticia de un periodista

05.05.2016 | 01:16

En la muerte de Pep Torrent, los dedos vuelan sobre el teclado buscando adjetivos y persiguiendo emociones. Pero quiero atarl0s corto. Porque no se ha muerto un amigo: ha muerto un gran periodista. El mejor de entre nosotros.

Los cínicos no sirven para este oficio, nos dejó dicho Kapuscinski en sus célebres conversaciones sobre el buen periodismo, pero Josep Torrent Badía, nacido hace 63 años en L'Eliana, de cuyo ayuntamiento llegó a ser concejal socialista en los albores de la Transición, no necesitaba el consejo: a lo largo de décadas de ejercicio nada hubo más contrario a su desempeño como periodista que el cinismo. En unas aguas en las que no hay singladura sin temporal, trenzó querencias y sorteó desencuentros, presiones y campañas sin permitir que ni lo uno ni lo otro le torcieran el rumbo: contar las cosas, no sólo para que se supieran, sino también para que se entendieran. Contarlas sin sectarismo, sin partidismos, pero también sin falsas neutralidades. Hay que ser muy bueno, hay que creer mucho en esta profesión, para escribir como él lo hacía: sin situarse por encima del lector ni por debajo del poder, aportando información, argumentos, explicación, sin pretenciosidades ni ensañamientos. Hoy, que tantas veces acceder a un artículo supone lo mismo que entrar en una carnicería, que tantos periodistas suplantan a los políticos y tantos políticos reniegan de quien cuenta las cosas y buscan quien simplemente las escupa para otro lado; hoy, digo, necesitaríamos muchos Torrent como brújulas.

Maestro de la crónica han dicho de él sus primeros obituarios. Y del análisis político. En ambos lo era. El mejor, ya lo he escrito. No puede entenderse cabalmente la historia política, económica e institucional de esta Comunidad, desde el Estatut y antes, sin leer sus textos. Pero no era únicamente eso. Era también el periodista valenciano que más empeño puso en entender esta Comunidad por entero, en comprender desde Valencia Alicante, en reconocerse en Alicante tanto como en Valencia, en ser igual de crítico –y de respetuoso– de norte a sur como de sur a norte. Y así lo demostró cuando hace quince meses, tras su paso por El País, tuvimos la fortuna de recuperarle para las páginas de los periódicos de su grupo, que siempre fue EPI. Volvió con un informe –«La irrelevancia [política] de los invertebrados», lo tituló–, que de inmediato se convirtió en cita de autoridad.

Pero no sólo era cronista político, no sólo analista. ¡Cuántas veces compartimos quejas sobre esas etiquetas! Porque Pep era periodista de cuerpo entero, a tiempo completo. Que este oficio no entiende ni de compartimentos ni de jornadas. Así que el Pep con quien yo tanto quería era un gran conversador, aunque resultara tan endiablado a veces entender su habla; y un buen reportero, aunque tuvo pocas oportunidades de practicar; y un soberbio entrevistador, que jamás dejó de hacer una repregunta; y un magnífico director de redacciones, capaz de espolearlas aun en los tiempos de mayor zozobra. Por suerte, hizo poca información deportiva, aunque también de ahí picó. Para eso tenía un defecto, muy difícil de corregir: era del Barça.

Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado, lloró Miguel Hernández por su amigo Ramón Sijé en la elegía más hermosa y desgarradora jamás compuesta. La enfermedad, contra la que ha luchado junto a Julia y Laura hasta la extenuación, se presentó por sorpresa cuando encaraba un apasionante final de carrera. Iba a ser el hombre que diseñara la estrategia de comunicación, el relato del nuevo Consell. Para alguien que siempre entendió política y periodismo como dos maneras de servir a la sociedad, no podía haber destino mejor. Así que era mucho lo que nos quedaba por hablar, mucho lo que Pep tenía aún que ofrecernos. Por eso, yo también maldigo hoy a la muerte y a la vida, compañero del alma, mientras busco sin encontrarla una forma de cubrir la ausencia irreparable.

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