La saga musical de Rafael Altamira

30.03.2016 | 01:15
La saga musical de Rafael Altamira

Una de las facetas más desconocidas del insigne jurista e historiador alicantino Rafael Altamira y Crevea (1866-1951) es su pasión por la música y la inestimable labor que realizó a lo largo de su vida en favor de este arte. La afición musical de Altamira nace en su entorno familiar, al crecer rodeado de cultivadores del arte de Orfeo. Su padre, el murciano José Altamira Moreno (1825-1896), fue Músico Mayor del Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey nº 1 y desde 1876 dio clases de Música en el Colegio Politécnico San José de Alicante, donde estudió su hijo. Su madre, también practicaba la música y todo tipo de artes. Por medio de su padre, Rafael Altamira trató desde su infancia con el compositor villenense Ruperto Chapí (1851-1909), como recordaba el propio historiador en prensa: «Con su amistad me honró Chapí, y me honró de tan amable y delicada manera, que para siempre me ligó a él con el lazo de la más profunda gratitud» (Diario de Alicante, 6-V-1909).

Gracias a la reciente localización de un cuaderno de partituras que formaban parte del Legado donado al IES Jorge Juan de Alicante (hallazgo que debemos a su director, José Miguel Baeza), descubrimos que la tradición musical en la familia Altamira se remonta al abuelo de Rafael, Juan Altamira Malaguer, compositor y pianista. No obstante, los familiares que alcanzaron mayor relevancia en el mundo de la música fueron sus tíos maternos Vicente y Miguel Crevea, ambos nacidos en Cocentaina, pero residentes en Alicante, donde trabajaron como organistas y maestros de capilla de la Iglesia Colegial de San Nicolás. Vicente Crevea Cortés (1812-1879), organista desde 1836, fue nombrado Maestro de Capilla en 1844 y ejerció este cargo hasta 1855. Dos años después, su hermano menor, Miguel Crevea Cortés (1837-1862), organista de la iglesia desde los once años, ganó el puesto por oposición con un texto de Navidad para varias voces y pequeño grupo musical y fue Maestro de Capilla de San Nicolás hasta su prematura muerte en 1862, con sólo veinticinco años. Miguel Crevea fue autor del monumental Miserere en Do menor para dos coros y orquesta, una de las obras más hermosas de la música alicantina, que se presentó en 1860 y se interpretó cada Miércoles Santo en las celebraciones de Semana Santa. Este miserere, comparable según Hilarión Eslava al mejor que se hubiera escrito en el mundo, se recuperó en 1995 y, tras su reestreno en Cocentaina, se volvió a escuchar en la Concatedral de San Nicolás hasta el año 2002, bajo la dirección del músico alicantino José María Vives.

Rafael Altamira disfrutó de la música desde niño y cuando se trasladó a Madrid en 1886 para realizar el Doctorado en Derecho, solía acudir a las veladas que organizaba la Institución Libre de Enseñanza y a los conciertos del Conservatorio de Música y del Ateneo. Además, se relacionó con insignes músicos como Enrique Fernández Arbós y Tomás Bretón y mantuvo correspondencia con el padre del nacionalismo musical español, Felipe Pedrell. Altamira tenía especial predilección por los grandes maestros centroeuropeos (Bach, Beethoven, Wagner, Haydn, Mozart) y durante su participación en el proyecto de la Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo, a principios del siglo XX, dio varias charlas sobre ópera y música alemana para obreros de Oviedo, Gijón y Avilés. En 1909, durante su histórico viaje a América en representación de la Universidad de Oviedo, Altamira tocó el piano en las veladas que se organizaban para amenizar las horas de ocio en el barco que le llevó a Argentina. De vuelta en España, al ser nombrado director general de Primera Enseñanza en 1911, fomentó la formación musical de los Maestros en la educación primaria. Unos años después, como senador por la Universidad de Valencia, intervino para que el Conservatorio de Música de la capital levantina adquiriera rango oficial (Las Provincias, 18-XI-1917). En 1922, fue nombrado presidente de la Asociación de Cultura Musical, cuyo objetivo era acercar la música clásica a la población de todas las provincias españolas, con unos precios asequibles de suscripción.

Altamira contó con la colaboración de su amigo y discípulo José Subirá, que muchos años después le dedicó su Historia de la música española e hispanoamericana (1953). Durante el mandato del sabio alicantino, se organizó una serie de conciertos gratuitos que se iniciaron el 17 de diciembre de 1922 en el Teatro Español, con la actuación del reputado Quinteto Hispania. La delegación alicantina de la Asociación de Cultura Musical se creó en septiembre de 1923 y fue dirigida por Emilio Costa (1882-1939), director del Diario de Alicante. Rafael Altamira dejó la presidencia poco después, pero su labor fue recordada por su sucesor en el cargo, Xavier Cabello Lapiedra: «Es tanto el cariño que aquí se le tiene y de tal modo fue eficaz su labor al frente de la Cultural, que a él principalmente se debe cuanto la Asociación significa y vale en la actualidad» (Ritmo, 30-IV-1930). Las obligaciones de Altamira como Juez del Tribunal Internacional de la Haya le alejaron de la actividad artística española en los años siguientes, aunque continuó en contacto con sus amistades musicales, como su paisano Óscar Esplá. Por todo lo dicho, la relación de Rafael Altamira con la música no es anecdótica y concede sentido a los conciertos que en su honor se celebran esta primavera en las localidades de Alicante y El Campello, incluyendo la interpretación del Trío para piano, violín y violonchelo que Ruperto Chapí, amigo personal de la familia Altamira, compuso en 1879 para ser interpretado en ciertas veladas musicales de la Institución Libre de Enseñanza.

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