Una fábrica de impresoras 3D en Monóvar

La alicantina Lewihe es una de las pocas y exclusivas fábricas de impresoras tridimensionales en España

22.03.2016 | 01:18
Una fábrica de impresoras 3D en Monóvar

Estamos a las puertas de una revolución tridimensional en la que, además, conviene ser prudentes. Hay impresoras 3D que son capaces de producir alimentos, orejas, corazones, aviones o hasta piezas de motor, aunque no olvidemos que se trata de máquinas que requieren unos conocimientos previos (como algunas nociones de programación 3D).

Así lo afirma el diseñador alicantino Juan Tendero quien, junto a sus socios, ha puesto en marcha Lewihe, una de la pocas y exclusivas firmas que fabrican impresoras 3D en España.

Lewihe, ubicada en el polígono de Monóvar y volcada especialmente en el mercado internacional, trabaja con dos máquinas (doméstica y profesional) encaminadas a distintos públicos y con precios variables. Un negocio tecnológico que se abre desde la provincia a sectores múltiples como estudios de arquitectura, cardiólogos (han realizado pruebas con el prestigioso médico Hussain Tarique), la Organización Holandesa para la Investigación Científica (AMOLF), moldistas y ortopedistas, entre otros muchos.

«El principal problema de las impresoras 3D es que el usuario debe saber. Sobre todo diseño y algo de programación 3D. Es cierto que hay webs donde ya te puedes bajar objetos. Y también hay, cada vez más, programas de diseño 3D sencillos y preparados para usuarios que no son expertos», apunta Tendero, con dos productos (el Play, de unos 300 euros, enfocada para el ámbito de la educación; y el Sneaker, de 3.000 euros, profesional). «Hay millones de objetos para descargar en las webs, pero cuando lo haces varias veces... quieres más».

Cabe resaltar que hay comercios que tienen a disposición del cliente impresoras 3D pero eso, ojo, no tiene en absoluto que ver con que se hayan fabricado en España. Y ahí es precisamente donde entra Lewihe, con tecnología desarrollada durante varios años de investigación en Alicante, para deparar un producto que además de ser competitivo es puntero en el sector.

«Vendemos a muchos países, en todos los continentes... Australia, Estados Unidos, Inglaterra, Argelia, Rusia, India incluso en China, aunque no sé si será para copiarnos», comenta entre risas Tendero, quien considera clave el campo de la salud, donde en un futuro se aplicará especialmente la revolución de las impresoras 3D.

«Estamos realizando pruebas con un hospital de Texas y, de lo que se trata, es de imprimir la imagen del TAC, que también es en 3D. De esta forma, el equipo médico pueda estudiar bien la situación antes de operar. Por otro lado, con la Universidad de Extremadura, también cuentan con nuestras impresoras para temas relacionados con la medicina deportiva», agrega.

Respecto a la posibilidad «doméstica» que suscita las impresiones en 3D, Juan Tendero matiza la problemática que puede surgir con la propiedad intelectual. Es decir, uno no puede imprimirse la pieza del coche que desee (pensemos en un vehículo de la marca Opel), a no ser que la empresa alemana, dueña del diseño y su tecnología, te lo permita. «De momento, que empresas de electrodomésticos o coches te dejen imprimir sus piezas, la puerta está cerrada. Otra cosa es si, por ejemplo, tienes una pastelería y te gustaría crearte tus propios moldes para pasteles o galletas. O quieres un molde especial para un producto gastronómico que solo haces tú. Esto ya nos ha pasado, y puedes hacerlo perfectamente», anota.

«Nuestra impresora pequeña, además de ser barata y accesible, es fácil de montar y encaja además perfectamente en el ámbito doméstico por su diseño. Queríamos que fuera algo bonito visualmente, y además es silenciosa. Por otro lado, la profesional, es la más rápida con filamento elástico y muy fiable. Imprime la totalidad de materiales que puedas encontrar, de madera, plástico... también puedes encontrar otras que lo hacen, pero a una velocidad muy lenta», apunta Juan Tendero quien decidió involucrarse en este negocio tecnológico cuando un día, ante una impresora «gigante, un armatoste llena de cables», empezó a pensar en algo «más sencillo, seguro y atractivo».

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