Caravaggio: de fétido a reclamo de La Valeta como capital europea

«La decapitación de San Juan Bautista» de la concatedral de San Juan es considerada la obra cumbre del maestro del Barroco

11.01.2016 | 12:31
El cuadro «La decapitación de San Juan Bautista» de Caravaggio es la única en la que estampó su firma.

Dos museos españoles expondrán el lienzo del italiano este año.

«La decapitación de San Juan Bautista», obra cumbre de Caravaggio y en la única que estampó su firma, escrita además en la sangre que brota del cuello del santo, lidera la colección de envidiables atractivos que la capital maltesa elabora con esmero para exhibir su capitalidad cultural europea en 2018.

El artista italiano vuelve a ser respetable en La Valeta tras ser recibido con honores cuando llegó fugitivo desde Nápoles para ser despedido al poco tiempo con insultos tales como fétido y gangrenoso. Dos museos españoles preparan sendas exposiciones del maestro del Barroco este año, una en el Museo Thyssen para ver la influencia de Caravaggio en los pintores flamencos y otra en el Palacio Real, que expondrá por primera vez al público lienzos como el de «Salomé con la cabeza del Bautista».

Michelangelo Merisi da Caravaggio (Milán 1571-1610), el primer artista moderno y también el primero en llevar a su obra sus propias emociones surgidas de orgías y bacanales sin control, repletas de drogas y afrentas, desafía con sus descarados cuerpos de soldados y prostitutas en fondos negros a los fastuosos bustos de los grandes maestres de la elitista Orden de Malta, que yacen en la impresionante concatedral de San Juan de La Valeta. En ese templo del siglo XVI cuya bóveda está decorada con pasajes de la vida del santo, cuelga «La decapitación de San Juan Bautista», del pintor italiano, por otra parte un intelectual culto que leía la Biblia y a San Agustín y que consiguió ingresar con honores en la congregación de los cruzados, recomendado por el Papa Pablo V, para salir repudiado por los hermanos en menos de dos meses.

Es la decapitación del predicador de Betania un inmenso óleo sobre lienzo de 361x520 centímetros que cubre una de las paredes del oratorio de la catedral, la tela insignia que enarbolan ahora los malteses como atractivo estelar de los fastos para celebrar su capitalidad cultural europea en 2018, justo 410 años después de que el pintor firmase «F MichelAn» (Fra Michelangelo) este cuadro con el que quiso pagar a la Orden de Malta los hábitos que vistió hasta el 1 de diciembre de 1608.

Frente a la tela de San Juan Bautista está el retrato de «San Jerónimo escribiendo», robado en 1985 y restaurado tras su recuperación, con el rostro de Alof de Wignacourt el Gran Maestre que recibió con los brazos abiertos a Caravaggio cuando huía de Nápoles para que pudiese escapar de la justicia papal que le perseguía por haber asesinado en una de sus alocadas juergas romanas a Ranuccio Tomassoni, jefe de una pequeña banda armada. El mismo Wignacourt le expulsó un año después en un acto de «privato habitus» en el que se le despojó del hábito de los caballeros contrarreformistas de la cruz roja de ocho puntas para enviarle preso al Fuerte San Ángel. Caravaggio, un genio incomprendido, había vuelto a las andadas y se había enzarzado en una disputa callejera que ya no le perdonaron. La fulminante defenestración del artista se consumó en la misma sala que acoge la descomunal tela de San Juan Bautista, bautizada por el historiador de arte italiano Roberto Longhi como «el cuadro del siglo» y sin la presencia del autor que llevaba 10 días encarcelado.

Sorprendentemente, logró huir de la inexpugnable fortificación y salir de Malta. «Cuentan que sedujo a uno de los carceleros», relata Silvia Debono mientras recorre la espectacular concatedral de La Valeta en la que destacan los escudos de sus dos principales impulsores: Rafael y Nicolás de Cotoner, grandes maestres de la Orden de Malta de origen mallorquín que contrataron al artista del Barroco italiano Matia Preti para decorar el interior de la gran iglesia que los cruzados habían mandado construir entre 1572 y 1578 al arquitecto maltés Glormu Cassar.

«La vida de Caravaggio en Malta fue más que acelerada», prosigue Debono. Llegó a la isla en junio de 1607 y en tiempo récord fue ordenado «Caballero de gracia» el 14 de julio de 1608 por su maestría con los pinceles. Le fueron concedidos hasta dos esclavos capturados por los hermanos de la orden en las disputas que mantenían por el Mediterráneo con los turcos. Poco le duró al pintor su privilegiada pertenencia a tan prestigiosa institución religiosa y militar cuya divisa es «virtudes públicas, vicios privados» porque en poco más de un mes, acabó encarcelado en el Fuerte San Ángel. A Caravaggio, junto a otros cinco hombres, no se les había ocurrido otra cosa que atacar en plena borrachera a Giovanni Rodomonte, conde Della Vezza di Asti, «Caballero de Justicia» de la Orden de Malta.

Una vez que el irreductible Caravaggio logró esfumarse de la fortaleza en la que estaba prisionero, apareció en Siracusa (Sicilia). Fue declarado entonces prófugo no solo de Roma, sino también de Malta. De vuelta a Nápoles, un grupo de desconocidos trataron de asesinarle y aunque no lo consiguieron le desfiguraron la cara. Regresó a Roma en el verano de 1610 y fue indultado. Pero días después, el 18 de julio de 1610, con 39 años, el gran maestro del barroco falleció de fiebre en un pueblo de la Toscana italiana sin que su agitado espíritu, dormía siempre vestido y con el puñal lado, llegara a encontrar consuelo si es que alguna vez lo buscó. Mientras su cuerpo descansa en paz, la obra del pintor que emprendió una exploración solitaria y persistente de lo que significa ver la realidad de las cosas y las personas en una época en que el arte era prisionero primero de las ideas y después de la ideología, según Petter Robb en M. El enigma de Caravaggio (Alba Editorial), brilla ahora como nunca como el principal reclamo de la capital cultural maltesa de 2018, las ciudad en la que por primera vez aunque por poco tiempo se sintió respetado como un caballero.

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