Víctor Pey Casado
Expropietario del diario Clarín de Chile, que fue incautado por Pinochet durante el golpe de Estado 

«Compré "Clarín" cuando el dueño descubrió que su mujer tenía un amante»

«En la guerra vi la crueldad de la que el hombre es capaz cuando se sabe impune», dice el centenario ingeniero

04.12.2015 | 01:23
«Compré "Clarín" cuando el dueño descubrió que su mujer tenía un amante»

La del ingeniero Víctor Pey (Madrid, agosto de 1915) es una vida tan larga como fecunda de trepidantes aventuras que arrancan de la pobreza y la tragedia de la Guerra Civil en Barcelona y el campo de concentración de Perpiñán, antes de emprender el viaje, gracias a la ayuda de Pablo Neruda, como pasajero del vapor Winnipeg de Marsella a Chile.

En el país sudamericano le esperaban importantes éxitos como empresario que no estuvieron reñidos con su admiración rayana en la adoración hacia el presidente socialista Salvador Allende, quien poco antes de suicidarse en el Palacio de La Moneda le pidió por teléfono como último favor que consiguiera con la máxima urgencia un piso para el general Carlos Prats, temeroso por su vida tras la sublevación de Pinochet.

Por el camino, Pey se hizo en la década de 1950 con la propiedad de Clarín, el periódico chileno de mayor difusión, cuyo propietario, un periodista que no se quitaba el pijama para tener siempre controlada la publicación, tomó un buen día la novelesca decisión de abandonar el país y vender a Pey a mitad de precio la empresa editora al descubrir que su mujer tenía un amante. Clarín sería arrasado por los sicarios de Pinochet y su legítimo propietario espera ahora la indemnización correspondiente con el sueño puesto en devolver esa cabecera en papel a los kioscos para que los lectores puedan encontrar su publicación de siempre «firme junto al pueblo». Pey, que se considera agnóstico y anarquista (fue miembro de la columna de Durruti), defiende tanto la libertad de expresión y de empresa como el ambicioso plan de expropiaciones de Allende. Hace dos meses recibió la medalla de la Universidad de Chile con motivo de su centenario en un acto en el que el rector dijo que « la vida de Víctor Pey es el legado de la España republicana». En esta entrevista, realizada por correo electrónico y editada tratando de respetar su estilo, Pey pasa de puntillas por respeto sobre la actualidad de España aunque deja ver su nula simpatía por la independencia de Cataluña, a cuya Generalitat sirvió en la Guerra Civil.

Al recibir el premio que le concedió la Universidad dijo que este país significó para usted la libertad. ¿Qué significa España para usted?
Soy español. Viví en España hasta los 24 años. Todos mis antepasados fueron españoles. Estudié en la Escola Industrial de Barcelona hasta graduarme de Director de Industrias Eléctricas, título que otorgaba la Generalitat. Viví la Guerra Civil. Estuve en el frente de Huesca unos días, yendo a Barcelona a ayudar a adaptar las industrias civiles en productoras de material de guerra. Como Asesor Técnico de la Comisión de Industrias de Guerra llegué a tener un poder casi omnímodo.

¿Qué recuerda de la guerra?
Vi la violencia y la crueldad que el hombre es capaz de protagonizar cuando se sabe impune, saltándose, los que decían que sentían la fe religiosa, sus escrúpulos, matando a los que les atribuían su agnosticismo. El hombre, un desconocido para sí mismo, matando a otro hombre. Una Iglesia española feroz y bárbara que desde los Reyes Católicos había instaurado la Inquisición en España, con el Cardenal Segura, Cardenal Primado de España, llamando a una Cruzada para salvar a la humanidad del marxismo-leninismo y, de pronto, vi las iglesias incendiadas por un pueblo que históricamente había visto a esa Iglesia al lado del poder, en el poder mismo. España, para mí, es todo eso. Tristezas, horrores, y, también, la ternura de mi madre, las lecciones que nos daba mi padre a los tres hijos, la solidaria compañía de mi hermano y de mi hermana; la precariedad económica en mi niñez, la que debe haber influido en la austeridad en la que vivo. En España tuve también mis primeros amores, las primeras expresiones de la aparición del sexo, de la pasión por una mujer.

Fue hecho prisionero tras cruzar los Pirineos cuando Barcelona iba a caer en manos de las tropas franquistas, pero logró escapar, según he leído, con la ayuda de la masonería. ¿Cómo ocurrió?
Así fue. Tras caer en un campo provisional de refugiados en la localidad francesa de Le Bolou, fuimos trasladados a otro campamento en Perpiñán. Mi hermana y mi madre pertenecían a la masonería española y fue mi hermana la que gestionó nuestra salida: de mi hermano Raúl, de mi cuñado, casado con mi hermana Diana, Lorenzo Colli, y de mi. En la misma noche, nos llevaron, en tren, a Lyon, y allí nos acogió la masonería local. Como se veía venir la Segunda Guerra Mundial, yo me fui a París, sin documentos y sin casi nada de dinero, para tratar de gestionar nuestra ida a América del Sur.

Y allí conoció a Pablo Neruda, entonces cónsul en París, ¿no?
Sí. Estando ya en París tuve conocimiento por la prensa de que el canciller chileno, Abraham Ortega, le había propuesto al presidente Pedro Aguirre Cerda la traída a Chile de un grupo de refugiados españoles, y que la misión le había sido encomendada a Pablo Neruda, que había llegado en barco a Marsella y se había instalado en el consulado.

¿Qué impresión le causó?
Fui a verle al día siguiente de haberse instalado Neruda en el consulado, cuyo personal era manifiestamente derechista. Neruda atendía en una especie de buhardilla. Tenía un secretario, Darío Carmona, quien me preguntó por mi nombre, por mi profesión y por quiénes formaban mi grupo familiar. Neruda tomaba nota en un cuaderno. Me pidió una dirección en París para poder ser avisado, en el caso de que resultáramos escogidos para integrar el grupo de españoles que viajaran a Chile en el barco Winnipeg. Todo transcurrió en breves minutos. Salí creyendo que había sido una gestión perdida por la lejanía humana, la frialdad con la que Neruda me había hablado. Pero a los pocos días me llegó un telegrama urgente de Neruda diciendo que mi familia y yo mismo debíamos embarcarnos en el Winnipeg, en el atracadero de Trompeloup-Pauillac (Burdeos,) antes del 2 de agosto.

¿Cómo fue esa aventura ?
El Winnipeg no fue una aventura ni mucho menos. Se trató de cumplir un acuerdo del gobierno chileno presidido por Pedro Aguirre Cerda para que españoles que estaban en campos de concentración en Francia pudieran quedar en libertad. Al subir al Winnipeg encontraban la libertad, la dignidad y el futuro derecho a trabajar en Chile. Estaba ya el barco y sus tripulantes –2.500 entre hombres, mujeres y niños– dispuestos para partir hacia Valparaíso, cuando el presidente Aguirre Cerda, presionado por la derecha, envió un telegrama a Neruda ordenándole la cancelación del viaje. Neruda confesó más tarde que hasta pensó en suicidarse. Tras consultar con el doctor Negrín, expresidente del gobierno español, en el exilio en París, llamó a Abraham Ortega informándole de la situación creada. Ortega amenazó con dimitir como ministro de Exteriores, ante lo cual Aguirre Cerda aceptó la salida del Winnipeg. Los españoles demócratas le deben al canciller Ortega un reconocimiento.

Y del Winnipeg, a empresario de éxito. ¿Cómo montó después con su hermano una ingeniería en Chile?
Al llegar a Chile mi hermano Raúl consiguió efectuar el cálculo de las estructuras del Hogar Español en Santiago y yo trabajé como topógrafo en el acueducto de la capital. Más tarde empezamos a construir viviendas para empleados particulares y públicos, financiadas por sus Cajas respectivas. Luego construimos la casa central de la Ciudad del Niño Presidente Ríos, en Santiago, constituimos la sociedad anónima Raúl Pey y Cia. S,A. y nos presentamos a propuestas pública del Ministerio de Fomento, obteniendo en esas licitaciones obras portuarias, como el muelle de Mejillones, el Espigón de Atraque de Arica, la rectificación del Tablestacado del Puerto de Talcahuano, obras de agua potable, de alcantarillado y la construcción del Puerto Comercial de Arica.

¿En qué momento conoció usted a Salvador Allende, jefe del partido socialista chileno?
Le conocí en alguno de los múltiples actos de bienvenida que partidos de izquierda y sindicatos, mayormente del Partido Comunista de Chile (PCdeCh), nos ofrecieron. Pero aquello no pasó de ser una presentación normal. Tres o cuatro meses después inicié una relación sentimental con Marta Jara Hantke, con la que me casé. El matrimonio duró poco. Ella era sobrina de Anibal Jara Letelier, que había dirigido la campaña presidencial de Aguirre Cerda, quien le nombró cónsul de Chile de Nueva York. Cuando Jara regresó al país celebró en su casa unas tertulias frecuentadas por políticos y literatos chilenos y extranjeros que yo frecuentaba en razón de mi cercanía, tertulias en las que varias veces encontré a Allende. Le conocí ya en conversaciones privadas, e iniciamos allí una amistad que el tiempo se encargó de aumentar. Le acompañé en sus tres intentos fallidos de alcanzar la Presidencia de la República, que obtuvo en el cuarto.

¿Cómo compatibilizó Allende militancia socialista y masonería?
Allende era un sencillo militante. En el PS había corrientes de opinión diversas. Algunos le censuraban su condición de masón, que consideraban incompatible con la de socialista, reproche que se agudizó cuando el PCdeCh estableció esa incompatibilidad en sus afiliados. En el caso de Allende el tema se planteó en similares términos en el Congreso de Chillán del año 1956: que Allende optase por ser socialista, alejándose de la masonería, si quería seguir ostentando uno de los liderazgos del PS, pero la «muñeca de Allende» le permitió ser socialista toda su vida y asistir como presidente, al menos en dos oportunidades, mantenidas en la Logia de Santiago. Cuando de viaje a EE UU para hablar en un pleno de la ONU pasó por la capital colombiana, la Gran Logia de Bogota convocó una sesión especial para escuchar un discurso del hermano masón y presidente de la República.

¿Qué quería hacer Allende con Chile?
Allende, en todas sus campañas, planteó al pueblo de Chile la necesidad imperiosa de hacer cambios profundos en la distribución de la riqueza, creando y fomentando las leyes sociales que reconociesen la dignidad a los trabajadores. Propugnaba la nacionalización de la Gran Minería del Cobre, de los minerales de hierro, el salitre y el carbón, de la Empresa Cemento El Melón, de la banca privada, del 80% del comercio de exportación y del 60% de las importaciones. Quería expropiar para pasar al área social de la economía las grandes empresas industriales metalúrgicas, metalmecánicas, textiles, portuarias y otras. Expropiar, además, casi 5 millones y medio de hectáreas de tierra, casi el doble de lo que había hecho el gobierno anterior, para ponerlas en manos de los campesinos. Y en la dirección de las empresas estarían fiscales o semifiscales y participarían sus trabajadores y sus técnicos. Con el Gobierno de Allende Chile sería un país más libre, progresista y democrático. Su preocupación principal era mejorar la situación de trabajadores y pobres.

Y a usted eso le deslumbraba?
No se trata de deslumbrar. Se trata de constatar la verdad que pudiera contener el programa social y económico de Allende, defendido en sus campañas como realidades que, cuando llegara al poder, iba a ir estableciendo, mediante la modificación de la legislación positiva vigente. Esas modificaciones se harían de forma legal. «La vía chilena hacia el socialismo». Sin un alud de sangre. Sin una guerra civil.

¿Cómo ha conciliado su condición de gran empresario privado con la amistad de un presidente que quería estatalizar la economía?
Yo era un contratista privado que construía puertos para el Estado, en licitación pública, y era amigo del doctor Allende. Nunca intenté aprovecharme de esa amistad. Mi interés económico estaba en que el Estado hiciera licitaciones públicas para tener más oportunidades de obtener un contrato. Cuando Allende resultó electo presidente, liquidé el contrato que tenía vigente el ministerio para evitar sospechas por mi cercanía con él. No me presenté a más licitaciones.

Y ahora vamos al periodismo. ¿Cómo contactó con Clarín?
Fui muy amigo de Darío Sainte-Marie Soruco, periodista boliviano nacionalizado chileno, hombre de gran inteligencia y cultura general. En 1954, siendo director del diario La Nación de Chile, formó una sociedad de responsabilidad limitada con el entonces presidente de la nación, el general Ibáñez del Campo y otro socio, para crear el diario Clarín para estar «siempre junto al pueblo». Se trataba de un vespertino de tamaño tabloide que se imprimía en el mismo taller de La Nación. Pronto, Sainte Marie le compró al general Ibáñez y al otro socio sus participaciones y lo transformó en matutino del cual él era el director. Al principio tuvo escasa circulación hasta que ocurrieron algunos crímenes que fueron descritos en un lenguaje popular que ocasionó el súbito y progresivo aumento de su circulación. Sainte Marie era un gran conocedor de la «alta sociedad» santiaguina, a la que, con su inigualable ironía, dedicaba sus magistrales artículos.

¿Dónde estaba ideológicamente Sainte-Marie?
Sainte-Marie no era un hombre de partido, pero mantenía en sus dichos en el diario una línea anti oligárquica evidente. Logró que Clarín aumentase su circulación hasta imprimir entre 160.000 y 180.000 por semana y los domingos entre 250.000 y 280.000. Era el medio impreso de mayor circulación nacional e influía muy decididamente sobre la vida política chilena.

¿Qué relación tenía usted con Clarín?
Ayudé a Sainte-Marie profesionalmente, en mi condición de ingeniero y de amigo, ad honorem. Mantenía con él una gran amistad, cordial, cercana. Me interesaba por su estado de salud, le aconsejaba como mejor podía y sabía, viéndole siempre solo. Vivía en un departamento de un edificio que colindaba con el taller y oficinas del diario, solo, teniendo una familia inmediata numerosa: esposa, un hijo y tres hijas. Vivía solo no porque estuviera separado de su mujer e hijos sino por su naturaleza y personalidad singulares. Se pasaba todo el día en su departamento, generalmente todo el día en pijama. El director o subdirector simbólicos del diario que él nombró pasaban a verle cuando él les llamaba. Yo iba todos los días a verle.

¿Cómo consiguió hacerse usted con la propiedad del periódico?
Un buen día y con suma reserva me llamó para decirme que él se tenía que ir del país urgentemente y para siempre: había descubierto que su mujer tenía un amante y que en cuanto en la derecha, que tanto le odiaban, se enteraran de ese desliz armarían un escándalo que iba a perjudicar gravemente a sus hijos, de manera que se iría con ellos a España. En tales circunstancias, tenía que vender el diario y el único comprador que conocía al dedillo toda la empresa, a sus funcionarios, y que garantizaba que la línea ideológica del diario siguiera apoyando a la UP y al presidente Allende, era yo. Lo que me dijo me asombró. Me instó a comprárselo a menos de la mitad del precio que valía el diario. En fin, miles de detalles. Convine una forma de pago de un total de 1.280.000 dólares pagaderos en cuotas a unos plazos, determinados por los que los bancos con los que yo operaba, tanto en Chile como en el extranjero, me lo permitieran. Una última cuota que ya no encontré banco que me la prestara se la entregué en una letra de cambio. Sainte-Marie se fue a vivir a España y yo me quede con el total accionario de las dos empresas propietarias del patrimonio: el Consorcio Publicitario y Periodístico S.A. y la Empresa Periodística Clarín Ltda.

¿Había libertad de expresión cuando Allende, a quien usted apoyaba, gobernaba en Chile?
Gozaba de muy buena salud. La libertad de opinión y de reunión fueron totales. La oposición, la derecha política y económica, disponía de muchos más medios de comunicación que el gobierno, que sólo contaba con los diarios El Siglo y Puro Chile, del PC, y Clarín. Basta decir que los medios de oposición contaban con cinco veces más papel que los que apoyaban a Allende.

¿Era consciente Allende de que se estaba jugando la vida?
Sí, lo era. Estaba dispuesto a entregar su vida «acribillado a balazos» dijo en su último discurso, el 11 de septiembre de 1973, emitido desde La Moneda. Dijo que sólo acribillado a balazos le sacarían.

¿Se parecen los golpes de Estado que vivió de Franco y Pinochet?
Los dos fueron eso, golpes contra la institucionalidad establecida en forma democrática. Fueron dados en países distintos, con culturas diferentes y en circunstancias internacionales muy diversas.

¿Cómo fue su última conversación con Allende antes de su suicidio en el Palacio de La Moneda?
El día 12 de septiembre de 1973, a eso de las 6, 30 AM de la mañana, me llamó Augusto Olivares (el Perro Olivares) desde la casa de Allende en la calle Tomás Moro diciéndome que la Marina, surta en el puerto de Valparaíso, se había sublevado y que «el doctor» dice que te vengas lo antes posible aquí. Me levanté inmediatamente y me fuí hacia allí. Al poco rato me llama Allende desde La Moneda, y me pregunta por el general Prats. Debo decir que unos días antes Allende me había informado del temor que sentía el general Prats por su vida, dados los acontecimientos que en torno a su persona habían sucedido en esos días y me pidió –Allende– que tratase de encontrar con suma urgencia y reserva estricta un departamento para él, para Prats. «Un departamento que tenga teléfono», me precisó, indicándome que en cuanto lo tuviese le entregara las llaves al ministro de Economía, Fernando Flores, con quien Prats mantenía una buena relación. Así lo hice. Con mucha posteridad supe que Flores llevó el domingo 9 de diciembre a Prats a ese departamento, así como que, al anochecer, ignoro por qué razones o causa, se retiró del departamento y se fue a la casa de su madre. Informé a Allende de que había llamado al teléfono del departamento en el que suponía que estaría Prats y que nadie me contestó. Después, Allende me hizo unos encargos personales, sobre los que mantengo reserva, que nada tienen que ver con lo que estaba pasando.

¿Cómo le incautaron Clarín en la dictadura de Pinochet?
Por la fuerza bruta y de madrugada. Lo hizo una banda del Ejército sublevado que ingresó por la fuerza en el local central de Clarín, en la calle Dieciocho, rompiendo y destrozando lo que encontraron y deteniendo al personal, incluyendo al director, Alberto Gamboa y al subdirector, Alejandro Arellano, que fueron a dar al Estadio Nacional de Santiago.

¿Podrá recuperar la propiedad del periódico?
El 3 de noviembre de 1977, la FPA y Víctor Pey presentamos una solicitud de arbitraje contra la República de Chile que concluyó en un laudo de fecha 22 de abril de 2008 que establece, entre otras consideraciones, que Chile ha denegado justicia y ha actuado de mala fe, y condenó al demandado al pago de una indemnización por concepto de daño emergente, lucro cesante y daño moral por un monto que deberá precisar un tribunal ad hoc. Estamos pendientes de saber la indemnización.

¿Cómo juzga la labor de gobierno llevada a cabo en Chile por Sebastián Piñera, de orígenes españoles?
Sebastián Piñera, de origen asturiano, llegó al poder encabezando un gobierno considerado de derecha, apoyado por los partidos políticos que forman la Alianza Democrática, integrada por el partido Renovación Nacional y la Unión Democrática Independiente. Su labor favoreció los intereses del sistema capitalista y, matices aparte, ha sido la norma para todos los gobiernos desde el retorno de la democracia, aunque algunos, como el encabezado por Lagos y los dos de Bachelet, actualmente en el poder, estén dirigidos por militantes socialistas. En el fondo, más de lo mismo.

¿Por qué se ha deteriorado tanto la imagen de la Bachelet?
En su programa de gobierno llevaba la reforma tributaria, y la derecha y los empresarios chilenos se organizaron contra ella. En estas circunstancias críticas, la presidenta opta por tomarse vacaciones en su casa del lago Caburga...

¿El trato privilegiado recibido del Estado por su hijo la ha dañado ?
Lo publicado por los medios hizo evidente que la sociedad de Sebastián Dávalos, su hijo, tuvo información privilegiada acerca del cambio de valor del suelo cerca de Rancaga, al sur de Santiago, y que con un préstamo del Banco de Chile un día después del segundo triunfo de Bachelet compraron barato y vendieron caro. La publicaron todos los medios y ella no dijo nada. Luego declaró que se enteró por la prensa. Tal es la causa de que la popularidad del Gobierno y de su presidenta inicien su caída vertiginosa.

Después de tantas peripecias durante sus cien años, ¿cómo le parece que le ha tratado la vida?
He tenido mucha suerte al cumplir 100 años acompañado de mis dos hijas, Coral y Natalie, de mi nieta Lara y de mis dos bisnietos. La vida no pocas veces me vapuleó en mi niñez y adolescencia, con la antiestética pobreza, pero tuve mucha suerte de tener a mi hermana y a mi hermano y de sentir, a esa edad, su cariño, así como la ternura de mi madre y la permanente atención que, junto a mis hermanos, recibimos de mi padre. Más tarde llegó la Guerra Civil española que me dejó una marca dramática, la de sentir lo que puede llegar a ser la condición humana.

¿Qué planes tiene de futuro?
Continuar elaborando la edición electrónica del diario www.elclarín.cl, intentando mantener algo así como una llama sagrada de lo que constituye la esencia de informar a la gente, al pueblo, de lo que ocurre en el país y en el mundo sin tutela o ayuda alguna de grupos económicos, partidos políticos o entidades religiosas, siguiendo lo que fue la intención de Allende. Y, cuando –espero que muy pronto– el Tribunal ad hoc que está precisando el monto que el Estado de Chile debe pagar a Víctor Pey y a la Fundación FPA, romper el duopolio que forman ahora los diarios El Mercurio y La Tercera, y revivir el Clarín impreso, para que los lectores puedan encontrar en el kiosco de la esquina el diario que estará siempre «firme junto al pueblo». Ese es mi plan, aún sabiendo que el futuro mediato e inmediato es siempre inasible.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine