La cultura al poder

Tras cuatro años al frente del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, José Luis Ferris, se despide en esta carta abierta, "feliz de dejar la institución en su actual cota de prestigio", y desea suerte a su sucesor

03.09.2015 | 16:01
La cultura al poder

Cuando hace algo más de cuatro años me confiaron la dirección del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, antes de dar el paso definitivo y de agradecer sinceramente la confianza, me enfrenté a los pros y a los contras de una decisión de gran calibre. Sin duda, aceptar el cargo suponía también renunciar a una parte importante de mi vida, a aplazar la entrega de algunos libros comprometidos con mis editores, a olvidarme de esos viajes de promoción, de las estancias académicas en el extranjero€ Tenía claro que el tiempo, mi tiempo –el bien más valioso del que disponemos–, quedaría hipotecado por una tarea y por una responsabilidad que debían merecer francamente la pena.

El amor a una institución que descubrí en los años 80 de la mano de profesores e intelectuales como Emilio La Parra, José Carlos Rovira, Francisco Moreno o Armando Alberola, entre otros, despejó mis dudas. Asumí, pues, mi nombramiento con todas las consecuencias y con la certeza de que me dejaría la piel en la labor. Tenía muchos factores positivos: conocía el organismo autónomo como la palma de mi mano, sus objetivos (los alcanzados y los no superados aún), su razón de ser como músculo cultural de la provincia, sus carencias y sus espacios aún por conquistar. Contaba incluso con las declaraciones favorables –cosa muy poco común– de mi antecesor en el cargo: «la designación de Ferris es fantástica –afirmaba públicamente– porque es un intelectual de primer nivel que dará prestigio a la institución y estoy seguro de que lo hará muy bien» (Información, 20/10/2011). En aquellos días me sentí como Salvatore, el niño de Cinema Paradiso, regresando a la Sicilia de su infancia, años después, convertido en un director de éxito.

Dirigir el Gil-Albert era como volver a mi propia casa sin haber salido de ella. Era también el momento de cumplir algunos sueños, de ser plenamente consciente de que lo importante es la institución y no quienes pasan por ella con más pena que gloria o viceversa. También sabía que dirigir el Gil-Albert sería una tarea temeraria o condenada al fracaso si no contaba para ello con un equipo de ensueño, con personas de alto nivel humano, académico, cultural€; personas que, sin sectarismos de ninguna clase, caminaran en mi misma dirección, supieran leer mi discurso, interpretarlo y enmendarlo con la sabiduría y el talento que cada una aportara. Ahora, cuatro años después, veo con la claridad más turbadora que ese fue el gran acierto: disponer de un equipo humano de enorme profesionalidad, de una gran capacidad de trabajo y de una pluralidad ideológica fuera de toda duda.

Una vez ajustadas las velas, tocaba navegar con rumbo firme, dirigir con solvencia. Mis sueños, como digo, eran muchos: potenciar las cuatro áreas de la institución, abrir el Gil-Albert más que nunca a la provincia, huir tanto del localismo extremo y empobrecedor como de la cultura espectáculo, mantener el equilibro entre lo general y lo nuestro, no sugerir sino aplicar una apertura de miras, acercarnos a las universidades, a la ciudadanía y permitir que el público participase en cada acto, modernizar el organismo, organizar y poner al día su almacén de libros y publicaciones, digitalizar sus fondos, defender su política de ayudas a la investigación y a las revistas culturales, normalizar el bilingüismo en todos sus departamentos.

Ahora, desde la satisfacción que produce el deber cumplido, podemos decir que los sueños son hechos, atributos y partes de un Gil-Albert renovado. Hablo de un trabajo arduo que, en plena crisis, pudimos realizar con más empeño y mayor resistencia. Depender de la Administración, sin ir más lejos, era un obstáculo de enormes proporciones que tuvimos que sortear con habilidad; un esfuerzo que se vio compensado con la ampliación efectiva de nuestro radio de acción, expandiendo nuestras actividades a toda la provincia a través de la colaboración con los Institutos de Estudios Comarcales por primera vez en la historia de la institución, creando así el Espai Cultural Enric Valor. En tiempos de desolación y de reducidos recursos, cuando otras entidades culturales se desvanecían a nuestro lado, el Instituto ha sabido tomar el relevo y conferir un impulso decisivo a la cultura en sus más diversas manifestaciones.

No daré más detalles acerca de esas áreas que han cumplido con rigor y éxito el plan establecido: departamento de Revistas (Canelobre y Ex Libris), departamento de Arte (abierto, participativo, intenso, vivo) y departamento de Publicaciones e Investigación (libros esenciales, ayudas a la investigación, ayudas a revistas)€ Pero sí hablaré, como ejemplo, de la parte más pública y visible del organismo, del departamento de Humanidades y Ciencias encargado de programar los ciclos de encuentros, conferencias, recitales... Me refiero a esas actuaciones programadas con eclecticismo, respetando lo nuestro pero trascendiendo el localismo, evitando la autarquía cultural. Solo así se ha podido contar en esta etapa con los representantes más destacados de la literatura, el arte, la ciencia y el pensamiento de este país. De ellos, así como de los alicantinos y alicantinas de mayor proyección, ha disfrutado un público leal y entregado que, semana tras semana, nos ha hecho inmensamente felices.

Años de crisis, sí, pero también de imaginación y de afectos. Traer a nuestra provincia, al ADDA, a la Casa Bardin o a nuestras universidades a seis autores de prestigio ha costado lo mismo que un solo intelectual durante la década pasada. Pero además, han jugado su papel determinante los afectos, el bagaje cultural del equipo que ha dirigido la institución estos cuatro años. Gracias a ellos y no al gancho económico, creadores como José Manuel Caballero Bonald, Félix Grande, Manuel Vicent, Javier Cercas, Juan Cobos, Nativel Preciado, Javier García Martínez, Rafael Chirbes, Francisca Aguirre, Javier Moro –por citar a algunos–, han salido de su ciudad o de su retiro para acudir a la cita con el Gil-Albert. Han sido los lazos de amistad, las relaciones humanas cultivadas durante años, y no el caché, un factor decisivo a la hora de hacer la programación del Instituto.

El pasado mes de junio, en un momento dulce para mí, tras el apoyo de tantos ciudadanos, de la felicitación unánime y explícita de una Junta Rectora tradicionalmente dividida y remisa, recordando el premio Importantes que el diario Información concedió al IAC el pasado año por la labor realizada, creí ver la ocasión oportuna para agradecer públicamente la enorme y entusiasta respuesta del público durante esta etapa. El ADDA era el escenario ideal, y el encuentro con Mario Vargas Llosa y Javier Cercas, la situación propicia. Sin embargo, asuntos de protocolo perfectamente legítimos no lo hicieron posible.

Las circunstancias posteriores –de nuevo con el apoyo de mi antecesor en el cargo– no han hecho sino precipitar unos hechos que habrían sobrevenido de modo natural, sin alterar el orden, pasado un tiempo. Que el equipo actual continuara al frente del Gil-Albert para consolidar los logros y concluir proyectos iniciados era un deseo compartido por muchos (basta con repasar la prensa de estas semanas y entrar en las redes sociales para percibir el ambiente). No obstante, aún habiéndose aplicado esa lógica, mi etapa en el Instituto estaba casi cumplida. En no más allá de un año, volver a la creación literaria, a los libros aplazados y a las tareas académicas con mayor plenitud era un destino que no podía alargar más. Haya sido, pues, por una razón o por una sinrazón, la conclusión es que me siento francamente feliz por dejar la institución en la alta cota de prestigio de que disfruta y en el mejor momento.

Nunca imaginé que me vería arropado por tan buena gente en este tiempo, desde los compañeros y compañeras (personal laboral) de la Casa Bardín que estuvieron a mi lado en los trances más ásperos, a los directores y subdirectores del mejor equipo con el que podía contar. Nunca imaginé que la respuesta de los ciudadanos, del público, de los consumidores de arte, de palabras, de belleza, de conocimientos€, sería tan ancha y tan profunda. Nunca imaginé que sueños como el mío pudieran ser el sueño de muchos de ustedes, y lo digo desde el legítimo orgullo de haber luchado por ellos.

Ahora deseo que mi sucesor disfrute de la misma suerte y que su trabajo se vea tan respetado, reconocido y apreciado como el nuestro.
Hace algo más de un año, durante la gala de los Importantes de este diario, recordé que la cultura es la llave de la dignidad, el principio de la libertad y el triunfo del pensamiento. El pasado mes de abril Forges nos dedicó una viñeta entrañable en la que rezaba «Instituto Alicantino Gil Albert ¡AL PODER!». Juntando ambos pensamientos, seguiré defendiendo, desde cualquier lugar, ese credo imprescindible: «La cultura al poder».

Por lo demás, me siento tan bien tratado por la vida que no encuentro mejor frase para acabar que aquella que me llevé conmigo tras ver por primera vez Cinema Paradiso: «Hagas lo que hagas, ámalo, como amabas la cabina del Paradiso cuando eras niño».

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