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HEMEROTECA » |
MARC LLORENTE
El cabaret ofrece números de diversa índole y puede tener un fuerte contenido crítico. Apareció como espectáculo contestatario y vanguardista, pero al popularizarse pasó a ser un entretenimiento. Las primeras salas surgieron a finales del siglo XIX en París. La época de máximo esplendor internacional fue en el Berlín de los años 20 y principios de los años 30. Un teatro cualquiera no es un cabaret, claro, aunque tiene la posibilidad de transformarse en ello sin servir copas. El Aula de la CAM de Alicante, por ejemplo.
La compañía granadina Laví e Bel, dentro de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos, puso el miércoles en marcha "Cabaret líquido" con guión y dirección de Emilio Goyanes. Lo presentan como un viaje por Oriente, el Este de Europa, España, París, Berlín y Latinoamérica. Desfilan las inconexas variedades y predominan las canciones, con música en directo, en este "jardín de las delicias" donde la vida, el juego y la muerte componen un tríptico. Vale que hoy se rescate el espíritu de las varietés.
Es muy fácil compartir el manifiesto del "Cabaret líquido". Le revientan la banalidad y los lugares comunes. Bien. El problema es que, exceptuando algunas aportaciones, cae precisamente en eso. No es incoloro. Verdad. Hay colorido gracias a la escenografía, a las luces y al vestuario. Pero eso no es suficiente. ¿Insípido? Pueril en dosis masivas y tiene sal. Gorda, desde luego. Un espejo deformante sí, no un concurso de tontadas, un gazpacho indigesto o una feria casposa y pueblerina que satisface al gran público con sus concesiones de carnaval barato. ¿Inodoro? Huye de la naftalina y, sin embargo, no huele a otra cosa. Estamos de acuerdo en que el cabaret desprende el aroma de las viejas fragancias. Eso sí, los rasgos populacheros y las charlatanerías resultan infumables.
Destacan el ingenio del Hombre Radio (Javier Parra), las percusiones con la voz y el cuerpo (Javier Viana) o el payaso (Oriol Boixader) tocando "Candilejas", de Chaplin, con el clarinete y sentándose aparentemente en el aire. Un tipo se fue a colgar de un cerezo y probó su dulce fruta, lo que le salva en el "El sabor de las cerezas", del cineasta iraní Abbas Kiarostami. Y no es que nos digan la procedencia de esa narración. O una cantante de fados. Un sujeto con disfraz de tosca mujer, la vulgar participación de los espectadores y otros cuatro flexibles intérpretes, Piñaki Gómez, Camino Miñana, Nerea Cordero y Larisa Ramos, con carácter pero al servicio de un burdo guión cabaretero.
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