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La palabra perdida de Dan Brown

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TINO PERTIERRA Si los libros de Dan Brown son a la literatura lo que una hamburguesa a la gastronomía se puede concluir sin ánimo de ofender que "El símbolo perdido" es carne picada mejor cocinada y con mejor guarnición que "Ángeles y demonios" o "El código da Vinci", paupérrimos artefactos de papel desde todos los puntos de vista (prosa pueril, intrigas desquiciadas rematadas en finales precipitados e involuntariamente autoparódicos). Con sus defectos o carencias, la nueva novela de Brown, ésa que se amontona en montañas nada mágicas en las librerías, es un paso adelante de un escritor que se ha tomado más en serio su trabajo y no se ha limitado a empalmar página tras página de personajes planos sepultados bajo toneladas de documentación.
Tampoco es que haya intentado escribir "Moby Dick", pero, tal y como están las cosas, es de agradecer que el multimillonario Brown se haya tomado más molestias a la hora de aporrear las teclas. Dicho de otra forma: "El símbolo perdido" no se cae de las manos a las primeras páginas de cambio, y se puede leer con el mismo ánimo con el que se pueden disfrutar los libros del difunto Michael Crichton o Ken Follett, pasatiempos que renuncian a cualquier tentación de "estilo" para doblegarse a los mandatos del suspense y ofrecer mucha información que haga creíble sus rocambolescas historias. Curiosamente, los bríos de Brown ahora que ya tiene asegurado el futuro le han hecho pasarse de largo. A su novela le vendría bien adelgazar en páginas, sobre todo las que dan una importancia excesiva a personajes secundarios y en un desenlace que no cae en el disparate de sus títulos anteriores, pero que se alarga y se alarga en explicaciones que disfracen un hecho evidente: el enigma que encierra el libro, y cuya resolución alimenta todas las frenéticas idas y venidas de los buenos, los malos y los regulares (ya se sabe que a Brown le encanta eso de jugar contra reloj para trampear el suspense, a costa de la credibilidad), es desconcertante por su simpleza. En lugar de tramas de altísimo calado religioso con secretos inconfesables que cambiarían la historia si fueran desvelados, en "El símbolo perdido" se encuentra el lector con un discurso que parece copiado a Paulo Coelho, una farragosa mescolanza de mensajes dignos de un manual de autoayuda. La palabra perdida, ese misterio por el que Langdon está a punto de morir es un hermoso concepto convertido en una cortina de humo que camufla la fragilidad del argumento.
Brown vuelve a casa tras sus peripecias europeas para que su Robert Langdon (imposible no visualizar y "escuchar" a Tom Hanks) juegue en casa. Washington: el mejor lugar para dar rienda suelta a una cascada de enigmas encadenados que, como no podía ser de otra forma, llena las páginas de secretos que resolver en cuestión de minutos (o de segundos, como en la mejor escena de la novela, en la que Langdon lucha por su vida mientras el agua empieza a quitársela), con personajes que corren de aquí para allá desbocados. Brown no pierde el tiempo buscando adjetivos que se salgan del lugar común. Los edificios son "colosales" o "gigantescos", los rayos de luna son "pálidos", las manos son "poderosas", las limusines son "lujosas... Aunque la palabra fetiche es "enorme". Un enorme altar, una enorme cabina, una enorme fortuna, un enorme museo. Después del décimo "enorme" dejé de subrayar.
Tampoco evita Brown su costumbre de convertir a su protagonista en una especie de wikipedia ambulante. Cuando entra en un lugar, inmediatamente leemos su mente con un resumen de unas líneas de su historia. Por contra, el autor mejora la construcción del malvado de la historia ("soy una obra maestra") y adhiere una psicología de psicópata inquietante a un corpachón totalmente tatuado. A diferencia de los grotescos asesinos de los anteriores libros, este tipo es creíble y, además, esconde una sorpresa final que le hace más terroríficamente "humano".
La novela sigue fielmente el esquema que tanto éxito dio a su autor anteriormente. Por eso no es de extrañar que no se conforme con una única línea argumental y se meta en berenjenales científicos ("la mente sobre la materia") que vayan abonando el terreno a su mensaje final. Ahí entra en juego la coprotagonista, Katherine, que, como sucede con su amigo Robert, es una somera comunicadora de información y un personaje "bueno" al que poner en serios aprietos para que el lector sufran con ellos. No hay la menor intención de profundizar en su personalidad más allá de lo que tenga relación con la trama central. Y por momentos parecen muñecos a los que el ventrílocuo Brown (que siente aversión por cualquier veleidad romántica o sexual que pueda sacar de sus casillas a sus criaturas) da la voz para exponer de prisa y corriendo todo el caudal de datos y teorías que quiere soltar. Ahí te va.
No hay aquí un ataque más o menos frontal a ciertas "catacumbas" conspirativas. Todo lo contrario: la masonería pocas veces habrá salido tan bien parada en una novela. Brown se deshace en elogios: "los masones son algunas de las personas más dignas de confianza que puede llegar a conocer", dice Langdon, tan reacio a mostrar su entusiasmo por asuntos de fe.
La pirámide masónica alcanza aquí la categoría de un Santo Grial por la que mucha gente está dispuesta a morir... o matar. Cuadrados mágicos. Símbolos que abren la puerta a la sabiduría. Números que arrojan luz a las tinieblas. Claves secretas... Palabras perdidas. Brown no deja ninguno de sus trucos en el tintero, y cae a veces topicazos de acción que quitarán trabajo al guionista ("A todas las unidades: diríjanse al edificio Adams. ¡Inmediatamente!". "¡Ya son nuestros! ¡Moveos"). Antes de atar sus cabos con un empacho místico, Brown pone a sus protagonistas al borde mismo de la muerte, y es ahí donde logra que el libro meta el turbo y se lea de un tirón.

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