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CARMEN SIGÜENZA (EFE). MADRID
"¿A qué edad es uno lo que se dice un viejo?", se preguntaba Francisco Ayala en "Días felices", segunda parte de "El jardín de las delicias", uno de sus libros más celebrados. Ayer él se ha ido con 103 años, pero no era viejo sino "un joven maduro e irónico" que atravesó el siglo sin renunciar a su vaso de whisky y a sus cucharadas de miel.
Y es que Francisco Ayala siempre fue un joven maduro a fuerza de la dura experiencia de la vida, o un joven anciano, que mantuvo el espíritu joven, la mirada fresca e intacta y la mente lúcida para analizar con fina ironía todo lo que acontecía a su alrededor.
Así que diríamos que, si no fuera por su pelo cano, ese rostro surcado por líneas y arrugas, un poco de sordera y esas piernas que se movían más despacio que su mente, el narrador, ensayista, académico y crítico Francisco Ayala parecía un árbol centenario a punto de dar frutos eternamente cada primavera.
Cuando a Francisco Ayala se le preguntaba cuál era el secreto de su longevidad, siempre sonreía con malicia, y nunca quería decir, como sostiene la leyenda, si se debía al whisky o a la miel.
Pero lo cierto es que la esposa y compañera del escritor, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, afirmaba el pasado marzo, en una entrevista con Efe con motivo de los 103 años de Ayala, que había consumido "dieciséis kilogramos de miel".
"Toma miel tres veces al día", decía Richmond, y cada vez que cumplía años la casa se les llenaba de botellas de whisky y de miel. "Las primeras las comparte con sus amigos y de los segundos se encarga él solo de dar buen cuenta".
Así que la leyenda se extendió. Richmond llegó a comprar miel en la tienda del barrio, y hasta los vecinos de los Ayala también querían comprar "la miel de Ayala".
Un dulce elixir de la juventud del escritor que hoy ha dejado de dar resultado pero que le mantuvo con espíritu joven y crítico hasta el final.
La vida de Francisco Ayala cruzó toda un centuria, un siglo XX convulso y sangriento, en el que también se dieron las grandes corrientes filosóficas y artísticas y donde cuatro grandes figuras, como recuerda Richmond, en el epílogo de "Toda la vida. Relatos escogidos", "han enriquecido intelectual y estéticamente" la obra de Ayala: Freud, Picasso, Einstein y Proust.
Testigo de excepción y aceptando, como decía en los últimos años, que su vida "había terminado", que no tenía futuro, y que sólo le quedaba el presente "congelado" y la constante revisión del pasado, Ayala no dejó de leer ni un solo día la prensa.
Una actividad que en ocasiones le encendía, y dejó dicha una de sus mejores advertencias: "En este mundo de descomposición, la única salvación que podemos encontrar es la revolución moral".
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