ENTREVISTA A ÁNGELES CASO. GANADORA DEL PREMIO "PLANETA" 2009

´Las mujeres muchas veces somos invisibles y las inmigrantes lo son aún más´

 18:40  
Ángeles Caso posa tras alzarse con el premio "Planeta" 2009
Ángeles Caso posa tras alzarse con el premio "Planeta" 2009 EFE
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EUGENIO FUENTES Ángeles Caso está radiante. No tienen más que ver las fotos. El pasado jueves su novela "Contra el viento", una sutil y valiente historia de inmigración y malos tratos ambientada en Cabo Verde, Portugal y España, se alzó con el prestigioso premio "Planeta", el galardón literario mejor dotado del mundo con sus 601.000 euros. La autora de "Elisabeth" o de ese deslumbrante ensayo que es "Las olvidadas" ya había sido finalista del premio en los inicios de su carrera con "El peso de las sombras".

- ¿Por qué ha esperado quince años antes de volver a presentarse al "Planeta"?

Hay diversas razones. En primer lugar, hasta ahora no me sentía ni psicológica ni literariamente preparada. Éste es, sin embargo, un buen momento porque creo que la novela responde a las expectativas que puede generar el "Planeta" y, además, me siento dispuesta a enfrentarme al intenso trabajo que exige la promoción. Por otra parte, hacía muchos años, desde 2000, que no publicaba una novela y volver con un premio tan importante me va a permitir llegar a mucho más público.

- El "Planeta" no suele tener buena acogida crítica. ¿Teme al lobo feroz?

No especialmente, porque el lobo feroz ya ha intentado morderme. He tenido muy malas y muy buenas críticas, así que no me sorprenderán las malas. A todos nos molesta ver escritas determinadas cosas, pero en la crítica hay gente muy seria y muy rigurosa, y otros que no lo son. Además, todo el mundo puede tener un mal día. Incluso los críticos.

- ¿Contra qué viento reman los personajes de su novela?

Viven en dos mundos contrapuestos. Por un lado, el de una mujer occidental que no rema, sino que se deja llevar por las corrientes de miedo e inseguridad, de neurosis creciente que dominan a esta sociedad. Por otro, el de las mujeres africanas, las verdaderas protagonistas, que sí reman, que viven en unas condiciones durísimas, de miseria, de falta de perspectivas, de no poder estudiar por falta de dinero y que se ven obligadas a emigrar en busca de un horizonte mejor. Y cuando llegan aquí son tratadas de negras y extranjeras, y se las explota en trabajos de ínfima calidad.

- Hay una inversión de papeles: la supuesta débil ayuda a la supuesta fuerte.

La occidental es una vieja sociedad demasiado mimada. Conste que me siento muy europea y muy consciente de las muchas cosas que le debo a este mundo: desde una libertad escasa en el planeta a la defensa, aunque a menudo sea sólo sobre el papel, de los derechos humanos, o una riquísima tradición cultural. Pero también nos hemos vuelto individuos poco resistentes al fracaso, a la frustración, a las carencias; mientras que las sociedades más jóvenes, ahora en los límites de la nuestra, vienen con una fuerza y una energía que nosotros tuvimos hace siglos y estamos perdiendo.

- ¿Cómo surge la novela "Contra el viento"?

Desde hace años tengo estrecha relación con mujeres caboverdianas a las que debo mucho, porque, entre otras cosas, me han ayudado a criar a mi hija. Sin ellas, mi vida habría sido mucho más complicada. Mi relación personal con estas mujeres es muy buena porque, además, las admiro: son fuertes, animosas, alegres, resistentes. De ahí nace el conocimiento de unas historias duras, marcadas a menudo por relaciones de pareja muy violentas, que he vivido a su lado. Y también la idea de la novela: dar voz a unas mujeres invisibles, que nos ayudan sin que nos preocupemos por saber qué tienen detrás. Allí y aquí. Si las mujeres somos muchas veces invisibles, las inmigrantes lo son mucho más.

- ¿Caben en España tantos inmigrantes?

Es un asunto complejo sobre el que no quiero frivolizar, porque necesitaría más datos. A mí me gustaría que hubiese sitio para cualquiera en cualquier lugar, sin fronteras ni límites. En la situación actual, hay que tener mucho cuidado con las islas de marginalidad. No sé si lo que hay que controlar son las llegadas o el modo en el que los inmigrantes viven aquí. Pero procesos de falta de integración como los que han vivido Francia o Alemania ilustran sobre lo que deberíamos evitar.

- Con la inmigración crece la xenofobia.

Afortunadamente, no hay discurso xenófobo en la política, a diferencia de otros países, pero es verdad que cada vez se oye más en la sociedad: los inmigrantes quitan trabajo y becas, traen delincuencia, saturan los servicios de urgencias... Es una reacción hipócrita. Los inmigrantes limpian nuestras casas, pintan nuestras paredes, cuidan a nuestros niños y ancianos. Y lo hacen por un salario que los españoles no aceptan. Además, sabemos y callamos que hay zonas agrarias donde se les explota y viven en condiciones pésimas. Usamos a los inmigrantes.

- Los malos tratos a las mujeres están muy presentes en "Contra el viento".

De hecho, vertebran la novela: la protagonista sufre un terrible maltrato de su pareja.

- ¿Satisfecha con los resultados de la ley contra la violencia de género?

Llevamos casi cincuenta mujeres brutalmente asesinadas este año. Y eso es sólo la punta del iceberg. Hay decenas de miles que sufren malos tratos físicos y psíquicos, que son víctimas del terror hasta la descomposición de su personalidad, que viven en condiciones inhumanas. Es una realidad que una sociedad no puede permitirse. No hay que pensar sólo en las grandes cifras, sino en el sufrimiento de cada una de esas mujeres. La ley era necesaria.

- Pero no parece estar funcionando bien.

Ni todos los jueces ni todos los fiscales están sensibilizados con un asunto que es muy complejo, porque no se entiende bien la personalidad desgarrada de las mujeres maltratadas. En los juzgados faltan jueces y fiscales lo bastante preparados. Además, faltan recursos o voluntad política para controlar a los maltratadores. Cada vez hay más medidas de protección de las mujeres, pero son muy escasas las de reeducación de los maltratadores.

- No es un aspecto en el que se insista mucho.

La educación es fundamental. La mentalidad de los tipejos que consideran que las mujeres les pertenecen es difícil de cambiar, pero hay que educar a las nuevas generaciones. En las familias, en los colegios y en todos los ambientes que rodean a los jóvenes. Las televisiones siguen transmitiendo una imagen de las mujeres basada en los peores estereotipos: cotilla, frívola, prostituida en el peor sentido de la palabra. Hay muy pocas imágenes de la mujer como ser pensante, con sus grandezas y miserias como las de los hombres.

- En más de una ocasión ha calificado los malos tratos de terrorismo machista.

Lo es. El terrorismo es el intento de alcanzar y ejercer el poder por medio del terror, y eso es exactamente lo que hacen los maltratadores, en una espiral que empieza por el desprecio y continúa con los gritos, los puñetazos y las palizas.

- ¿Por eso reivindica mayor presencia oficial en los funerales de las víctimas?

Cuando fallece una víctima del terrorismo etarra o islamista, hay una presencia institucional notable, como debe ser, para representar el asco y el dolor del pueblo español. No la hay, sin embargo, en los funerales y entierros de las víctimas del machismo. Se mantiene la idea de que es un problema doméstico, con víctimas anónimas cuyos nombres ni siquiera aparecen en las noticias. La ministra de Igualdad o los responsables de Interior deberían estar en esos actos. Además, echo de menos más implicación de los hombres en la lucha contra esta lacra. Muchos se dicen: "No va conmigo". Pues sí, va contigo, como hombre, congénere de los maltratadores.

- Desde su primera novela, "Elisabeth", hasta esta última, las mujeres son las protagonistas de la mayoría de sus obras. ¿No le tienta el punto de vista masculino?

Sí, claro. En "El mundo visto desde el cielo" me metí en primera persona en la cabeza de un pintor, y he escrito una biografía de Verdi. Pero tengo un compromiso con mi género que crece y madura a medida que yo lo hago. Las mujeres han sido muy maltratadas por los hombres y por muchas mujeres, tan defensoras del machismo como muchos hombres.

- ¿Cómo concibe ese compromiso con el género femenino?

Pretendo dar voz y visibilidad a mis congéneres, pero además trabajo por normalizar la mirada femenina. La cultura ha sido ética y estéticamente masculina y, aunque las mujeres hemos ido alcanzando una presencia que, en muchos casos, es plena, no se ha normalizado la defensa de la mirada femenina.

- ¿Hay, de verdad, una mirada específica en las mujeres?

Claro. Tiene que ver con nuestra definición biológica y cultural, con nuestros derechos y deberes, que han sido y son, en la práctica, diferentes de los de los hombres. Estoy empeñada en defender y exponer esa mirada femenina. Eso no quiere decir que excluya a los hombres como lectores. A lo largo de mi vida he leído libros extraordinarios escritos y protagonizados por hombres. Reivindico que los hombres disfruten una novela protagonizada por mujeres.

- Una contribución importante a ese compromiso feminista ha sido el ensayo "Las olvidadas", con unos 60.000 ejemplares vendidos. ¿Le ha sorprendido el éxito de este trabajo sobre grandes creadoras olvidadas por la Historia?

Muchísimo. En realidad, siempre me sorprende el éxito de mis libros, aunque no todos lo han tenido, porque algunos han pasado casi desapercibidos. La acogida de "Las olvidadas" me sorprendió aún más por ser un ensayo escrito con mucho rigor, muy documentado y lleno de datos. Vamos, que no es lectura ligera. Me consta que ha sido importante para mucha gente y que hay facultades e institutos que lo han incluido en sus listas de lecturas.

- Fue, además, una vuelta a sus orígenes.

Sí. Después de licenciarme en Historia del Arte, me alejé para dedicarme a la televisión, la radio y, más tarde, a la literatura. Era un territorio que nunca había querido abandonar y "Las olvidadas" me permitió el regreso. Es un libro que ha abierto los ojos a mucha gente sobre la importante, aunque minoritaria, participación de las mujeres en la cultura. Pintoras, escritoras, filósofas, algunas muy reconocidas en su época, borradas por los hombres de los índices de los libros de Historia.

- ¿Para cuándo una segunda parte de "Las olvidadas"?

Me la tengo prometida, porque la primera parte sólo llega hasta el siglo XVII. Ya tengo recogida mucha documentación sobre creadoras del XVIII y el XIX. Cuando acabe la promoción del "Planeta" decidiré entre una novela y una obra de teatro que me rondan la cabeza y la segunda parte de "Las olvidadas".

- Comparte su compromiso feminista con el ecologista. ¿No le resulta sospechosa la conversión de tantos gobiernos a la causa de la lucha contra el cambio climático?

Sospechosísima. Todavía no ha habido tiempo para analizar las razones de este repentino interés. Por un lado, es una moda que viste y limpia conciencias. Por otro, no me gustaría pensar que hay serios intereses económicos detrás, como en casi todos los grandes proyectos políticos que se generalizan de este modo. En cualquier caso, estamos más ante palabras que ante realidades. Zapatero se presenta como un adalid de la lucha contra el cambio climático, pero ha suprimido el Ministerio de Medio Ambiente, al frente del cual estaba Cristina Narbona, que era una ministra muy respetada, para diluirlo en Agricultura.

- La ley de la Memoria Histórica enlaza con el contenido de su novela "Un largo silencio". ¿Qué opinión le merece?

Es una ley de medias tintas. Países que, como Alemania, han vivido dictaduras trágicas han hecho un proceso de regeneración social, de culpabilización, de juicios, de narrar lo ocurrido. Es lo natural y sano: una sociedad asume el mal que ha hecho y se cura las heridas. En España tuvimos una transición ejemplar en muchos aspectos, pero es como si las víctimas no hubiesen existido, como si no hubiera habido fusilados, represaliados, niños robados, mujeres rapadas y vilipendiadas...

- Se ha acusado a la transición de sumir a España en la amnesia.

Pero todo eso ocurrió. Y lo vivió mucha gente. Y ellos y sus descendientes tienen todo el derecho a que esto se diga en voz alta, a reivindicar su honor, su derecho a luchar por una causa que era la causa legal. Tienen el derecho a desenterrar a sus muertos de las cunetas y los barrancos y a darles una sepultura digna, donde haya un nombre. A tener un lugar al que llevar unas flores y cantar o llorar. O no ir, si es que no quieren. La ley es un apaño bien intencionado, pero como con tantas cosas de Zapatero la buena intención se quedó corta y sin medios económicos.

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