ANDRÉS VALDÉS
Alex Under, Maetrik, John Acquaviva, Mike Shannon... Al lector medio, estos nombres no tienen por qué decirle nada, pero para los seguidores de la música de baile son primeros espadas del género a escala global. Este año, en sus agendas han estado las grandes capitales de la electrónica -Berlín, Londres, Ibiza...-, las dos ineludibles grandes ciudades españolas, Madrid y Barcelona; y un pequeño punto del Levante español: la provincia de Alicante. La terreta es un buen sitio para crecer si se nos eriza el vello con los sonidos electrónicos.
Pero tampoco es ningún secreto que la parroquia de aficionados a los loops -repetición de ritmos y medlodías- y los profesionales que se encargan de componerlos y mezclarlos perdieron su gran referencia cuando se hundió el buque insignia de la cultura del baile en la provincia. Metro, en Bigastro, ejemplificaba la diferencia entre una discoteca al uso y un club: cuando los clientes comienzan a rendir culto a la personalidad del local, a su estética y a los responsables de su música, muere la idea de "salir a bailar" y nace el fenómeno que desde hace años se pelea en los locales más selectos de ocio nocturno: instaurar la "cultura de club".
"La cultura de club no existe en Alicante. Nos hemos quedado sin sitio donde expresar toda la movida. Queda Mint, pero todavía no es lo que fue Metro". José Rives es el dj más veterano de Alicante y el mentor de muchos nombres de la nueva escuela de productores -compositores- y pinchadiscos de la zona. No cree, como muchos otros popes locales del movimiento, que la electrónica languidezca por falta de apoyo popular. "La gente responde. Sólo están esperando a que le pongan un sitio en condiciones".
Sin embargo, Daniel K., uno de los socios de la productora Overflow, reconoce que cuesta no perder dinero con una fiesta aunque la programación de discjockeys, como las que suelen presentar salas como Mint, Zeta Club o Camelot, "no tenga nada que envidiar a las de la sala Razzmatazz de Barcelona".
No son los únicos locales de la provincia que incluyen sesiones de electrónica en sus noches: Byblos, Pachá, Divine, Factory o Gaudí, son, entre algunos otros, buenos ejemplos de que la música que se pone en sus pistas de baile no es gratuita ni improvisada.
"La generación menor de 25 años ha perdido la cultura por la electrónica, pese a que Alicante siempre ha estado muy en vanguardia", lamenta Deep Josh, dj residente de la reputada discoteca Space de Ibiza y también encargado de cabina en dos clubs de la provincia de Alicante. Jonathan Delgado, promotor de Original Dreams, comparte la visión de que la situación no es buena, pero se muestra convencido de que es necesario relanzar la cultura de esta música apostando por formatos híbridos, que aúnen el gusto por lo minoritario y casi underground de la electrónica de culto con los grandes eventos de estilo balear, caso de la Ibiza White Experience, que promueven en su productora desde hace algún tiempo.
Al margen de la escena electrónica "oficial", existen colectivos de dj's, videoartistas y fans que asesoran la contratación de artistas a muchas salas. Y no se ha perdido la costumbre de organizar "rave parties" -fiestas ilegales- en parajes poco transitados que mantienen la esencia underground. El género aún late mucho. Y promete crecer.