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HEMEROTECA » |
SERGIO ILLESCAS Estoy ya harto de Arcadio Blasco", declaraba ayer el artista (Mutxamel, 1928) durante la afanosa y frenética puesta a punto de la gran y primera antológica que inauguró en la sala 365 del Museo de la Universidad de Alicante sobre su obra. Y es que, organizar toda tu vida y presentársela de golpe y porrazo a la gente debe ser complicado, y sumando a eso los reencuentros con piezas que ya casi no recordabas o que tanto empeño pusistes por crear. No obstante, tras ese carácter cascarrabias, quizá parecido a esos "Muros para protegerse del miedo" que creó entre los setenta y ochenta, se esconde bastante orgullo, que se deja entrever cuando se detiene ante las más de cien piezas que recoge esta exposición, organizada por la Universidad de Alicante con el apoyo de Caja Mediterráneo.
Primeros pasos
En el primero de un total de 20 apartados que componen esta exposición, Arcadio Blasco se detiene en dos dibujos en los que retrataba a sus amigos de mili. "Se me iba la mano sobre el papel", señala sonriente quitándoles importancia. Según José Piqueras, uno de los comisarios de esta exposición, el conjunto de obras recoge grandes piezas de la trayectoria de Arcadio pero también algunas aparentemente insignificantes que te ayudan a entender su vida y su trabajo. Como los cuadros paisajísticos que le siguen a estos dibujos, que realizó durante su estancia en la escuela de verano de El Paular (Segovia). "Allí, pintando, conocí a la que sería mi mujer, y a otros artistas como Joaquín Michavila", dice. El siguiente apartado tiene que ver con el tiempo que pasó en la Academia de España en Roma, en la que conoció a Nilo Carusso, que supuso su primer gran contacto con la cerámica. "Aparte de aprender, también había que comer, así que pintaba folclóricas y cuadros de toros para los turistas", señala con ironía.
Camino a la tridimensión
Recuerda Arcadio Blasco que uno de los aspectos que más potenció su trabajo sobre los cuadros cerámicos fue el encargo que le hizo el arquitecto Luis Feduchi, al que conocía por ser amigo de sus hijos. "Nos dejó a mí y a otro compañero una nave en Ciudad Universitaria enorme, donde podíamos trabajar con este material. Al final se paralizó la obra para la que nos contrató, pero no nos quitaron el espacio, así que seguimos allí". Tras los cuadros cerámicos, en las etapas siguientes de Blasco, llegaron las instalaciones y los monumentos, "ya que las obras, como las personas, te van pidiendo crecer". Uno de sus últimos escarceos artísticos es el Aprisco, una metáfora anárquica sobre las corralas sociales que tratan de atraparnos. Mañana, en el Club INFORMACION, inaugura una muestra sobre dibujos de estas obras.
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