JORGE FAURÓ
I
nteligencia emocional, coaching (en un colectivo, dícese de la búsqueda del método más eficaz para alcanzar objetivos);... Estos eran algunos de los cursos, además de otros ligados a la comunicación, que durante el último año ha venido impartiendo el llamado Instituto de Comunicación en nombre de la Asociación de la Prensa de Alicante, entidad centenaria que cuenta ahora con 262 asociados, la mayoría en activo y ejerciendo en los medios informativos e instituciones más prestigiosas de la provincia.
Algunos miembros de la directiva comenzaron a recelar del Instituto cuando vieron con sus propios ojos que sus dos únicos miembros se movían a sus anchas por la nueva y flamante sede de la Asociación (c/San Fernando, Alicante); sin que evidenciaran noción alguna de periodismo.
Muera el reporterismo, bienvenido lo espiritual, abracemos la fe, debieron de pensar quienes les veían por allí a diario. La encomienda de trabajos -en teoría relacionados con la comunicación- a este Instituto costaron a Ginés Llorca críticas tan duras de sus compañeros de profesión como las que él dirigió 10 años antes por distintos motivos a su predecesor, Blas de Peñas. Críticas y 15.480 euros con cargo a los asociados, incluido en esa cantidad la retribución mensual de 1.200 euros al encargado del Instituto.
En el transcurso de la asamblea más multitudinaria de la Asociación en los últimos años, algunos asistentes se quedaron pasmados al conocer el currículum del principal representante del Instituto: musicógrafo, teósofo, experto en constelaciones y en ayuda al tránsito hacia la muerte, entre otras "ciencias" ajenas al reportaje o la crónica y más próximas al mundo de Iker Jiménez. Una veterana periodista de Alicante, fiel a su oficio, resumió su sorpresa en pocas palabras: "Yo creía que aquí se hablaba de comunicación, y me encuentro que sólo nos falta hacer una ouija".
Mirada de reojo por los propios periodistas, la Asociación de la Prensa ha acometido sus tránsitos entre convulsiones. Si el propio Ginés Llorca tuvo que emplear el bisturí para acabar con su antecesor, han vuelto a ser los socios quienes, escandalizados por el tinte apocalíptico en que derivaba la entidad, precipitaron el sábado la caída de la directiva.
Finiquitado el Instituto, la próxima dirección deberá lidiar con el agujero económico de la organización de periodistas: una deuda de 299.430 euros con la aseguradora Asisa para cuyo pago, los periodistas beneficiarios del seguro deberán renunciar a la subvención de una parte de la cuota y abonarla de forma íntegra, como cualquier otro usuario.
Ni la fe ni la inteligencia emocional han sido suficientes para poner orden en las cuentas.