ANTONIO DOPAZO
Nacionalidad: EE.UU. Producción: Lionsgate-Lakeshore Entertainment. 2009. Guión y dirección: Mark Neveldine y Brian Taylor. Fotografía: Ekkehart Pollack. Música: Robert Williamson y Geoff Zanelli. Intérpretes: Gerard Butler, Michael C. Hall, Amber Valletta, Kyra Sedgwick, Logan Lerman, Alison Lohman, Terry Crews, John Leguizamo, Zoe Bell, John De Lancie, Aaron Yoo, Chris Ludacris Bridges. 94 minutos.
La estética del videojuego y del spot publicitario vuelven a fundirse en este largometraje que apenas representa nada nuevo en un filón que empieza a resultar harto cargante, especialmente porque se apoya en argumentos tópicos e irrelevantes que diseñan una situación única estirada hasta el infinito. Los guionistas y realizadores Mark Neveldine y Brian Taylor, responsables de los dos títulos de la serie "Cranck", han forjado una especie de híbrido entre el "thriller" y el producto futurista, una secuela híbrida de "Blade runner", que denota una pretenciosidad notoria en su aburrida primera hora y que solo mejora parcialmente en un final que no compensa defectos previos. El Gerard Butler de "300" trata de crear un personaje arquetipo que carece de densidad humana.
Es difícil encontrar algo tan hueco y vacío como la primera mitad de una película que es deliberadamente confusa y que solo se justifica en aras a una realización sumamente pedante. En ella se suceden las persecuciones, las explosiones y, por encima de todo, el frenesí de una sociedad en la que el juego se ha convertido en el señuelo para alienar a la humanidad. El programa que marca la pauta al respecto es "Slayers", creado por un genio multimillonario, Ken Castle, que ha sabido conectar con un auditorio ansioso de violencia y de muerte. El héroe al que hay que dar caza es Kable, un convicto que ha sido condenado injustamente por asesinato y apartado de su mujer y de su hija. Su única esperanza es sobrevivir cada semana hasta que pueda escapar, acabar con la tecnología de Castle y reunirse de nuevo con sus seres queridos.
A partir de este esbozo tan simple, no hay más que una proliferación de incentivos audiovisuales propios de un rutinario videojuego y una sucesión de secuencias de acción, con decorados virtuales de un mundo futuro, que tienen una cuidada y artificiosa puesta en escena y una manipulación excesiva del ritmo y del color. Con un montaje, si no fuera suficiente, que exagera el caos y los fuegos de artificio.