Antonio Dopazo
Título original: “Twilight”. Nacionalidad: USA. Producción: Temple Hill-Maverick-Imprint, para Summit Entertainment. Dirección: Catherine Hardwicke. Guión: Melissa Rosenberg, basado en la novella de Stephanie Meyer. Fotografía: Elliot Davis. Música: Cartel Burwell. Intérpretes: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Taylor Lautner, Billy Burke, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser, Nikki Reed, Ashley Green, Jackson Rathbone, Kellan Lutz, Cam Gigandet, Edi Gathegi, Rachelle Lefevre. 122 minutos.
Su adaptación de una de las novelas más vendidas de los últimos tiempos, la primera de las cuatro sobre un mismo tema escritas por Stephanie Meyer, no es nada vulgar, aunque es obvio que está planteada para no desmerecer a su legión de fans, sobrepasando en la segunda mitad las cotas deseables de romanticismo. Con algunos minutos de más, que pesan sobre todo en la segunda parte, no cae en la vulgaridad y nadie pone en duda que las consiguientes secuelas no tardarán en hacerse realidad.
El mayor estímulo que ofrece “Crepúsculo” respecto a otras historias sobre vampiros es, junto al hecho de dirigirse a un público más joven, esa condición de “vampirismo a la carta” que pone de manifiesto. Aquí los siniestros personajes no encajan en los módulos clásicos, sino que solo tienen de ellos los aspectos que interesan para dar un sentido distinto a la historia. Así, no beben sangre, no muerden con los colmillos en el cuello y hasta pueden vivir a plena luz del día y soportando los rayos del sol con un mínimo desgaste. Como, además, son enormemente atractivos, su capacidad de seducción es irresistible. La protagonista, Bella, cae por completo en las redes de uno de ellos, Edward, y su amor llega a tales niveles que estaría dispuesta a convertirse en vampiro para no renunciar a él. Son niveles propios del “Romeo y Julieta”.
Con unos espléndidos escenarios naturales, el relato se desarrolla en una pequeña localidad del estado más húmedo de Norteamèrica, Washington, adonde ha ido a vivir con su padre una Bella que se ha cansado de viajar eternamente con su madre y su nuevo marido. En este nuevo y tranquilo marco poco dado a las sorpresas, le llamará poderosamente la atención la llegada al instituto de la familia Cullen, especialmente del joven Edward, un chico muy atractivo y pálido, como el resto del clan, que actúa de forma desconcertante y que demuestra muy pronto que tiene unas facultades impropias de un ser humano. Es el comienzo de un interés que va convirtiéndose en romance mutuo y que adquiere su verdadero sentido cuando ella descubre que está ante un vampiro, un joven que tiene 18 años desde hace casi un siglo.