EFE
En esta cueva del municipio de Ramales de la Victoria, confluyen desde hace años varios estudios de las universidades de Cantabria, el País Vasco, Alicante y Nuevo México (EEUU);, apoyados por instituciones como la National Geographic Society o las Fundaciones Leakey y Marcelino Botín, sobre las formas de vida de los cazadores que la utilizaron como refugio hace entre 18.000 y 13.000 años.
La revista norteamericana "Journal of archeological science" acaba de publicar un artículo firmado en primer lugar por Ana Belén Marín Arroyo, de la Universidad del País Vasco, sobre los momentos del año que los cazadores de Paleolítico utilizaban para cazar en esa zona y sobre cómo organizaban la vida cotidiana en la cueva.
Todo ello, según informa hoy la Universidad de Cantabria (UC);, gracias al trabajo realizado para averiguar por qué sólo en lugar concreto del yacimiento -el área interior del gran vestíbulo de la cueva- los huesos de animales aparecían ennegrecidos, mientras que en el resto de la gruta los restos mantienen su color habitual.
"Resolver esta intriga prehistórica ha sido un auténtico trabajo de forenses del pasado remoto", dice Marín Arroyo.
Los investigadores comprobaron primero que los huesos de ciervo, cabra, corzo, rebeco y pequeños carnívoros ennegrecidos que encuentran en esa zona interior de la cueva no estaban pintados ni quemados, sino que su color se debía al manganeso liberado en un proceso natural por la descomposición de materia orgánica, de restos de carne y de otros alimentos abandonados en el mismo lugar.
Los autores del artículo explican que, analizando los restos y tiempos de descomposición, se puede concluir que los hombres del Paleolítico cazaban en esa zona del alto Asón fundamentalmente en primavera y verano, estaciones en las que permanecían en la cueva.
Y también sostienen que, durante ese tiempo, vivían en el vestíbulo interior y utilizaban como lugar para arrojar los despojos la zona interior, donde aparecen los huesos ennegrecidos.
Esta conclusión, indica la UC, "arroja luz sobre cómo los magdalenienses cazaban y organizaban sus zonas de habitación".
Marín Arroyo remarca que "El Mirón fue refugio de paso para grupos que viajaban buscando alimento por su buena visibilidad y porque se sitúa en un punto estratégico cercano a las rutas de acceso a la zona alta del río Asón".