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Los días laborables
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Sobre este blog de Sociedad

Un breve y desafinado canto a la vida.


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  • 10
    Octubre
    2016

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    Un dandy

    Total que una noche de verano del 2013 saqué del local a una niña morena de ojos verdes que era el catálogo con el que trabajaba por aquella época. Nos dejó la calle en la playa de San Juan donde acabamos mordiéndonos los labios jugando como cachorros. La cosa no pasó de allí así que la dejé en su puerta donde me despedí jurándole amor eterno y familia numerosa casi al borde de las lágrimas. Tiré calle abajo mientras ella me veía flipando desde su puerta.

    Al llegar de nuevo a la playa, suponiéndome observado, empecé a pasear por la orilla dando largas y profundas caladas a un cigarro en una pose de poeta maldito, porque además yo a la niña le había dicho que era un lobo solitario cuando la verdad es que toda mi puta vida me la había pasado rodeada de 200 personas.

    En la orilla cogí varias piedras y las tiré contra el mar, que no me reboto ni una, y luego pensando en el frío que hacía y en lo tonto que era me fumé el cigarro y me quedé dormido.

    Desperté amaneciendo con una llamada perdida y un mensaje de una chica con la que había morreado un poco alocadamente antes de pasar por la morena de ojos verdes. Accedí a ir a su casa y a mitad de camino el móvil me dejo tirado. Empecé entonces a preguntar nervioso perdido dónde se encontraba la calle salmón, que me recordaba igual de desesperado que un amigo cuando salió en calzones y se metió en un bar a intentar cambiar dinero por condones.

    Me senté en un bordillo a echar la lágrima cuando el móvil se encendió de nuevo y conseguí llegar hasta su calle. Ya con el subidión y el móvil fuera de combate otra vez, empecé a gritar su nombre hasta que una silueta apareció en un portal.

    — Pero te quieres callar, subnormal.

    Allí estaba ella. Todo cariño.

    Después de todo el protocolo adolescente subimos a su habitación donde forcejeamos un rato. Cuando la cosa iba a ponerse sería marchó al baño y aproveché el momento para quedarme dormido dando la pena acostumbrada.

    A la mañana siguiente me marché como una de esas aves de paso de puntillas sin hacer mucho ruido y todavía no hay día que me la encuentre por ahí y quiera matarme con la mirada.

     

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