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Los días laborables
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Sobre este blog de Sociedad

Un breve y desafinado canto a la vida.


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  • 05
    Septiembre
    2017

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    Esperanza

    Qué dificil es morirse después de oler el perfume de tus manos en el cine.

    José Luis Garci

     

    Creí que ya no estaba, pero estaba. Me refiero al perfume que dejaron tus manos en las mías en el cine en que las tuve por primera vez. No hay diluvio que borre aquél recuerdo que perdura tanto tiempo después.

    Aquél cine es La Esperanza. El cine del pueblo, la casa de tantos. He descubierto que nosotros, los de entonces, seguimos agazapados entre sus butacas como fantasmas de un recuerdo ya lejano.

    Ahora sé que fue algo más que un cine. La fachada grisácea de tres plantas, las salas de verano e invierno, los bocadillos de tortilla, el precio, el ruido que es el ruido de tantas gentes masticando casi al unísono. La Esperanza es un cementerio de recuerdos.

    Para nosotros fue siempre un refugio. Entrar allí era como ir a Marte, que digo Marte, mucho más lejos. Cuando las cosas iban mal en casa y era invierno y fuera llovía y teníamos frío siempre había una sesión, una película buena o mala, un lugar entre sus paredes donde escondernos.

    Cuando no teníamos más que un par de euros en los bolsillos y ningún lugar a donde ir corríamos a refugiarnos entre sus butacas. Nos gustaba el cine, claro, todavía nos gusta. Pero la película siempre fue lo de menos. Si veíamos una secuencia de humor reíamos junto a decenas de personas desconocidas, si la película era de suspense todos estábamos sentados al borde de la butaca con los nervios de punta. Fue maravilloso tener una familia que no pedía nada a cambio. Un lugar donde pasar un par de horas lejos de casa, lejos de todo. De La Esperanza salíamos con aires renovados, a veces incluso, el día parecía otro.

    Aquello fue una experiencia mágica que ya no existe.

    Un recuerdo más.

    Esperanza

    Nunca nos detuvimos un segundo para reconocer lo maravilloso que fue aquello, pero ambos lo supimos desde el principio. Cuando lo necesitábamos la vida se paraba en su sala oscura y nos daba la fuerza necesaria para afrontarlo todo. Me gusta pensar que todavía lo hace con todas las personas que lo necesitan.

    Todos tenemos lugares así.

    El nuestro siempre fue aquel cine provinciano que sigue funcionado tan bien como hace 7 años, cuando empezamos a frecuentarlo juntos. La Esperanza sigue a un par de calles de distancia con su magia casi intacta. Ninguno hemos ido demasiado lejos pero ya no es lo mismo porque nosotros tampoco lo somos.

    Decía Jose Luis Garci que no sabía que le gustaba más: el cine, los cines o ir al cine. Yo siempre lo tuve claro. Volver de él. El paseo de después. Charlar sobre la película que acabábamos de ver mientras nos acompañábamos a casa, rápido si hacía frío o dando un rodeo si el día acompañaba. Nunca salimos de una sesión igual. Si teníamos problemas el cine los hacía más pequeños. Al fin y al acabo allí había unos personajes contándonos sus vidas que a menudo eran más difíciles que las nuestras.

    Aún sigo caminando por sus alrededores. Inspecciono los horarios, leo la sinopsis de la próxima película, juego a mirar a través del cristal oscuro que protege sus puertas y me deshago con el olor a palomitas que flota por allí. Uno no puedo fingir indiferencia solo porque las cosas hayan acabado. Los días terminaron, pero me alegro de haberlos tenido.

     

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