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Mariano Miguel

Nadie me vio, no pueden demostrarlo, ya estaba así cuando llegué.

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No existe la verdad, lo que existen son distintas versiones.


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  • 26
    Febrero
    2018

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    Alicante Deportes Bilbao Inocencio

    Inocencio

     

    Querido Inocencio.

     

    Te ha tocado ser el último en morir por un partido de fútbol. Precisamente a ti, que por lo que leo, eras un antidisturbios bregado en mil manifestaciones. Ni siquiera es cuestión de valorar por qué una persona de 51 años llevaba trabajando 13 horas en primera linea. Al fin y al cabo, en medio de la refriega te fulminó un infarto. Podría haber sido a las puertas del estadio de tu Athletic como en una manifestación de jubilados o en una de las de Euskal Presoak.

    Precisamente por eso, por ser un policía veterano, viste miles como esa. ¿Cuantas veces tuviste que intervenir en peleas entre aficiones y cuantas por otros motivos? Pero has tenido que morir precisamente por eso, por el fútbol. Por eso todo el mundo recordará tu nombre, o alguien como yo te envía esta carta que nunca podrás leer. Seguramente tú, como tus compañeros en los beltzak, o cualquier otro policía de las UPR o de los GRS habréis estado en situaciones tan complicadas o más como la del jueves. Y seguramente, lo mismo que te pasó a ti, le habrá pasado a otros. Morir de un infarto trabajando, o de un golpe, o por cualquier circunstancia.

    Y dirán que el fútbol es violento, cuando tú sabías que es la sociedad la que es violenta. Que en cualquier momento, allá donde se reúnen grandes cantidades de personas puede desmadrarse la situación y entonces os llamaban para actuar. Y seguramente tú lo sabrías porque estuviste en alguna Semana Grande de Bilbao, o la Tamborrada, o manifestaciones políticas en tu tierra. O ni eso, cualquier fin de semana en una zona de copas.

    Ahora tendremos que leer que son los clubes los que deben controlar esas cosas. A esos cientos de tíos que ni tú ni tus compañeros podíais frenar. Pedirán que un empresario, desde su despacho, los frene O pedirán que se elimine a esos equipos, a tu Athletic, por ejemplo, porque sus aficionados son violentos o te han matado. Y tú sabes que si no se peleasen allí, a las puertas de San Mamés, lo harían en cualquier otro sitio y por cualquier otra razón. Ni siquiera es cuestión de si hay ultras o no, porque a lo mejor te acordabas de que en Villarreal, el único estadio de España en el que no hay nada parecido a un grupo ultra, se suspendió un partido porque lanzaron un bote de humo de origen militar.

    Inocencio, a ti se te recordará como se recuerda a otros que murieron por el fútbol. A ti se te recordará como a Jimmy, a Aitor Zabaleta, a Frederic Rouquier, a Íñigo Cabacas o como se recuerda en Italia a Gabrielle Sandri (a quien, por cierto, un policía disparó a la cabeza), a Roberto Rulli o a Antonio de Falchi. Inocencio, de ti nos acordaremos porque fuiste a morir en un partido de fútbol. A quien nadie recuerda es a quien muere a las puertas de discotecas, por una pelea de tráfico o por cuestiones aún más banales que el fútbol.

    Ahora harán observatorios contra la violencia y esas cosas, y nombrarán a gente que cobre una pasta por hacer informes que no valdrán para nada. A lo máximo que se podrá llegar es a minimizar los problemas en los estadios, pero lo único que sucederá es que se trasladará de un sitio a otro, como vasos comunicantes. La Policía trabaja con conceptos como aislar a los grupos problemáticos para poder actuar mejor. Si eso lo trasladamos podemos pensar en dónde queremos acotar esa violencia. En Italia, donde saben de ultras, la violencia política en las calles de los años de plomo se fue diluyendo a medida que crecía en los estadios, casualidad o no. A lo mejor era cuestión de elegir, a lo mejor toca ahora elegir.

    Tiene pinta de que nada cambiará, de que todo seguirá igual. Y lo peor, Inocencio, es que tu muerte no servirá de nada. Seguramente sabrías, como yo, que no serás el último en morir en estas circunstancias, que  tarde o temprano volverá a pasar. Como mucho tu muerte servirá para mejorar las condiciones laborales de tus compañeros. Por lo demás, la violencia, en el fútbol o en las calles, seguirá existiendo. Por eso existe la Policía, porque para que las sociedades funcionen sin que nos matemos entre nosotros necesitan que alguien ejerza el monopolio de la violencia. Pensar en lo contrario es creer en sociedades distópicas, en Un Mundo Feliz como el de Huxley.

     

     

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