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Aparici

Escritor entusiasta de las causas más desfavorecidas de nuestra sociedad.


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  • 02
    Febrero
    2018

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    SOCIEDAD Alicante

    VICISITUDES TEMPRANAS

    No apreciados lectores, no son éstas vicisitudes tempranas, en todo caso el racismo e intolerancia que nos asedia a diario pertenece más a esa nebulosa, a esa misma evolución del ser humano que parece neblina suspendida en el aire, pues siempre dudamos del otro, del diferente y, aunque nos encontremos predispuestos a aceptar cualquier diferencia, no hay nada nuevo bajo este sol que nos ciega. Mantenemos la mente embutida de recelo, duda, temor y ese aire de conmiseración malsana que nos empuja en ocasiones a creernos mejores, superiores a otros seres humanos menos afortunados que nosotros mismos, olvidando que incluso nosotros recibimos en alguna oportunidad el amparo, el apoyo de alguien que nos ayudó en nuestra necesidad.
    Da igual el grado de Cultura adquirida en nuestra vida, cuando arriba a nuestro entorno el peligro de la inestabilidad, competencia mal entendida o el mismo derecho a salir adelante en las mejores circunstancias, nos embarga un impulso desaforado que nos impele a prorrumpir en retahíla de pensamientos injustos o insultos que, de pararnos a pensarlos, nos enrojecerían. Algo parecido nos pasa cuando nos encontramos embrutecidos en la liturgia del machismo. Nuestra sociedad se encuentra enferma, aquejada de racismo, machismo e indiferencia al sufrimiento ajeno. Son bastantes los ojos y mentes que destellan ironía frente a la necesidad de quienes buscan mejorar la vida que les impulsa, igual que el resto de mortales, pero en ellos no se encuentra nada más que una irrefrenable sensación de vacío.
    Machismo, violencia de género, maltrato, racismo etc. son expresiones actuales en boga. Nos hemos acostumbrado a tan crueldad pérfida y despiadada que nos estamos convirtiendo en una sociedad superflua. Y no podemos seguir concediendo marchamo de normalidad a tantos conceptos abyectos enclavados en el pasado más recalcitrante aportándoles grado de rutina. El hedor de nuestra cobardía nos envuelve aunque todavía parte de nuestra conciencia interior nos impele, nos aguijonea para que gritemos, denunciemos estos maltratos de injusticia. Nadie merece ser odiado, despreciado, ignorado o discriminado por su credo, condición o raza. Olvidemos esos caminos equivocados que nos sumen en el craso error. Nieblas de tristeza azotan la actualidad, expresiones de desdén, surcos de llanto en quienes zaherimos intencionadamente, la vida hace horas extra como si nuestras nefastas acciones xenófobas o racistas no fuesen con nosotros.
    Hay que poner coto a estas desviaciones que nuestra sociedad conserva. Tras cada episodio persisten personas como nosotros, gente que sufre y padece. Dejemos de hornear sedimentos oscuros del alma, cambiemos, alimentemos la esperanza, hagamos que la igualdad nos presida, dejemos de anteponer un sexo sobre el otro, demos al inmigrante o necesitado una oportunidad de ganarse la vida con dignidad, concedamos rostro a tantos olvidados que como el color del viento sufren nuestro desprecio. Consigamos de una puñetera vez equiparar el sueldo entre hombres y mujeres con el mismo empleo. Basta de discriminación, de vicisitudes tempranas. Sazonemos de talento y esperanza el discurrir en nuestras vidas.

     

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