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Francisco Soler Luque

Abogado, poeta, ensayista y artículista sobre temas de ecología política

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El blog pretende analizar los hechos y acontecimientos de la actualidad bajo el prisma de la ecología y la necesidad de incorporar esta visión en el día a día de los ciudadanos y de la sociedad


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  • 07
    Octubre
    2016

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    Medea, cambio climático y androcentrismo

    Medea, cambio climático y androcentrismoLa Naturaleza al igual que Medea, es sabia, hábil, fuerte, luchadora. Por eso es amada por unos y respetada y temida por todos. Durante mucho tiempo simbolizó la hembra horrible, imposible de apaciguar, incapaz de llegar a compromisos. Era lo que está fuera de la razón. Lo que debe ser dominado.

    Al igual que el mito griego, la Naturaleza y el ser humano representan un matrimonio muy racionalizado. Pero el hombre la trata como una hechicera, como una bruja seductora a la que cree poder dominar a través de la explotación. Con las herramientas cree que la puede hacer vibrar como si una vulva fuera. Igual que Jasón a Medea, el hombre ha repudiado a la Naturaleza por la técnica, para contraer matrimonio con ésta. Hechizado alumbra otras nuevas, la deifica. Ofrece a la Naturaleza como sacrificio reparador de sus inquietudes.

    La sacralización androcéntrica de la técnica es una tentativa de dominio de la Naturaleza, que incluye el dominio de los seres humanos. Las mujeres, al igual que la Naturaleza, han sido constantemente relegadas a un papel subordinado: ellas al ámbito privado de la casa, la procreación y los cuidados; Ella a la condición de mero stock de aprovisionamiento. Pero la Naturaleza, al igual que Medea o Antígona, ha comenzado a cobrarse su venganza, pero no una venganza sin más, sino una venganza de principios, de sus leyes. Se mantiene consecuente, lógica. No es absurda, irracional. Por eso no hay tragedia, sino la fingida ignorancia del hombre. Ironía.

    La forma-de-vida del hombre origina que la Naturaleza se avergüence de las heridas en su cuerpo. De mirar y de «ser mirada». De tener que «asistir sin remedio a su propia ruina», de ser «testigo del propio perderse». Le ocasiona sonrojo ser «entregada a lo inasumible», que no es algo externo, sino que está en la propia intimidad de la Naturaleza: ¿hay algo más íntimo para la Naturaleza que el hombre?.

    La Naturaleza carga con su destino: el hombre, al que no puede rechazar. Se somete a su explotación. Pero es con el acto del sometimiento como, paradójicamente, afirma su soberanía. Deviene simbólicamente en sujeto en el más pleno sentido de la palabra: el que se somete. Aunque como Antígona, con grito desgarrado, reclama el cumplimiento de las leyes ancestrales del planeta. La contemplación de su destrucción y la «imposibilidad de evasión» de sí misma, del conflicto entre ley y justicia, entre leyes económicas del hombre y leyes de la Naturaleza, ha mutado a ésta. La traición del hombre y su entrega a la técnica, ha transformado el grito de la Naturaleza en furia: en asesinato y venganza. Medea ha resuelto matar a Antígona. Ha desatado para ello procesos de cambio global, que terminarán con la existencia del hombre en el planeta, si éste no abandona a su amante.

    La Naturaleza, como las mujeres, determinan lo que el razonamiento masculino es capaz de hacer. Se colocan en el confín de la integridad y le dicen al hombre: por aquí no pasas con tus leyes económicas y sociales. Al igual que los mitos griegos, la Naturaleza muestra al hombre el conflicto entre el modelo matrialcal y el patrialcal. Ponen al hombre frente a su límite. Éste para demostrar que la razón está de su parte, para no oír a lo femenino, está resuelto como Empédocles, a saltar otra vez a la boca del Etna. Quedará entonces otra sandalia al borde del cráter como señal de la incapacidad del hombre. Y la sandalia desparecida será «la quimera de lo divino fracasado».

     

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