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Francisco Soler Luque

Abogado, poeta, ensayista y artículista sobre temas de ecología política

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El blog pretende analizar los hechos y acontecimientos de la actualidad bajo el prisma de la ecología y la necesidad de incorporar esta visión en el día a día de los ciudadanos y de la sociedad


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  • 08
    Noviembre
    2016

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    La igualdad tras la fraternidad

    La igualdad tras la fraternidadEn la nueva fase del capitalismo del siglo XXI, la concepción que colocaba al ser humano en el centro de las cosas (antropocentrismo), ha sido profundizada hasta convertirlo en una fuerza geológica (antropocenismo). Esta profundización se va a intensificar aún más con «la sistematización de las tareas, los algoritmos y los robots». En 20 años se prevé que desaparezca el 50% del empleo y que sea sustituido por autómatas y androides. El escenario energético al que nos dirigimos es de guerra por los recursos, competición regional, vuelta a la soberanía nacional e incremento de tensiones entre regiones y/o culturas, que en buena medida se refleja, ya, en el discurso del nuevo presidente Trump y de la extrema derecha europea. Hemos de unir al escenario energético descrito, la nueva era climática en la que nos encontramos, al haberse sobrepasado, a nivel global, el umbral de 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera. Este umbral permanecerá así durante todo 2016 y no descenderá ya durante generaciones, siglos.

    El cambio de era en el que nos encontramos, invalida las recetas de hace 40 años. El capitalismo ha intensificado la explotación de los territorios. La explotación de los cuerpos, que ha tocado techo, está siendo sustituida, principalmente, por la explotación de la psique. Ello hace necesario que nos planteemos nuevas preguntas. ¿Es suficiente la igualdad para enfrentarnos a un planeta en cambio climático, unos recursos energéticos en declive y un mundo sin trabajo? Implementar la igualdad entre países enriquecidos y países empobrecidos o dentro de cada país, incrementa la huella ecológica o alguno de sus indicadores sectoriales: huella de carbono o la huella de agua. ¿Es legítimo, entonces, implementar políticas de igualdad a costa de incrementar la huella humana en el planeta? Buscar igualdad material, más allá del límite en los recursos del planeta y en las necesidades de las generaciones futuras, establece las condiciones para crear más desigualdad en el futuro: climática y/o material (mayor temperatura, más sequía, menos producción de alimentos). Piénsese en el consmo de combustibles fósiles o de recursos naturales más rápido que su tasa de regeneración (pesquerías) o aquellos que se generan a escala temporal geológica, no humana (recursos minerales). Equidad, no igualdad, entonces. Equidad intra e intergeneracional.

    La primera tarea en este tiempo es, por tanto, evitar que el medio ambiente se transforme en una nueva causa de desigualdad social. La igualdad, para ello, tiene que ser remozada. Precisa nuevos apellidos. Ejemplos de ello: «igualdad frente a», «igualdad dentro de». Igualdad frente al cambio climático, igualdad dentro de los límites del planeta. Esta reconstrucción requiere que la igualdad sea atravesada de fraternidad, de empatía y de cuidado de los otros. Sea impregnada de la ética de la responsabilidad, de equidad intergeneracional y de deber de cuidado de la biosfera. De esta manera, la igualdad, se vincula, al igual que la libertad, a la justicia, y posibilita la satisfacción de las necesidades de la generación presente y de las generaciones futuras, sin que por ello se sobrepasen los límites ecológicos de la biosfera. La igualdad, de esta manera, se hace equidad.

    El contexto energético y climático ante el que nos encontramos, está determinando el escenario político, dirigiéndolo a una polarización, creciente, entre las fuerzas políticas que, más adelante, serán los polos de la confrontación: de un lado, neoconservadores y extrema derecha, de otro, las fuerzas ecologistas. Esta predicción comienza a ser corroborada por la realidad. La primera confirmación de este escenario se produjo en Austria, este año, con la vitoria del candidato ecologista en la disputa de la presidencia del estado, elección que el Tribunal Constitucional austriaco, en una controvertida resolución, ordenó que se repitiese. Ratifica el análisis, la situación en la que se encuentra la izquierda: con el pie cambiado, sin apenas recursos discursivos. Sin proyecto. Melancólica. Debatiéndose entre: ser parte del universo neoliberal (socioliberales) o confrontar desde los márgenes del sistema (izquierda tradicional y nuevas izquierdas), cuya única propuesta es una política económica keynesiana que devuelva el estado del bienestar, sin reparar que no existen recursos naturales ni planeta para continuar una producción sin límite capaz de generar igualdad. Sólo una fuerza política como la ecologista, consciente de la necesidad del decrecimiento de la producción y de los límites del planeta, puede oponer un discurso sólido a los neoconservadores. La ecología aparece, de esta manera, como única alternativa frente a la extrema derecha y el fascismo que viene. 

    Es necesaria una estrategia que contrarreste la tendencia autodestructiva de la derecha, que nos está conduciendo a una peligrosa competición por los recursos, en un planeta enfermo y en constante degradación. Un ejemplo de la estrategia que hay que desplegar, son las líneas básicas de actuación que propone la ecología política: cuidado de las personas, cuidado del medio ambiente y modelo económico sostenible, que conforman los ejes principales de su programa político. En primer lugar, renta básica universal (RBU), parte esencial de un nuevo modelo de estado del bienestar, que es el derecho de todo ciudadano a percibir una cantidad periódica que cubra, al menos, las necesidades vitales sin que por ello deba contraprestación alguna, cuyos primeros ensayos –totales o parciales– ya han comenzado en países como Finlandia, Holanda, o Islandia. En segundo lugar, soberanía alimentaria, elemento de conexión entre el cuidado de las personas y el del medio ambiente, que es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Y, en tercer término, un modelo económico verde, que combata de raíz la explotación tanto del hombre como de la Naturaleza, centrado en el bien común y la equidad entre generaciones, cuyos ejes estructurales son: decrecimiento de la producción, transición energética, economía social y transformadora y economía feminista y de los cuidados. La pregunta es: ¿existe, fuera de la ecología política, visión y voluntad política, para acompañarla en el camino a la fraternidad, que es más que un cambio de paradigma? No. Pero la soledad de ésta no puede servirle de coartada para apostar por objetivos pequeños.

     

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