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  • 06
    Abril
    2016

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    Alicante Deportes

    Cuando todo se pone negro...

    Cuando todo se pone negro...

    Corriendo la Media Maratón de Elche el pasado domingo 3 de abril. 

    Hay momentos en la vida en los que todo se vuelve negro. Completamente oscuro. El túnel sigue y sigue sin que veas el final... Hace cinco meses, como os conté a todos a través de este blog, terminé mi primera Maratón en Valencia. Fue un inmenso reto que nunca pensé que llegaría a completar. Lo hice. Y ya me estoy planteando otro. Durante las semanas posteriores me encontré con la mejor forma física que nunca había tenido en mi vida. Pero unos días antes de Navidad, en una rotonda, un coché arrambló por detrás al mío y todo se empezó a torcer. Lesión en las cervicales. Primero el médico me dijo que parando unos días sería suficiente. Pero luego el dolor y el malestar se alargó más y más días. Semanas y más semanas. Tuve que renunciar al objetivo de intentar asaltar mi marca personal en 10K y luego a la siempre estimulante Media Maratón de Santa Pola, esa fiesta deportiva a la que todos los runners populares deben asistir para renovar su fe en este deporte. Resumen: mes y medio parado hasta que pude volver a correr a primeros de febrero. Lo importante era recuperarse.

        Vuelta a empezar. La intención era tratar de preparar, ya a contrarreloj y con dos meses por delante, la Media Maratón de Elche, una de las competiciones que contemplo siempre en mi calendario con más cariño e ilusión. Todo iba por buen camino. Me «estrené» en 2016 con un 10K aceptable en Mutxamel a finales de febrero con la idea de mejorar de cara a otra de las competiciones a las que acudo con mayor interés: el Cross del Calvari en Benidorm. Y allí fui el domingo 6 de marzo. Correr en tu pueblo, correr en casa, siempre es algo importante. Algo que te motiva. Como era ya habitual año tras año, una hora antes mi padre y mi madre desayunaban en la Palmera de Benidorm para acompañarme. Mi padre, junto a mi hijo, hizo lo mismo de siempre y que tanto me gustaba: «cantarme» el tiempo y la posición en la que pasaba en cada una de las vueltas. Lo contaba de forma milimétrica. Me encontré muy a gusto. Noté la progresión. Después mi padre vio correr a su nieto y repitió la operación: también contó el tiempo y la posición en la que pasaba. Abuelo, hijo y nieto nos llamamos igual.  Mi padre era brillante para los números, algo que ha heredado mi hijo. Comimos juntos en su casa. Pasamos la tarde. Y me despedí: «Adiós, Papá». Le di un beso en la frente, como siempre. Y retorné a Alicante. Ya no volvería a verlo con vida.   

         En la madrugada del día siguiente recibí una llamada de mi hermano. Mi padre había sufrido un ataque y estaba inconsciente. Apenas dos horas antes, como el que presiente que alguna cosa va a ocurrir, me había dejado un mensaje en Facebook como comentario a la foto de la carrera. «Pasamos un día excelente en el Cross del Calvari», me puso. Siempre lo pasaba bien contigo, Papá. Fueron cuatro días muy duros en el Hospital de La Vila Joiosa, primero, y en el de Sant Joan d'Alacant después. Pasamos de la esperanza en las primeras 48 horas a la resignación. Hasta que el viernes 11 de marzo la vida me puso en uno de los trances más duros: perder a mi padre. Algo para lo que nunca estás preparado. Estoy muy orgulloso de su manera de vivir y también de la forma en la que se despidió. En las calles de Benidorm, su pueblo. Con su gente. Arropado por su familia. Y con incontables muestras de cariño. Gracias a todos. Durante esos días tan duros, todos mis compañeros del Club Urban Runners me demostraron, si es que no lo sabía ya, que sumar kilómetros juntos es algo más que compartir una afición. Es compartir una forma de sentir la vida. Un sentimiento de compañerismo. Siempre lo tendré en mi recuerdo.
        

         Cuando sufres ese dolor tan inmenso, las piernas se convierten en pesadas losas de plomo. Es imposible moverlas. Once días después, el viernes 18 de marzo, sin embargo, conseguí ponerme otra vez las zapatillas y salir a trotar un ratito. Sólo media hora. Poco a poco el cuerpo me respondió. Y una semana más tarde decidí que, pese a todo, tomaría la salida en la Media Maratón de Elche. Sabía que la preparación había sido irregular y muy justita. Pero ese era el día. Tenía que honrar a mi padre. Me inscribí con un «nick» que resumía lo que los hijos le debemos a los padres. Les debemos todo. «Gràcies, Papá!», me puse en el dorsal 1582. Marlén Estévez, mi entrenadora junto a Antonio Paton, me dijo más o menos algo así: «Cuando te sientas mal, mira para arriba. Te empujará». Y así salí a por los 21K con 97 metros, la distancia que más me gusta. Con mi padre en la cabeza y, sobre todo, en el corazón. A por todas...
        Cuando todo se pone negro...

    La camiseta con la que competí en la Media Maratón de

    Elche, como homenaje a mi padre.    

         Apenas 48 horas antes había desaparecido Carlos Iborra, un joven de 17 años de San Gabriel que es sobrino de Pepa, compañera de los Urban Runners y una de esas personas maravillosas que tienes la suerte de que la vida ponga en tu camino. Una de esas personas a las que aprecias y quieres. Sin nada más. Sin apostillas. La búsqueda de Carlos tuvo, desgraciadamente, un trágico desenlance. Pero volvió a demostrar la solidaridad, el compromiso y el valor de contar con un grupo –hubo alguien, al que no citaré porque no hace falta, que me lo recordó– en el que todos los compañeros convierten su lema en algo más que un eslogan publicitario: «Un Urban Runner, nunca corre solo». ¿Quién dijo que el atletismo no era un deporte de equipo? Cada uno aportó su granito de arena, todo lo que pudo, para intentar localizar a Carlos. Y eso constató una evidencia: lo que une el asfalto o la montaña es muy difícil que lo acabe separando la vida. Casi imposible. Estoy muy orgulloso de formar parte de ese grupo.
        

         El resultado que tuviera en la Media Maratón de Elche me importaba poco. Mi objetivo era acabar. Sin más pretensiones. Pero lo cierto es que me sentí bien a partir del cuarto kilómetro y empecé a tirar. Al final las sensaciones fueron buenas y el tiempo unos segundos peor que el del año pasado pero positivo para el poco volumen de entrenamiento que llevaba en mis piernas. Pero todo eso, insisto, no era lo importante. Tengo un grupo de compañeros que siempre corre unido. Pase lo que pase. En los buenos y en los malos días. Muchos estuvieron en Elche corriendo o animando. Con otros pude hablar después en tanto que tenían otras competiciones. Pero, sobre todo, durante todos esos kilómetros comprendí –supe a ciencia cierta– que nunca más estaré sólo en esta vida. Mi padre, allá donde esté, me acompañará. Y me seguirá marcando un ejemplo y una guía. Una pauta de actuación. Para siempre. Será un motivo más, como alguien me dijo, para seguir progresando y para continuar sumando objetivos. Muchos más. Cuando todo se pone negro... no te abandones. Inténtalo. Ponte las zapatillas y corre. Siempre, estoy seguro, aparecerá el sol.

     

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