BENIDORM, EN PRIMERA PERSONA
Juanjo Llorens Bonilla

Juanjo Llorens Bonilla: El tabalet como patria

Adora la calle como escenario y ha llevado su música hasta ciudades como Nueva York, Boston, Londres o Mónaco

09.05.2016 | 11:03
Juanjo Llorens Bonilla: El tabalet como patria

Toca el tambor de pueblo en pueblo desde que tenía apenas siete años. No entiende la vida sin poder tocar el tambor que le acompaña desde que era un niño. Con él a cuestas ha recorrido medio mundo para llevar la música tradicional valenciana allá donde hubiera alguien dispuesto a escuchar. La patria, el tabalet y Benidorm, su bandera.

Resulta complicado hablar con alguien relacionado con las fiestas en cualquier pueblo de la Marina que no conozca a «Juanget, el de Benidorm». La fama se la ha ganado a pulso. Porque a sus 41 años, Juan José Llorens Bonilla (Benidorm, 1975) lleva más de treinta recorriéndose, tambor en mano, punto por punto de la geografía festera de la provincia con su compañero xirimiter Paco Bessó.

Su implicación con la cultura y las tradiciones le viene desde la cuna. Hijo de Mercedes y Roque, «el de la grúa», creció en el seno de una familia, la de los «Rosera», volcada siempre en mantener vivas las raíces de lo que un día fue Benidorm. Y ahí, en esa filosofía por no perder los orígenes, es donde comenzó a fraguarse desde muy pequeño el músico para el que no existen fronteras.

Sus inicios con el tabalet vinieron marcados por un hecho trágico. El primer tabaleter del pueblo del que tiene recuerdo es Jaume Pascual Santamaría, un muchacho que tocaba con Paco, el Sastre, y que falleció con sólo 13 años en el verano de 1981. Meses después, su tío Paco «Rosera» animó a este xirimiter a montar una escuela en La Barqueta para trasladar sus conocimientos a otros niños del pueblo. Y Juanjo, a quien desde bien pequeño le habían llamado la atención los músicos que venían de Algemesí a tocar por mayo en la Festa de la Creu, fue uno de los primeros alumnos de aquella «escoleta» creada en 1982.

Casi por inercia y sin ningún motivo que apoyara tal decisión, optó por el tabalet. «No puedo decir que fuera por una cosa o por otra. Me gustaba y mi padre le encargó a Josemi, el tabaleter que venía para La Creu, que le trajera uno para regalármelo», relata. «Lo empecé a tocar antes de que existiera la escuela, sin que nadie me enseñara, y así es como más he aprendido a tocar, de manera autodidacta». Para su hermano Kico quedó reservada la dulzaina. Con él formó la primera pareja, a la que se sumarían también en La Barqueta Juan Carlos Sánchez y Toni Domínguez para hacer una colla con la que se estrenó en la calle casi desde el primer día. «Tenía siete u ocho años y mi padre nos llevaba a los cuatro a tocar a las fiestas de Finestrat, a Alcalalí,... Tocábamos hasta en el Benidorm Palace», explica entre risas.

En el curso 84-85, vendría su ingreso en la Escuela de Xirimita del Conservatorio, donde comenzó a dar clases con Bessó, que desde muy pronto además de maestro se convirtió en compañero de «faena» hasta el día de hoy. Ahora compagina su trabajo como conserje de un colegio, aunque durante muchos años, antes de la crisis, se ganó la vida con lo que sacaba tocando. «Se podía vivir y se vivía bien».

Lleva con honor contar que ha tenido la suerte de tocar en lugares «donde no puede hacerlo cualquiera. O porque son cosas muy específicas que no todo el mundo sabe tocar o porque las hace la gente de cada pueblo y es difícil que cuenten contigo si no te conocen».

La «Arrancà» de las fiestas de Moros y Cristianos de Callosa d'en Sarrià, la Cabalgata de Reyes y el «Ball de La Moma» en la procesión del Corpus de Alcoy o la «Muixaranga» de Algemesí figuran en su particular sala de trofeos, donde ocupan un lugar preferente, en lo más alto del pódium, las copletas que se cantan en Benidorm a la Virgen del Sufragio. «Cuando era pequeño y quería tocar el tabalet, venían los Boronat de Callosa. Yo me fijaba en la persona que estaba tocando en el acto más representativo de las fiestas de mi pueblo y me imaginaba estar ahí algún día. Cuando pasan los años y logras hacer algo que tanto admirabas de niño, es lo máximo», mantiene.

Trotamundos

Se define como un músico de calle e intenta huir de todo lo que suponga interpretar encima de un escenario. «Nunca me ha importado tocar en un sitio grande o en un pueblo delante de cuatro. Mientras haya gente que te está escuchando, la emoción es la misma». Participa en pasacalles, ofrendas, desfiles, despertás, procesiones, «dances» y un sinfín de actos más casi en todo el Levante. También ha pisado auditorios en más de una decena de países, como EE UU, donde tocó con el Grupo de Danses de Benissa en Nueva York y Boston; Reino Unido, para presentar Terra Mítica en Londres; Alemania, con el Grup de Ball de Calp; y en festivales en Mónaco, Francia e Italia, entre otros. En todos esos lugares afirma que siempre ha dicho con orgullo ser de Benidorm. «Lo que más rabia me daba cuando iba por ahí a tocar es que me dijeran: "Tú d'on eres? De Benidorm? Pero si allí només hi ha castellans". No había cosa que peor me sentara», cuenta.

Festero irremediable
A su pasión por la música se une también su afición a la fiesta. «Una cosa lleva la otra». Peñista de Ganduls, en las Fiestas Mayores Patronales hace piruetas para no perder comba e intentar estar en todos los sitios a la vez. «Es verdad la leyenda de que los músicos son los últimos que se acuestan y los primeros que se levantan», reconoce. En su caso, por partida doble, porque además de formar parte de la Colla de Xirimiters de la Marina, también es percusionista de la Societat Musical L'Illa de Benidorm. Aún así, el sacrificio no le pesa: «Cuando haces lo que te gusta, no importa haber dormido poco o nada. Es lo que te gusta y lo haces. Punto». Amante también de los cohetes y la pólvora, le gustaría que las Patronales recuperaran algún día la «cordà», como van a hacer este año en las de Fiestrat.

Dice que seguirá tocando «hasta que ya no pueda. Nunca ha entrado en mis planes dejarlo, pero sé que llegará el día que...». Llegará el día, aunque antes de eso, no pierde la esperanza de tener un hijo para que le tome el relevo. «Sería un sueño».

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