RAQUEL LÓPEZ
La historia de Silvia Muñoz se resume en el refrán de que quien la sigue, la consigue. Antes de cumplir los 30, la báscula sobrepasaba los 110 kilos cada vez que se subía en ella. Se ahogaba jugando con sus hijos y como todas las personas obesas los espejos la entristecían. Hoy, con 40 kilos menos, y bajando, se ha convertido en entrenadora de un gimnasio para mujeres en La Vila. No ha recurrido a dietas ni pastillas milagrosas, ni lo suyo ha sido un éxito conseguido a corto plazo fruto de los propósitos de año nuevo. Simplemente ha perseverado, durante varios años, con el objetivo de cumplir una promesa que ha terminado cambiándole la vida. Y es que, aunque dice que lo que le sigue haciendo feliz son muchas más cosas que su mejorado físico, reconoce sentirse mejor que nunca pese a que el volumen de sus caderas sigue siendo mayor que el de algunas de sus pupilas.
Sin complejos, Silvia se ha convertido sin quererlo para muchas de sus vecinas en un ejemplo de voluntad y sacrificio. Un reto al que emular en unos tiempos donde imperan las enfermedades vinculadas a la alimentación y la discriminación por el físico.
Y es que Silvia era una de tantas mujeres con tendencia a engordar. Una niña "gordita" que cuando alcanzó los 24 y tuvo su primer hijo se puso en 110 kilos convirtiéndola en obesa.
Lejos de deprimirse, siguió con su vida normal, trabajando de dependienta y teniendo otro hijo. La meta de mejorar su aspecto y volverá a practicar deporte, como hacía de adolescente, se demoraba para "mañana". Hasta que un día su padre la hizo prometer que haría algo al respecto. Él estaba enfermo, a ella le costaba jugar con sus hijos. Hace de aquello cuatro años. Hoy su padre ya ha fallecido, y ella ha cumplido su promesa. Se comió la vergüenza apuntándose a un gimnasio con toda su plenitud de grasa, y cuando se puso en forma, le ofrecieron quedarse para entrenar a otras. Dejó su puesto fijo de dependienta y se lanzó. Junto a ella, en la sala de entrenamiento, hay un cartel que reza "quien nada hace, nada cambia".