El desembarco en La Vila

¡Guerra! ¡Visca Santa Marta!

Al alba se lanzaron desde sus naves los mahometanos a conquistar la plaza, que a la caída del día recuperarían los gallardos de la Cruz cobijados bajo la protección de su patrona

 18:57  
¡Guerra! ¡Visca Santa Marta!
¡Guerra! ¡Visca Santa Marta! 

RAQUEL LÓPEZ Era lunes, 28 de julio de 1538. Las hordas argelinas desplegaban su poder naval sobre la costa vilera con el objetivo de conquistar la plaza y hacerse con sus riquezas. Sus habitantes habían sido avisados y esperaban la embestida, liderada por un hombre cuyo nombre, hoy día, se cree distinto al citado durante más de dos siglos de celebraciones de la epopeya. Los estudios realizados por el historiador vilero Vicente Márquez podrían cambiar el epílogo de la hazaña que hizo de estas fechas los días grandes del pueblo: Hayge Bexeres, llamado "Almi Baxa", califa y sucesor de Jeredin Barbarroja, pudo ser el "renegado sardo" que lideró el desembarco vilero, y no Zalé Arraez como hasta ahora se ha mantenido. Una hipótesis que parte de los escritos hallados por el ilustrado de la fiesta en los archivos de Simancas, Reino de Valencia y Corona de Aragón. Ellos apuntan, según explica el historiador, a que el moro de Alejandría, Arraez, "estaría más pendiente del acontecimiento que tendría lugar en septiembre, la batalla de Prevenza, cuyos preparativos comenzaron en febrero, que de las correrías de la costa".
Ayer, los parlamentos citaron la versión difundida hasta la fecha, otorgando la estrategia de la incursión a Arraez, aunque el soberano marroquí tenía otro nombre: Juan Lloret Infante, Rey Moro 2010, de la compañía Moros del Riff.

La contienda
Pasadas las tres de la mañana la música acompañó la marcha de las legiones moras. Iban a embarcar, tras reponer fuerzas, en las naves adornadas con velas de la Media Luna. Ya fondeados frente a la costa, les llegaban los ecos de la tamborrada que marcó el paso, dos horas después, a la bajada de tropas cristianas a la playa Centro. Los de la Cruz ocuparon la arena armados de arcabuces y cañones para rechazar el ataque naval. Aún quedaba para el alba, cuando centenares de personas llenaron los flancos del coto de playa cercado para la batalla y buscaron acomodo para presenciar el espectáculo en las inmediaciones del castillo. Sobre él se distinguía la silueta del Rey Cristiano 2010, Vicente Santapau, junto a su reina y caballeros. Pasaban las seis cuando asomó una tenue luz tras las colinas del Torres y arribó una barca a la orilla. En ella, el primer emisario infiel pisaba tierra para exponer las condiciones de la rendición de la villa. Leyó entonces el escrito de su señor: "Zalé Arraez es mi nombre, bajeles llenos tengo, y a un solo gesto, los moros desembarcarán y destrozarán vuestras tropas salvo que la rendición aceptéis". No intimidó al soberano cristiano. "Ve y dile a tu sultán que no acepto sus condiciones [É] Por la tierra lucharemos hasta expulsar a sus invasores... ¡Guerra! ¡Guerra! ¡Ganemos Cristianos! ¡Visca La Vila Joiosa, visca Santa Marta!". Llegó la hora de los héroes.
Las tropas tunecinas desembarcaron raudas desplegando su desmesurada crueldad en una batalla cuerpo a cuerpo librada sobre la arena. La imagen de la patrona se alzó sobre el espigón de la desembocadura del río Amadorio. Una grúa sostuvo su estampa de luces de artificio mientras sus devotos luchaban en la arena.
A las 7.25 horas llegó a las puertas de la fortaleza la Embajada Mora para exigir de nuevo la rendición. El cruzado corsario fue advertido que al soberano sarraceno "nada se le resiste" y ahora es su empeño poseer "la villa de las joyas". Jura por Mahoma que si no se rinden terminarán implorando "piedad a la bravura mora". Pese a las amenazas y promesas de riquezas que darían si claudicaba, el gobernador retomó la lucha.
La suerte, esquiva en esta ocasión, dejó al Rey Moro sobre la atalaya. La bandera de la Media Luna ondeó ante el fervor de sus huestes quedando enarbolado el pendón musulmán en la fortificación.
No fue hasta la tarde cuando llegó la reconquista. Una nueva batalla cargada de artillería pesada y olor de la pólvora se libró tras la negativa del moro a devolver el puesto a su legítimo dueño, como era la intención del embajador cristiano. Al fin, los devotos de Santa Marta alcanzaron la victoria, volviendo a hacer ondear las banderas de la gran Cruz desde los torreones de la fortaleza.
Después, subieron todos los festeros a la Parroquia de la Asunción, al acto de gracias a su patrona a la que cantaron "los gozos". Al final del día, con la presencia de los reyes Moro y Cristiano, 21 salvas de honor anunciaron el día de la patrona.

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