RAQUEL LÓPEZ
Sobre las 12.20 horas, el sonido del segundo toque de trompetas anunciaba la llegada del príncipe Kairuan y la reina mora Suana a las puertas de la fortaleza, dando así comienzo al "Parlamento", primer acto de la última jornada de las fiestas de Moros y Cristianos de Benidorm 2009.
"Ruego se detenga el caballero que con tanta osadía llega a las puertas del castillo", se oyó decir al Alcaide desde lo alto de la almazara, preguntando por la identidad de tan vistosa comitiva. El príncipe Kairuan se presentó entonces a sí mismo como mensajero y súbdito de la reina de Túnez, mencionando el lejano parentesco con el profeta Mahoma. Tras desvelar su persona, el capitán general de la soberana musulmana reclamó el castillo, cuya propiedad, según dijo, a ella le correspondía por derecho de herencia, poniendo como prueba de ello el propio nombre de la villa, Benidorm, derivado del de sus pobladores, los Beni-harhims.
Para desconcierto del africano la respuesta del alcaide tumbó el argumento expuesto para recuperar el territorio. Éste le recordó que, tal y como dictan las leyes de los hombres, las tierras son de quienes las poseen cuando estas son abandonadas. Así fue como encontraron los cristianos las ensenadas y costas de la villa, siendo declarada "res nulius" (tierra de nadie), explicó el de la Cruz. El moro intentó en vano refutar la hipótesis. En ello estaba cuando el alcaide mencionó al temido -en tierras lejanas- almirante Bernat de Sarriá, que otorgó la Carta de población el 8 de mayo de 1325, que más tarde sería ratificada por el rey Jaime II. Dicho esto, el cruzado recitó de memoria el documento para no dejar atisbo de duda sobre su existencia. Aun así, continuó su parlamento demostrando al tunecino lo mucho que sabía sobre su cultura, legado del almirante a los nuevos pobladores. Como prueba de esto último, listó varios topónimos árabes que hasta hoy se mantienen en la zona, como son la fuente de la Favara, El Albir, L´Almafra, Canfali y Armanello.
Aceptado el hecho del derecho perdido, el príncipe moro alzó la voz diciendo: "¡Que arríen las banderas de la guerra e icen las de la paz!". El alcaide respondió: ¡Traed pétalos de rosa y claveles, que Benidorm recibe hoy al príncipe de Kairuan, en la más cordial bienvenida!". Y tras esto, alcaide, príncipe y soberanos se saludaron amistosos a la puerta del castillo, emprendiendo minutos más tarde camino hacia la iglesia de San Jaime Apóstol.
Esta comitiva la abrió la Colla de Xirimiters, seguida de miembros de la Comisión de Fiestas de Moros y Cristianos, y las filaes Nazaríes, Benidar-hims, Tuaregs, Tagarinos, Cruzados, Astures, Contrabandistas y Cavallers de la Baronía. Cerrando la procesión, el alcalde de Benidorm, Agustín Navarro, el presidente de la Comisión de Fiestas, la reina mora y el rey cristiano, y resto de ediles de la Corporación. Todos ellos fueron llegando, próximos a la una de la tarde, a la iglesia para entregar las flores, a excepción de la filà Tagarinos que optó por donar alimentos. Cerrada la ofrenda, se ofició una misa mayor, cantada por la asociación cultural local "La Barqueta".
Ya por la tarde, las fiestas decían adiós con el desfile de carrozas. Un total de ocho plataformas y un autobús, desde las cuales los festeros lanzaron a los espectadores caramelos y confeti, haciendo felices a los más pequeños, y no tanto a los espectadores de mayor edad. Muchos de ellos optaron por abandonar sus acomodadas posiciones, en las sillas dispuestas en las aceras, para protegerse de la dulce artillería que iba dejando la cabalgata.
Poco antes de las nueve de la noche, las fiestas decían adiós, como cada año, al olor y enorme estruendo de la pólvora, con la gran Mascletà nocturna que se disparó en la avenida del Mediterráneo.