RAQUEL LÓPEZ
Guerra de pólvora, cañón y fuego. Así fue ayer la lucha por la posesión del castillo de la villa en una jornada festera que daba comienzo a las diez de la mañana con las filaes moras y cristianas participando en la Diana que recorrió las calles céntricas de Benidorm. Un acto que terminó a las puertas de la fortaleza, desde cuyo balcón, a las doce del mediodía, la concejal de Fiestas, Cristina Escoda, en nombre del alcalde, hizo entrega de las llaves de la ciudad al rey cristiano, Francisco Javier Freijido.
Seis horas después, frente a una multitud de vecinos y curiosos, el embajador moro reclamaba a las puertas del castillo permiso para que su pueblo viviera en la ensenada compartiendo ambos las tierras. Una engañosa oferta que chocó con la férrea negativa cristiana empujando el careo diplomático hacia la guerra. "¡Príncipe infiel, recoge tus tropas y parte a tierras africanas, o luciremos cotas y mallas, pues de nada valen las palabras y ya descansan en Dios las armas!", gritó desde lo alto de la fortaleza el de la Cruz y las Barras. "¡En las banderas verdes las medias lunas se alzan ante el derecho de mis gentes de recuperar sus casas! ¡Marchad cristianos!, respondía el sarraceno. Minutos después ambos bandos lanzaban al unísono "¡guerra, guerra!", y daba comienzo el estruendoso Alardo.
La mitad de los más de ochenta kilos de pólvora que se dispararon en la tarde de ayer ensordecieron el centro de la ciudad en el combate "a cañón y fuego" librado a las puertas del castillo. Musulmanes y cristianos luchaban, trabuco en mano, por la conquista de la plaza. Un embiste en el que resultaron victoriosas las huestes moras, aunque no por mucho tiempo. La reina Mora, Suana Escudero, de Musulmanes Tagarinos, resplandecía sobre la atalaya cuando las tropas cristianas llegaban al lugar para realizar su embajada. El toque de trompetas advirtió de su presencia, y los parlamentos volvieron a intercambiarse en vano, hasta decidir, ambos bandos, limitar la guerra a un duelo para evitar la encarnizada batalla. El guerrero que venciera ganaría para su rey la preciada fortaleza. Y así, uno invocando a Dios y el otro a Alá, los dos luchadores combatieron cuerpo a cuerpo hasta que, a traición y por la espalda, el tunecino arrebató la vida al cruzado.
Gracias a tan vil treta, la suerte volvió a sonreír a la guerra. Ambos bandos retomaron la lucha sin cuartel por el control de la preciada villa. Un enfrentamiento en el que dispararon los más de 40 kilos de pólvora que les restaba del primer combate. Y así, el bando de la Cruz reconquistó el castillo, alzándose victorioso sobre el mismo ante el júbilo de sus súbditos.