M. J. SANMARTÍN
La Conselleria de Agricultura, Pesca y Alimentación ha invertido más de 12 millones de euros en la construcción de 41 arrecifes, que protegen más de 200 kilómetros de costa a lo largo de toda la Comunidad Valenciana. Las aguas santapoleras son unas de las beneficiadas por la instalación de estos arrecifes que tienen como objetivo aumentar la producción pesquera y, al mismo tiempo, proteger y recuperar los fondos marinos de interés.
En concreto, en las costas de Alicante, el organismo autonómico ha ubicado 19 arrecifes, que se reparten frente al litoral de Santa Pola, Tabarca, Calpe, Benidorm, Torrevieja, El Campello, Guardamar, Altea, La Vila Joiosa y Alicante. Ello supone un área directamente protegida por más de 4.300 módulos que ocupan una superficie de 5.600 hectáreas.
Esta actuación se encuentra enmarcada dentro del Plan Director de Pesca 2008-2013, entre cuyos ejes estratégicos figura la protección del medio marino, con el objetivo de garantizar el futuro de la actividad y la optimización de los recursos pesqueros.
En este sentido, el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Santa Pola, José Ramón García, explica que aún es pronto para apreciar los efectos de los arrecifes marinos en estas aguas, ya que "no sabría decir si se ha notado de cara a la pesca ya", pero reconoce que hay estudios de expertos al respecto que explican los aspectos positivos de los mismos, por lo que "hay que darle un voto de confianza", señala.
De hecho, el responsable recuerda que "donde hay arrecifes artificiales está prohibida la pesca. Eso significa un entorno protegido que es bueno para la recuperación de las especies, del mismo modo que las paradas biológicas".
En esto mismo coincide la Conselleria de Pesca, desde donde apuntan que los arrecifes artificiales constituyen "la mejor opción para la recuperación de los caladeros, dado su efecto disuasorio sobre la pesca de fondo, por el peligro de enganche y rotura de las redes que supone, lo que evita que ésta se lleve a cabo de forma indiscriminada y produzca efectos devastadores en áreas de poca profundidad, ya que su ejercicio afecta a las praderas submarinas, bancos de moluscos y a los peces de tamaño no comercial".
Además, según explican, "la productividad de un arrecife dobla la que se produce en el ambiente natural, ya que estos sustratos de hormigón sumergidos en las aguas aparecen recubiertos de gran cantidad de organismos, algas y microfauna que aseguran el alimento de los peces, convirtiéndose en auténticos refugios para la pesca".