Niccolò Ammaniti (Roma, 1966) es un escritor de moda que cultiva en sus obras, al parecer, el humor vitriólico y la crítica social despiadada, en el marco de una Italia, que, o bien se toma su convulsa realidad política a broma, o bien tendrá que optar por internarse en un manicomio para países de la Comunidad Europea. Que se ponga a la cola.
Al catalogar el estilo de Ammaniti, he indicado "al parecer", porque solo conozco una novela suya, Que empiece la fiesta (Anagrama , 2011) y porque las noticias en torno al resto de sus libros, cosechadas en alguna que otra reseña literaria y el breve espacio de una "solapilla", confirman cuanto acabo de leer en mi primer encuentro con el escritor romano. Una lectura feliz, relajada, muy recomendable para estos días amables de junio, solo interrumpida por el sobresalto de la carcajada y el asombro que suelen causar pasajes desopilantes, propios de una imaginación desbocada.
Que empiece la fiesta es la historia de un grupo satánico, en crisis, cuyas hazañas para meter miedo al país, poseen el mismo efecto mediático que una nueva noticia sobre la corrupción en la prensa valenciana. Los miembros de Las bestias de Abdón, cuatro descerebrados, producto de un mundo desquiciado, hambrientos de notoriedad, ante la inminencia de su disolución por falta de rituales impactantes, deciden organizar un tremendo sacrificio humano, a mayor gloria del Señor de las Tinieblas, que les sitúe a la misma altura, pongamos por caso, que un escándalo de Berlusconi. Y, la ocasión, la pintan calva, cuando descubren que pueden dar el golpe en la "macrofiesta" que, el rico constructor, y antiguo mafioso, Sasà Chiatti, proyecta organizar en Villa Ada, adquirida al Ayuntamiento romano, por métodos poco correctos. Una fiesta en la que la diversión principal girará en torno al noble deporte de la caza mayor.
El argumento, de entrada, no puede ser más descacharrante. Solo que la historia no se reduce a narrar las peripecias de Las bestias de Abdón y se mezcla con las cuitas de un escritor de moda: Fabricio Ciba; uno de esos tipos pelmazos que solo hablan de sus escritos, con el mismo placer con el que se descubren, cada mañana, al rasurarse la barba ante el espejo. A partir de Fabricio Ciba y de sus amistades, invitados también a la fiesta, el relato se hace coral a través de una galería de estereotipos, extraídos de esa cazuela donde bulle una "jet set" compuesta por artistas, políticos, estrellas de la canción y todos cuanto mueven, o se embolsan, dinero en la capital del Tiber. Que al sacar de la cazuela a toda esta divertida fauna, Ammaniti, lo haga sin proporcionarle más de un hervor, es cosa ya propia de los recursos de un humorista crítico, que parece haberse dado una vuelta por el Callejón del Gato, donde solía perderse don Ramón del Valle Inclán para similares menesteres. Y con tales mimbres esperpénticos, la cosa -o sea, la novela- funciona con pasmosa amenidad, un estilo limpio, directísimo, amenizado con las justas referencias a la "rabiosa actualidad" para que el relato goce de la suficiente intemporalidad, y no se convierta en un fruto, solo apto, para degustarlo en este junio, radiante, que anuncia las vacaciones más precarias de nuestras vidas.
La precariedad estival no tiene porque estar presidida por la tristeza. Ya sabemos aquello de "en casa no comemos, pero nos reímos mucho". Y en el fondo de las librerías, siempre aguardan, centinelas alerta del humor, autores como Woodehouse, Saki, Woody Allen, Jardiel, Azcona, o el primer Evelyn Waugh. Yo todavía estoy riendo al recordar una frase de Ammaniti en el capítulo de "agradecimientos" de su libro, donde tras contarnos toda serie de atrocidades venatorias, avisa: "Ningún animal ha sufrido maltratos, ni ha sido herido durante la redacción de esta novela". No me alivia de mi condición de "indignado", es cierto; pero tampoco voy a darle gusto al Sasà Chiatti de turno, poniendo cara de funeral, antes de pensar como poder joderle.