Pícara, creyente y subversiva

La escritora marroquí Saphia Azzeddine cuestiona el papel de la mujer musulmana en el libro Confesiones a Alá

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La escritora Saphia Azzedinne.
La escritora Saphia Azzedinne.  información

La escritora marroquí Saphia Azzeddine cuestiona el papel de la mujer musulmana en el libro Confesiones a Alá, cuya protagonista expone con crudeza su drama diario sin abandonar el humor ni dejar de conversar con su dios

POR MAR LANGA PIZARRO Confesiones a Alá parece un Lazarillo de Tormes pasado por un tamiz femenino y musulmán.

Su comienzo resulta crudo hasta la brutalidad. Con un distanciamiento implacable, Jbara muestra la miseria de su adolescencia ("Soy pobre y vivo en el culo del mundo. Con mi padre, mi madre, mis cuatro hermanos y mis tres hermanas. Los pobres follamos como animales simplemente porque es gratis"), rodeada de fealdad y prohibiciones ("En mi pueblucho reina la ignorancia. [É] En mi casa, todo es haram"). Sin transición, presenciamos cómo Jbara es penetrada por un Miloud, un pastor desdentado que "apesta [É] algo que se asemeja a la leche agria se me desliza por los muslos. Al secarse, se me pega al vello. Es asqueroso".

Les aseguro que no he elegido el fragmento más procaz. Si les resulta desagradable, les tiendo la receta de la protagonista: "Dejen de hacer ¡puajh! No puedo sacar poesía de donde no la hay. [...] La miseria huele a culo. Y el culo de Miloud no ha conocido nunca el agua". No obstante, ella solo piensa en el yogur de granadina que obtiene a cambio: "Qué suerte conseguir galletas de chocolate y yogures por tan poca cosa".

Otra forma de suerte se cruza en su camino, cuando cae una lujosa maleta rosada desde el autobús que pasa dos veces por semana. Poco después, descubre su embarazo, su familia la echa de casa y, maleta en mano, se va a la ciudad. Comienza así su ascenso social: limpiadora y prostituta; criada en casa de una familia rica, y violada por el hijo; chica de compañía de alto nivel, dispuesta a cualquier vejación a cambio de dinero. Cuando este fluye por sus manos, la convierte en una santa ante los ojos voluntariamente ciegos de su padre, y la hace sentirse superior al jardinero que le pide matrimonio, poco antes de ser detenida y encarcelada. De nuevo en libertad, acepta ser la tercera esposa de un imán que desconoce su pasado. Aunque se cubre de pies a cabeza, Jbara no se doblega, sino que se esconde para aprender a leer.

La protagonista va cambiando de aspecto y de nombre (Sherezade como prostituta, Khadija como fiel esposa), pero nunca abandona el humor ni deja de conversar con Alá. Creerse escuchada le da fuerzas para continuar, para superar las humillaciones y los obstáculos; y también para cuestionar: "Para que el hombre no tenga pensamientos impuros, las mujeres deben ocultar sus atuendos. Así está escrito y no parece molestarle a nadie: es él quien tiene los pensamientos impuros, pero soy yo quien debe ocultarse bajo un velo. ¡No tiene el menor sentido!".

Con una mezcla de rebelión y sumisión, esta mujer se proclama la única responsable de su destino ("No soporto a la gente que culpa a los demás de sus males ni mucho menos a los que te culpan a Ti") y considera que Alá, aunque no acepte su forma de vida, la entenderá.

Saphia Azzeddine (Marruecos, 1981), de padre marroquí y madre normando-marroquí, vivió la primera infancia en su país natal, y a los diez años se instaló en Francia. Estudió sociología, y trabajó en un diario de Ginebra antes de recalar en la literatura. A Confesiones a Alá (adaptada al teatro con gran éxito), siguió Mon père est femme de ménage, que ha sido llevada al cine por ella misma, y está protagonizada por un niño francés que vive en la periferia, y busca salidas a su mediocridad vital a través de la lectura. En el fondo, se trata de la misma fórmula que propone Jbara: "Erradiquen las ratas, erradiquen los barrios de chabolas y verán cómo las barbas integristas serán cada vez más cortas".

Esa frescura (a veces, heladora) y esa cercanía (en ocasiones, áspera) hacen que esta novela tan obvia provoque una sensación de inquietante ambigüedad.

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