El día 11 de junio de 1981 se estrenaba en los Estados Unidos En busca del arca perdida, la primera entrega de la saga de Indiana Jones, dirigida por Steven Spielberg. Su éxito espectacular era la confirmación de la medida más eficaz, planteada por los jóvenes productores de Hollywood, para hacer frente a la competencia de la televisión, y volver a llenar las salas de exhibición. Si años antes, se había considerado que el "sexo" era la única alternativa, ahora se ponía de patitas en la calle a Russ Meyer y a sus alegres tetudas y triunfaban las ideas de los "locos moteros". Nada de películas con actores envejecidos protagonizando filmes con abundantes y tediosos diálogos. Para sacar de los bolsillos de los adolescentes los dólares que se gastaban en música, ropa y hamburguesas, lo mejor era ofrecerles, en pantalla grande, dosis masivas de "acción, sentimientos y muchos efectos especiales". George Lucas, John Milius, Joe Dante, y el mismo Spielberg, se habían subido a la cresta de la ola, en una tabla de surf, sobre la que navegaban American Graffiti, Tiburón, Pirañas, ET y todas las "guerras de las galaxias" habidas y por haber. Indiana Jones era la última franquicia de unos realizadores que pertenecían a la pandilla de los "niños descarriados" capitaneados por Peter Pan. Una pandilla curtida en el cine de aventuras, de serie B, de los años cincuenta, y en todos los héroes, más o menos enmascarados, que habían recorrido el universo de los tebeos. Lo mismo que les ocurría a los "treintañeros" de medio mundo, en 1981.
Y ¿Qué fue, si no, En busca del Arca perdida? Una pura operación nostalgia. Un disparate que reaccionaba contra los excesos intelectuales de todas las "nuevas olas" de las décadas anteriores, para recobrar la espectacularidad visual, que no quería saber nada de subtítulos o doblajes complicados. La mera imagen de Indiana, con sombrero de fieltro y su cazadora de cuero, era la de Charlton Heston, en un producto mediocre, de exóticas aventuras, que golpeaban en la imaginación, titulado El tesoro de los incas y dirigido por Jerry Hooper en 1954. Los quince primeros minutos del "Arca", en la gruta de la selva, constituían una antología, inverosímil, de trampas saduceas acumuladas con un ritmo frenético, sin más criterio lógico que mantener la boca del espectador abierta, como la de un niño viendo volar al hombre-bala, bajo la carpa de un circo. En otra escena, Indiana atravesaba las profundidades de medio Mediterráneo, asido a la torreta del periscopio de un submarino, sin que ningún espectador arrojase la bolsa de palomitas contra la pantalla. El "Arca", era, en fin, nada más y nada menos, que "una radio para hablar con Dios", según decía uno de los personajes, por la simple razón de que los teléfonos móviles no se habían inventado.
Resulta difícil olvidar la tarde aquella en que vimos, por primera vez, a Harrison Ford abriéndonos, de nuevo, las puertas de la infancia, mientras hacía restallar su látigo y dibujaba en la aire la ruta, ya olvidada, que conducía al país de Nunca Jamás.
Por cierto ¿Qué hacia usted, amable lector, en 1981? Este cronista, ya avejentado, tenía entonces otra esposa; tan solo un niño de tres años; veía en su aparato de TV, en blanco y negro, dos cadenas -la Primera y el UHF- y todavía se asustaba cuando encontraba en un cajón un sello de cinco pesetas con la imagen del general Franco. Ahora vive con otra señora; aumentó la familia; no tiene un puto euro; y le asustan los políticos valencianos que se parecen a Florinda Chico y a Juanjo Menéndez. Para salir de su estupor, aguarda, con esperanza si no el regreso regeneracionista de una Tercera República, al menos la quinta entrega de las aventuras de Indiana Jones. Feliz cumpleaños, Indy.