La felicidad de sentirse triste

Una corriente pesimista de la condición humana late en los fotogramas del director de Annie Hall

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Y a pesar de ello sonreímos en medio de esa oscuridad retratada. Midnight in Paris es una película mucho más luminosa que alguna de sus anteriores historias

P0R JUAN NAVARRO DE SAN PÍO ¿No es acaso Woody Allen un "género" dentro del cine? Sus películas conforman un mundo propio con sus reconocibles personajes obsesivos y dubitativos, atravesados por interminables crisis afectivas e intelectuales. Jean Renoir decía que todo cineasta emplea su vida en realizar la misma película, como si se tratara de variaciones sobre un mismo tema. Como a la mayoría de los niños que desean escuchar una y otra vez la misma historia, algo parecido sucede cuando esperamos ansiosamente el estreno de su última película. Encontrar cada año una nueva ración de Woody Allen es, como dice Fernando Trueba, un gozoso "rito irrenunciable", al "saber que vas a ver algo familiar y sin embargo siempre distinto".

Midnight in Paris (2011), que inauguró el Festival de Cannes fuera de la sección oficial, convoca en la retina del espectador multitud de recuerdos pertenecientes a anteriores películas: la sinfonía de imágenes urbanas con que se iniciaba Manhattan da paso aquí a un sugerente retrato primaveral de París, ciudad que, además, había sido parte del escenario de Todos dicen I love you (1996); el deseo de escapar de la realidad cotidiana que en La rosa púrpura del Cairo (1985) ofrecía la pantalla de cine, se traslada aquí al mundo de la literatura al que accede su protagonista perdiéndose en las calles de su ciudad amada; o la admiración estética y vital hacia una misma época, el primer tercio del siglo XX, como ya ocurriera en Balas sobre Broadway (1994).

Una corriente pesimista, o cuanto menos escéptica, de la condición humana late en cada uno de los fotogramas del director de Annie Hall. Y a pesar de ello sonreímos en medio de esa oscuridad retratada. Midnight in Paris es una película mucho más luminosa y vitalista que alguna de sus anteriores historias londinenses (Match Point, 2005, y El sueño de Casandra, 2007, son un enigmático y fascinante contrapunto a su dilatada filmografía) o en la nihilista Si la cosa funciona (2009).

La crisis de identidad que sufre el protagonista de su última película, el guionista con aspiraciones literarias Gil Pender, viene dada por lo que un personaje de la película denomina "complejo de la Edad de Oro": la incapacidad de vivir plenamente el presente al considerar que el esplendor pertenece siempre a una época anterior. Extraño y desplazado de su presente anodino por esta enfermedad del tiempo, Gil Pender vive en el París de las vanguardias, recreado a modo de "parque temático" cultural, por el que deambulan, entre otros, Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertrud Stein, Picasso, Dalí, Buñuel (¿no sería ésta la película que Woody Allen quería hacer sobre España en vez de la desconcertante y decepcionante Vicky Cristina Barcelona?).

"La melancolía es la felicidad de sentirse triste", escribió Víctor Hugo. Aunque Woody Allen lanza una mirada crítica hacia la seducción nostálgica y las veleidades intelectualistas, lo cierto es que Midnight in Paris parece sugerir, en última instancia, la inevitabilidad de transformar una ciudad en una serie de imágenes turísticas y culturales que condicionan nuestra mirada.

Del mismo modo que Woody Allen vuelca sus paisajes soñados sobre la capital del Sena a partir de lo que otros cineastas, escritores, pintores o músicos reflejaron en ella, cualquier viajero que descubra Manhattan difícilmente logrará desprenderse, entre otros motivos, de los compases iniciales de Rhapsody in Blue mientras la ciudad amanece radiante. Por eso en ocasiones la imagen pasada, propia o ajena, acaba oscureciendo y difuminando el referente presente.

No sé si "la imagen de la realidad es mejor que la realidad misma como pensaba Azorín. Mejor o no, sí que parece claro que el horizonte inmediato del espectador, paseando en una ciudad o sentado en una sala de cine, es el de la imagen vivida. Vaciamos nuestra mirada y pensamiento sobre el lugar, construyendo así un paisaje habitable, a la medida de deseos y sueños.

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