La hermenéutica del sujeto, habla Michel Foucault del filósofo o consejero particular que tenían algunos patricios romanos, dentro de una relación clientelar parecida, salvadas todas las distancias, a la narrada por Don Juan Manuel entre el conde Lucanor y su ayo Patronio. Frente al filósofo en abstracto, el filósofo privado atendía a un interés concreto y era necesariamente parcial: "o estoico o epicúreo; o platónico o peripatético". Tratando sobre ello en una tertulia informal, alguien condenó la tendencia a reducir la compleja realidad a un dilema: A o B; lo que, en el ámbito civil, le obligaría a él, conservador y alicantino, a definirse como campista o ripollista, convertidos así los políticos referidos en último eslabón de esas nobles parejas de contrarios: Séneca y Epicuro, o Platón y Aristóteles, ea.
Puesto en ese brete, creo que yo echaría pies por alto y elegiría ser de los otros, cualesquiera que fueran los unos; sin embargo, no tengo empacho alguno en aceptar ciertos dilemas éticos, y asumir, por ejemplo, que soy más epicúreo que estoico. Y eso que en mi furiosa juventud fui un estoico de libro y casi de cilicio, que reproducía como un papagayo el "frangar, non flectar" (antes romperme que doblarme), un lema inflexible como una piedra, y por eso lapidario. Estoico en mi escuálida juventud, en mi oronda madurez soy epicúreo. Amigo de mis pocos amigos, enemigo del paternalismo estatal y entregado a vicios modestos, veo batir las olas contra los acantilados, pero no me meto en el mar encrespado; me solazo con algunas cosas del mundo y amo los jardines, aun asumiendo que nunca tendrán el prestigio de que gozan los desiertos, del mismo modo que los cultivados seguidores de Horacio no alcanzarán nunca el fervor de los devotos de Mallarmé o de San Juan de la Cruz.
A propósito de San Juan, he disfrutado como lo haría un "cerdo de la piara de Epicuro" (así se autodefinió humorísticamente Horacio) leyendo un mecanoscrito que arranqué con trabajo de su autor, Eduardo Alonso, a quien admiro desde que leí hace ya muchos años aquella recreación de Quevedo encarcelado en San Marcos de León, titulada El insomnio de una noche de invierno. Retirado del mundanal ruido y jubilado de su cátedra de instituto, ni siquiera es probable que Eduardo Alonso termine publicando esta excelente novela biográfica sobre San Juan de la Cruz, aunque espero que me perdone la indiscreción de propalar su existencia. Debo decir, no obstante, que aunque la novela me ha entusiasmado, con el fray Juan protagonista tengo sentimientos encontrados, por su desprecio de lo mundano y cierta aspereza en el trato con los hombres, sobre todo si entiende que van a distraerlo de su nadismo contemplativo. Entregado al vacío espiritual y a la negación del cuerpo, veo en él la paradoja a que se refería José María Cumbreño, joven poeta al que apenas conocía y que estoy descubriendo con admiración: "Si se cierra un ojo se ve la mitad del mundo. Si se cierran los dos, se ve el mundo entero". Asombroso, en fin, el santico fray Juan, estoico puro en clave cristiana en primera instancia (vía purgativa), y luego ya santo de las nadas: un fray Juan, si se me permite el sacrilegio, precursor de Alberto Caeiro, el heterónimo de Fernando Pessoa, para quien ya es bastante metafísica poner la mente en blanco y no pensar en cosa alguna.