El pabellón de Italia en la Bienal de Venecia ha provocado, como se esperaba, una considerable polémica en aquel país. Desde el momento en que se nombró comisario a Vittorio Sgarbi, todo el mundo dio por hecho que tal cosa sucedería. Crítico de arte, tertuliano de la televisión, polemista, Sgarbi es uno de esos personajes cuyo negocio consiste en no pasar desapercibido. El pabellón italiano debía, pues, reflejar esa personalidad que busca el escándalo para atraer a los medios de comunicación, que es tanto como decir a la publicidad y al público. Desde su título, El arte no es cosa nostra, hasta su contenido, todo se ha encaminado hacia ese objetivo. Si hemos de hacer caso a lo mucho que han escrito los periódicos, el éxito ha sido absoluto, como se pretendía.
No podemos decir que Sgarbi haya trabajado en exceso para preparar la exposición. El crítico se ha limitado a consultar su agenda y pedir a periodistas, autores y amigos que eligieran un artista o una obra de su gusto. De ese modo, ha llenado el recinto con instalaciones, piezas, fotos, pinturas... Un totum revolutum donde Piero della Francesca puede aparecer junto a un retrato de Silvio Berlusconi. Los irritados han calificado al pabellón de "depósito de inmundicia" y "mermelada visual". Para alguno, la muestra marca el nivel más bajo de la historia de la Bienal. Sgarbi se defiende y dice que su intención era librar al arte contemporáneo de los prejuicios y las imposiciones de los comisarios y los galeristas.
Visto desde una cierta distancia, todo apunta a que nos encontramos frente uno de esos espectáculos que muestran sin rodeos el carácter del arte actual. ¿Es algo más que espectáculo el arte de hoy? Un profesor francés, Marc Fumaroli, ha dedicado más de novecientas páginas para mostrarnos, en un estudio exhaustivo, la "barnumización" que rodea al arte contemporáneo. ¿Por qué los artistas han escogido ese camino? ¿Existía otra manera de adaptarse a las necesidades de la sociedad? En contra de lo que sucedía en el pasado, la sociedad no está dirigida hoy por unas elites que determinan el gusto, sino por unas masas que exigen sus derechos democráticos. Lo que llamamos arte contemporáneo es, en buena medida, un gigantesco esfuerzo por conciliar las obras de arte con las necesidades de esa sociedad. A fin de cuentas, el arte -aunque a algunas personas puedan desalentarse por ello- no deja de ser una convención social.
Para el nuevo director de la Tate Modern, Chris Dercon, los museos se han convertido en verdaderos medios de comunicación de masas. No le falta razón. Afirmar que el museo participa de la industria del entretenimiento y de la información, ya no escandaliza a nadie. Al contrario, se considera como algo positivo y se censura a quien no sigue ese camino. El papel del museo ha cambiado en consonancia con el papel del arte, y éste de acuerdo con los deseos del público y del mercado. Lo que llamamos arte es hoy una actividad económica de gran importancia, y la producción artística está sometida a las reglas de la economía. Dercon -como Sgarbi- sabe que el arte actual debe contentar a las masas, entretenerlas con cosas nuevas, aureoladas de prestigio.