Pureza y pobreza del nombrar

Los poemas de Nombres del árbol de Antonio Moreno son el relato de su aventura espiritual, la notación del despliegue de su intimidad, la memoria de su camino interior

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POR JOSÉ LUIS VIDAL CARRERAS ¥

Hay en este hermoso libro un poema (Una ambición) que dice: "No es mucha mi ambición, apenas nada: ... / ser el nombre que quiere recordarse y que al final se olvida". El poema nos confía el anhelo de su autor: un eros que llama "ambición", quizás evitando la solemnidad de una expresión más noble, o elevando la que la rutina rebaja. Y, en el seno de la enumeración de fenómenos que la definen sin agotarla, encontramos este de "ser nombre" en la agonía de recordarse para olvidarse. Este es un nudo pesimista en un libro expectante, lleno de amor y de tiempo rico e inmóvil ("reposo", que diría su autor); y presenta, insistiendo con variadas modulaciones, el motivo, o la contradicción consentida, de la voz consciente de la inoperancia de su hablar, pero incapaz, a la vez, de callar. La confesión de la vacuidad del esfuerzo de nombrar, junto a la pulsión de seguir haciéndolo, coloca a su autor en una situación imposible, que, resulta ser, para quien esto escribe, un aspecto conmovedor de este libro y de la obra en general de este poeta: su drama. Drama que admitiría bien el contrapunto del humor; pero que Antonio Moreno resuelve con resignación humilde y alborozada ("Tengo suerte: [...] Me corresponde hablar...", 10 de octubre de 2007). Dicho con sus propias palabras, aunque en otro contexto: "Siento la eternidad en quienes pasan / -ya lo he dicho- pero es inevitable / repetirlo una y otra vez..." Su consciente insistir en la vanidad de las palabras, frente a los seres que nombran y su silencio, nos trae la memoria del Sísifo de Camus (El mito de Sísifo, 1942): un héroe trágico por la consciente reiteración de su inútil esfuerzo ("... salvo aquello que dicen sin herir / ni empañar el silencio de las cosas. / Qué vanas siento entonces mis palabras.", Una belleza). Este aspecto, paradójico y unamuniano, de su obra la emparenta con las que llevan, dentro de sí, algo que caracteriza profundamente al ser del hombre.

Antonio Moreno nos presentaba los seres de su entorno más próximo, y sus propias palabras, desde la perspectiva de su sensible extinción en "yermo" (Libro del yermo, 1993), en "humo" (Visión del humo, 1998), en "polvo" (Polvareda, 2003), en "metafísica" (Metafísicas, 2000)... El poeta contemplador de aquellos libros, era -usando una imagen de su último libro- un soldado atónito que sobrevive a la muerte, y que relata los pormenores de la de sus compañeros, indefensos. El temple del ánimo de aquellos libros, en su serena belleza de ocaso, recordaba esta reflexión de Azorín en La voluntad: "Este sentirse vivir hace la vida triste."; o esta otra de Unamuno en De esto y aquello: "En resolución, hay que hacer como Quevedo: escribir de la vida como enfermo que la padece." Sus dos últimos libros, y este en particular, diferentemente, presentan a su autor acomodado a la hora del ángelus; levantan una segunda planta sobre los cimientos de su morada, y abren un balcón sobre un jardín habitado por flores, niños y pájaros consistentes fuera de peligro. Nuestro autor es consciente de un cambio en su apreciación del flujo que constituimos. Y es que un momento antes de la disolución y después de la concreción, hay una tierra de nadie, un ojo de huracán, donde todo es-todos somos- realmente algo, cualquier cosa que ello fuere o no, da igual. Él mismo lo explica: "Mi muerte, tiempo atrás, solía visitarme. /... / Tratándola, aprendí a escucharla con calma. / Vi que su soledad era igual que la mía, / que nada más buscaba un poco de amistad." Y concluye: "Toco mi eternidad en la vida que pasa." (Tiempo atrás). Aquí, justamente en este verso, resume su autor la novedad, doble, que se incorpora a su poesía: el ámbito de la eternidad jubilosa, almendra revelada en el tiempo; y el tacto de ella y su sabor, que implican comunicación, interacción y compromiso emocional: funciones que exceden la mera contemplación, apartada, de sus primeros libros.

El mundo de Antonio Moreno, en efecto, ha cambiado: ha progresado hacia su horizonte. En el poema Azaleas nos dice: "Porque esta voz proviene de otra orilla, /... / viene aquí de esa intimidad de afuera." O bien, la intimidad del autor ha crecido hasta abrazar toda su circunstancia, constituyendo una sola, o bien, se comunica, en intercambio de "escuchas" ("sólo es eso, escuchar / lo que sucede ahora...", Bajaré más la voz), con ese mundo, próximo y animado, que no es íntimo él ("Sí, voz, acaso vengas con la lluvia, / pero tú ya eras lluvia en mi interior, / lluvia que ve a su hermana en esta lluvia. ", Azaleas). O unidad, o fraternidad en la separación. Seguramente ambas, como él afirma en el poema Cafetería de Aviñón: "Así miro las otras realidades: / tan ajenas a mí como mi cuerpo, / pero también como si fuesen una / parte más de mi propio cuerpo..." Porque esta poesía, como su autor, está en proceso: su apelación a las palabras, también criaturas, para que unan lo que separaron en las mentes inocentes que las aprendieron, así nos lo sugiere ("Palabras que heredado, unid de nuevo / todo lo que vosotras separasteis... ", Regreso).
Las palabras con las que este mundo de consciencia se nos presenta responden a la pureza de visión a que su autor aspira ("mi objeto", "mi gloria", "mi ambición"...). Como Azorín, Moreno sabe que la Poesía llega, si se sabe y se quiere ver, con los fenómenos mismos -seres y cosas- ; y que, para que estos se revelen en un poema logrado, basta su selectiva y mera presentación en la perspectiva y el orden de aparición adecuados. Para que esto sea posible en la arena donde el poema, concebido así, vence o es vencido, hay que mostrar el objeto en su dependencia del hecho de ser. Esta relación, como explicó Heidegger, sacraliza (o santifica) la cosa, y, también, la palabra que la nombra y que "guarda" su ser ("... no pretender apenas / mas que darles refugio / a los seres de paso...", Bajaré más la voz). De manera, que la pura visión de los seres exige, si se la quiere comunicar, su pura expresión: un decir en el que nada sobra ni falta, un decir en el límite, que ajusta significante y significado como las dos caras de un pliego ("Pocas son las palabras del humilde.", Unos geranios); un decir, para acabar de definirlo, diáfano e inteligible, más fruto del ángel que del duende de Lorca, más próximo al agua que al vino. ¿Y las imágenes? No se precisan, cuando la verdad de la cosa en su simple manifestarse ya es importante, y su fiel descripción ya es poética. De aquí, la pobreza de estos poemas, credenciales de la humildad, querida y necesaria, de su autor frente a esta empresa poética, y ética ("Qué divino fracaso... / haber pasado más de media vida / tratando de nombrarte y no lograrlo...", A punto de romper). Esta pobreza virtuosa es también su mayor peligro (no hay gloria sin riesgo), pues, si fracasan los requisitos -selección, perspectiva, orden- de la puesta en escena de los objetos, desnudos o desnudados, que nombra, el poema naufraga en lo banal o en la reflexión exangüe.

Nombres del árbol nos llega vencedor del reto que se ha impuesto. Su lograda poesía geórgica, atenta a los avatares sencillos y auténticos, cotidianos y verdaderos del alrededor, urbano o agreste, de cada uno, nos habla de gloria y de paz aquí, ahora. Sus poemas, como todos los que lleva escritos Antonio Moreno, son el relato de su aventura espiritual, la notación del despliegue de su intimidad, la memoria de su camino interior. Esta afirmación es una obviedad que conviene a toda poesía que se ha escrito; pero que, en el caso de nuestro autor, es una obviedad necesaria ("Más que escribir, transcribo un libro escrito / antes de que naciera..." El libro escrito).

¥ José Luis Vidal Carreras. Profesor del IES Miguel Hernández de Alicante.

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