El vigilante perdido

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Juan Harpo

A principios de los años setenta del siglo pasado, los jóvenes moteros -Coppola, Penn, Altman, Hopper y Cia.- rebeldes y zumbados por el ácido ligérsico, intentaron poner fin a las producciones académicas y optimistas del Hollywood clásico, mirándose en el espejo del cine europeo. Utilizar la cámara como se utilizaba la pluma para abrir nuevos horizontes al viejo medio de expresión, abordar temas comprometidos con la realidad, y revolucionar el lenguaje con menos complacencia y más vitriolo, fueron algunas de las ideas que intentaron llevar a la práctica los miembros de esta brillante generación.
Mientras ponían sus máquinas a punto, como los ángeles del infierno, un tipo, conduciendo un Cadillac, en 1970 -reparen en la fecha- les adelantaba, a toda pastilla, por la vieja ruta 65 en busca del sur profundo. Era John Frankenheimer, y acababa de estrenar, sin estridencias, una película amarga y demoledora que, incluso hoy en día, continua sorprendiendo al espectador, convirtiendo muchos de los balbuceos de los moteros en una sesión de dibujos animados: Yo vigilo el camino.
Con la falsa apariencia promocional de un western actual, Yo vigilo el camino era un drama tremendo, sin concesiones, que dejaba helado al espectador. La historia del maduro sheriff Henry Tawes -una magnifica interpretación de Gregory Peck- que velaba por la sórdida salud moral de una población de Tennessee, plagada de habitantes ensimismados, sumidos en la rutina y la falta de esperanzas. Tawes, casado con una mujer mediocre y simple, padre de un hija algo cretina y a cargo de un padre con demencia senil, tropezaba, más bien chocaba, con una familia de nómadas sin escrúpulos que, instalados en los bosques de la vecindad, se dedicaban a la destilación ilegal y al tráfico de whisky: los McCain. En realidad, Tawes, se daba con bruces con Alma McCain -Tuesday Weld- la única mujer de la familia, una Lolita más destructiva, sutil y compleja que la imaginada por Nabokov. Y el mundo tedioso de Tawes -paradigma de esa sociedad que soportaba impasible la guerra de Vietnam- se venía totalmente abajo poniendo de manifiesto su fragilidad, mientras sacaba de sus casillas al espectador, con la inminencia de una tragedia, tan solo aliviada, por las canciones de Johnny Cash. Una tragedia solo ignorada por el vigilante Taws que intentaba subirse al estribo del último tren: Alma MacCay, la adolescente fatal, incapaz de traicionar su aventurera condición de proscrita. Un Ángel Azul en el verde Tennesse.
Yo vigilo el camino no es una película para pasar un rato divertido frente al televisor. Es, como decían antes nuestras madres, para "sufrir" y tal vez para "pensar", o debatir en el salón de la casa, convertido en "cine club". Una obra -maestra, por supuesto- poco conocida, del autor de filmes tan interesantes como El mensajero del miedo (1962), Siete días de mayo (1964), El tren (1965) o esa, también, melancólica rareza que es Los temerarios del aire (1969). Si el lector ha sido capaz, por ejemplo, de colarse en un cine, recientemente, para ver, pongamos por caso, La cinta blanca de Michael Haneke o Ciudad de vida y muerte de Lu Chuan, y le gustan este tipo de películas, no se preocupe: está sobradamente preparado para afrontar el camino hacia la destrucción del sheriff Taws en su loco amor crepuscular.

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