P0R JUAN NAVARRO DE SAN PÍO
Fish Tank (2009), segundo largometraje de Andrea Arnold, supone un interesante intento de trascender el realismo social. Para Arnold el cine no se limita a retratar la sociedad, mira la vida y sólo desde ella se muestra la realidad colectiva circundante. En este caso, el protagonismo absoluto de la película recae en Mia, una joven adolescente que vive en un barrio de protección social de Essex, al este de Londres. No tiene familia aunque viva bajo el mismo techo que su madre, alcohólica, y su hermana menor.
La primera parte de la película es asombrosa al dotar a la imagen de una materialidad casi respirable: la cámara persigue constantemente a Mira, primero en su refugio donde baila hip-hop, mirando desde su ventana otras vidas, como la de ella, encerradas en la gris y monótona colmena de viviendas, atrapadas en la pecera a la que hace referencia el título de la película en inglés; después caminando perdida y sin rumbo a través de prolongados travellings laterales y frontales; o cuando su sensibilidad despierta y detiene el tiempo, recurriendo al ralentí para subrayar la inescrutable vivencia. Esta estética materialista de Arnold se encuentra más próxima a Rosetta (1999), de los hermanos Dardenne, que a las fábulas morales de Robert Guédiguian (Marius y Jeannette, La ciudad está tranquila) ambientadas en Marsella. No obstante, en la segunda parte de Fish Tank se abadonan los sugerentes tiempos muertos del inicio para dar paso a una historia más convencional y dramática.
La directora de Fish Tank no pretende salvar moralmente a su protagonista, se limita a describir su devenir nihilista dejando de lado cualquier juicio de valor. Mia es fría, violenta, arrogante. Tampoco Mia posee una sensibilidad extraordinaria en el baile: no es el alma bella de Billy Elliot. No estamos ante la clásica historia de superación a través de la música. Aquí el hip-hop no promete ni la redención ni la felicidad, tan solo posibilita la evasión temporal, la disolución existencial. Pero es sólo un paréntesis tras el que aguarda la implacable realidad. Hay un escena maravillosa de la película, que transmite fuerza y vitalidad, donde Mia, su madre y su hermana logran por una vez lo que no han conseguido en toda su vida anterior: comunicarse. De manera repentina e inesperada, la música y el baile suplantan a los habituales gritos e insultos.