Si un día de primavera, TURIN

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La ciudad italiana es un espacio literario asociado a grandes nombres, donde se unen tradición y modernidad, donde la vida se transforma en palabras

POR JOAQUÍN QUÍLEZ FORTEZA Literatura

Si acudimos al imaginario popular, la mención de algunas ciudades literarias nos llevaría, probablemente, al Dublín de James Joyce, la Praga de Frank Kafka, o tal vez, el Buenos Aires de Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. Sin embargo, existe un espacio urbano menos transitado, menos conocido, en el que hallaremos una presencia literaria de gran y discreta intensidad.

La maravillosa contradicción. Se trata, de alguna manera, de una ciudad de provincias. Sin embargo, es otra cosa. Es, sin lugar a dudas, un espacio contradictorio, y es precisamente esa contradicción la que se revela como el perfecto caldo de cultivo de la gran literatura, del genuino e incontrovertible signo de lo literario. Porque en ella, en sus calles, sus edificios, sus habitantes, su aliento, las coordenadas tiempo y espacio se entreveran, colisionan de forma pacífica, dando lugar a fusiones singulares entre tradición y modernidad, vanguardia y devoción, fe y lucha de clases, estilo y ética. Esta ciudad es Turín.
Los viajeros que decidan guarecerse bajo los soportales de la ciudad del Po (sus cerca de dieciocho kilómetros de soportales se han convertido en seña de identidad y metáfora de abrigo, de refugio) hallarán una ciudad donde la huella de lo literario se hace visible desde el principio y casi en cualquier rincón. El viajero que arribe en tren, a la estación de Porta Nova, se topará con sorpresa con la bicicleta de la libertad, un artilugio ciclista ubicado en el interior de una caja de metacrilato que en su parte inferior está rodeada por un texto de Andrea Camillieri. Es una bienvenida blanca y liberadora, humilde tal vez, que azuza la curiosidad y abre el recorrido por las palabras y su ciudad.
La relación de escritores y fenómenos asociados al mundo de la literatura puede abrumar si se realiza del tirón, sin pausa para respirar. Umberto Eco, Beppe Fenoglio, Einaudi, Italo Calvino, Cesare Pavese, Norberto Bobbio, Natalia Ginzburg, Alessandro Baricco o Primo Levi son algunos de los nombres (qué indiscutible peso intelectual el de todos ellos, sin excepción) que vienen a la mente. Pero no se trata, desde luego, de una lista cerrada.

El aglutinador. Muchos de estos nombres tienen un denominador común, una institución que engarzó algunas de las personalidades más brillantes de la cultura contemporánea europea. Sin la existencia de una empresa editorial como Einaudi sería inconcebible hablar de esa especie de edad de oro que vivió la ciudad, y por extensión Italia, a partir de la década de los cincuenta. Hubo un tiempo en que las editoriales (algunas, obvio es decirlo) fueron verdaderos motores de la vida cultural, generadores potentísimos de movimientos artísticos y literarios, convirtiéndose en punto de referencia para creadores, lectores, consumidores (en el mejor sentido del término) de los productos que espoleaban espíritu e inteligencia. La editorial Einaudi es un caso paradigmático de ello. No existen muchos ejemplos en la industria editorial que combinaran la faceta empresarial con la cultural, y en ese sentido Einaudi creó escuela, que en España ha tenido proyecciones (quizá indirectas, inspiradas en...) muy dignas como pueden ser Anagrama o Siruela.
La sede de Einaudi en Turín ya es historia. Su adquisición por el emporio Berlusconi hace que la mención de su nombre sepa un poco a nostalgia, a aquello de los viejos buenos tiempos. Su fundador y alma máter consiguió aglutinar las personalidades más descollantes de la cultura europea de posguerra. Y lo hizo desde una ciudad periférica, radicada en el norte de Italia y protegida por los Alpes, inmersa en un proceso industrial de desarrollo que le daría una nueva personalidad. La implantación de la FIAT explicaría, entre otros fenómenos, el gran calibre del movimiento obrero, del Partido Comunista, de un estilo de vida donde vanguardia y tradición se daban la mano. Así las cosas, en un mundo en continua transformación, la editorial se convirtió en el epicentro desde el que se proyectó una especial manera de entender y hacer la literatura.

Pavese, Calvino, Levi, BariccoÉ "No palabras. Un gesto. No escribiré más". Así, tan brutalmente brutal, anota la última entrada de su diario Cesare Pavese, antes de suicidarse el 27 de agosto de 1950 en la habitación del Hotel Roma, próximo a la estación de Porta Nuova. El visitante podrá encontrar el luminoso de neón que indica, bajo los soportales (cómo no), la persistencia de hotel humilde, de tres estrellas rasas, que alimenta sensaciones ambiguas, de tristeza, y al tiempo, de celebración de una vida vivida con intensidad, atormentada pero generosa, de brillantez intelectual y enorme capacidad de trabajo, plasmada en títulos como El oficio de vivir, La literatura americana y otros ensayos, o Tres mujeres solas.
Fue Cesare Pavese quien introdujo a Italo Calvino en la esfera Einaudi. Ahora, en uno de los muros que flanquean el río Po, el viajero encontrará una frase luminosa, extraída de Las ciudades invisibles, que significa mucho: "Marco Polo describe un puente, piedra por piedra. ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente?, pide Kublai Kan. El puente no es sostenido por ésta o aquella piedra, responde Marco Polo, sino por la línea del arco que forman todas ellas. Kublai Kan se queda en silencio, reflexionando. Después añade: ¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco aquello que importa. Polo responde: Sin piedras no hay arco". El autor de Los amores difíciles, El barón rampante, El vizconde demediado o Por qué leer a los clásicos vivió quizá sus años más decisivos en Turín. El clima intelectual turinés era de una efervescencia notable, de grandes estímulos políticos, sociales y culturales. El talento literario de Calvino se curtió realizando diversas tareas en la editorial, leyendo con fruición, corrigiendo, editando revistas, escribiendo artículos, dando forma a sus primeras incursiones narrativas que daba a leer a Cesare Pavese, y que darían como fruto Marcovaldo. Este libro relata las peripecias de un obrero de la Fabricca Italiana di Automobili di Torino (FIAT), en unos relatos repletos de humor y humanidad, retratando lo que significa vivir en una ciudad proletaria, que tan bien representa la esencia de la ciudad.
La Turín de la cultura judía es, como las ciudades invisibles de Italo Calvino, otra ciudad dentro de las muchas ciudades que es la ciudad del Po. La sinagoga del barrio de San Salvario, con sus cuatro cúpulas blancas, visibles desde el hotel Urbani, se encuentra situada en una plaza presidida por una escultura dedicada a Primo Levi. El escritor, junto a Natalia Ginzburg, representa para Turín algo más que literatura. Es símbolo de cómo la palabra y el sufrimiento individual y de todo un pueblo conviven en esos objetos maravillosos, necesarios e irremplazables que son los libros. Primo Levi, a decir de algunos autores como Héctor Abad Facilione, quizá el más grande de todos los escritores turineses, con obras fundamentales, duras, conmovedoras, como la trilogía de novelas testimoniales Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, cuenta en primera persona la experiencia del Mal, de los campos de concentración. Tanto sufrimiento, sin embargo, por mucho que la literatura exorcice, implica pagar un precio. Primo Levi, como Pavese, acabó con su vida lanzándose por las escaleras de su edificio, en la ciudad que hoy le recuerda y que jamás debería olvidarle. Como tampoco debiera olvidar la vida y obra de dos intelectuales de origen judío que dejaron su impronta en Turín. Natalia Ginzburg, creadora de libros igualmente notables, como Léxico familiar, o como Norberto Bobbio, cuyas obras, desde una postura de izquierdas ejemplar (dialogante, antidogmática), reflexionan desde la sensatez, moderación, respeto e inteligencia sobre cuestiones como la naturaleza de la democracia o de la vejez, de aspectos que el ciudadano no puede ni debe eludir.

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